Ahora ¿qué hacemos?

Pues el sistema se ha asentado sobre sí mismo. Los políticos hacen de las suyas y presumen de ello porque las urnas hablaron y eso es la democracia (¿?). La corrupción crece mientras el trabajo se convierte en una esclavitud para casi todos. Los jóvenes siguen sin trabajo, sin futuro, sin referentes claros. Esos intelectuales que necesitamos como agua de mayo se murieron el siglo pasado o (si es que están vivos) se dedican a malgastar el tiempo pensando en sí mismos o en cómo ganar un premio elaborando una idea de chichinabo para libros de autoayuda. Los medios de comunicación siguen mostrando porrazos y anécdotas sin profundizar sobre lo que representa un movimiento social que a este paso se quedará en nada. El mundo sigue girando alrededor del dinero, de los que lo tienen, moliendo a los que seguirán siendo pobres salvo que el mundo estalle y no quede ni el apuntador para contarlo.
Estamos en el mismo lugar que el catorce de mayo. No fuimos a votar o votamos en blanco o votamos nulo y no pasó nada (si algunos tuvieran vergüenza hubieran pensado en que la mitad de la población les mira con desprecio y se hubieran ido a robar a otra parte). Seguimos aborregados y acojonados por si nos falta el dinerito que nos hace felices porque nos permite tener ropa de marca y un móvil de última generación. Despotricamos contra el sistema sin reconocer que somos el sistema. Intentamos pensar en cosas serias y terminamos con una maravillosa reflexión sobre nuestro presente (eso es lo que nos importa por más que vendamos la burra cuando nos ponemos solemnes). Miramos a otra parte en cuanto nos intentan enseñar los verdaderos problemas; esos en los que no nos vamos a involucrar salvo enviando diez eurillos al mes a alguien que no conocemos (el detergente de conciencias creemos que es barato cuando, en realidad, no existe). Seguimos siendo los mismos.
Creo yo que deberíamos concentrarnos, no los indignados, sino los avergonzados. Somos muchos más y una terapia colectiva no nos vendría mal. ¿Imaginan una reunión de quince o veinte millones de personas? Pues eso.
He leído cosas durante estos días de agitación más que interesantes. Esas cosas que pocos leen porque carecen de la difusión necesaria. He pasado más tiempo buscando que leyendo. Y apenas he leído nada que mereciera la pena de pensadores que sí pueden tener más calado en la masa social. Se han dedicado a mostrar su apoyo incondicional desde casita. Se les ha visto más bien poco en las plazas. Las ideas, las intenciones se han quedado en casi nada. Al menos eso parece. ¿Dónde están los que iban a decir en televisión o en la prensa las cosas importantes? Claro, si no han aparecido en las asambleas, ¿cómo van a decir esto o aquello? Un desastre y una auténtica vergüenza.
Seguimos apalancados en el estado del bienestar. Eso significa que nos gusta vivir la mar de bien y que no estamos dispuestos a ceder ni un milímetro si es a costa de nosotros mismos. Y si el problema se aleja físicamente la cosa se agudiza. ¿A quién coño le importa lo que pasa en el norte de África? ¿A quién coño le importa el hambre que pasan los que viven más allá de las fronteras de su país? Somos muy hipócritas. Como de costumbre se libran de la quema un puñado de románticos, de desesperados.
Ahora, cuando esa luz que tanto ha iluminado a la gran mayoría se consume y apenas brilla, es cuando hay que empeñarse en cambiar, en pensar, en leer, en convertirse en un indignado verdadero y no en un pintón que pierde la fuerza por la boca. Pero ¿qué hacer? Es muy difícil modificar un sistema como el que gobierna el mundo. La única alternativa en ingresar y modificarlo. Las murallas son altas y un asedio es imposible porque dentro hay agua y alimentos suficientes. Es en el exterior de esas murallas donde no encontramos sustento. Qué paradoja; el asedio se hace desde dentro al resto del mundo.
Esto sólo lo pueden solucionar las personas decentes, las personas que siguen pensando que el ser humano está por encima de cualquier cosa. Las personas que piensan por sí mismas y no ceden ante las paparruchadas que nos venden cada día como el maná de la reflexión. Los padres y madres que ven cómo sus hijos se están quedando sin sitio en este mundo. Los que saben que aquí se viene a morir (ya lo he dicho muchas veces) y que el único objetivo es crecer como personas para que los que lleguen puedan ser más y mejor que nosotros. Esto sólo se arregla sabiendo renunciar a lo superfluo. Y conservando la ilusión intacta. Acabamos de empezar. Vayamos a las manifestaciones de la mano de nuestros hijos para que aprendan que el mundo puede ser mejor. Apostemos por nosotros mismos, pero no desde el sillón de casa sino desde el compromiso. ¿De qué sirve todo esto si no somos capaces de plantar cara a los que nos roban cada día (el dinero y la vida entera)? Pongamos en funcionamiento la maquinaria informática para que todo lo que se diga con importancia tenga valor. Seamos, estemos, indignados; pero de verdad. De otro modo nos estaremos convirtiendo en avergonzados que fingen estar en otro lado.
El día 19 de junio debemos estar en la calle. Cada día que se convoquen asambleas tendremos que dar la cara y decir lo que pensamos. De otro modo, estaremos vivos y enterrados. Sin remedio.


1 Respuesta en “Ahora ¿qué hacemos?”

  • Un indignado más ha escrito:

    Con G. de Genial.

    Gabriel, deberías presentar ésto en todas partes, o crear un partido político. Estoy hablando en serio.