¿Dónde estás tú?

Mientras trabajo adaptando unos cuentos de Josefina e Ignacio Aldecoa (servirá para que los representen mis alumnos más jovencitos durante el Día del Libro) fumo y consumo café. Mucho de todo. Escritura, tabaco y café. Gimena insiste en que cambie el pañal a su muñeco, Guzmán en contarme lo bien que lo ha pasado esta mañana en casa porque “te vas a alucinar”, Guillermo interrumpiendo para que le conteste preguntas sobre las campañas militares que encabezó Hernán Cortes y así avanzar en su trabajo (de ese señor sé que fue el que llegó a México y lo arrasó. Poco más, así que le voy dando libros para que busque él mismo). Gonzalo ha escapado. Nieve. Esquí. Hasta el próximo miércoles. Y supongo que el recuerdo imborrable del concierto al que asistió ayer. AC DC.

Mucho movimiento en la casa con tanto niño.

Escucho a Buddy DeFranco y Oscar Peterson. La unión perfecta de dos instrumentos. El diálogo entre los músicos por encima de cualquier otra cosa. Aprovecho y dedico un momento a atender las demandas de la chiquillería.

Mientras cambio el pañal del muñeco y alucino con el relato de Guzmán recuerdo aquella tarde de verano. Mi padre estudiaba trigonometría. Creo que preparaba el curso de ascenso a comandante. Creo que era eso. Me acerqué con mi cuaderno en la mano. Había dibujado a papá, a mamá y a mis tres hermanos. Se lo enseñé. Papá era enorme, mamá algo más pequeña con un pelo muy largo, y los hermanos eran apenas monigotes del tamaño de un confeti. ¿Dónde estás tú? me preguntó sin dejar de mirar la hoja de papel. Yo estaba pintando y no puedo estar en dos sitios a la vez. Recuerdo que se reía apoyando la frente en su mano derecha. Me pidió el lápiz y comenzó a trazar líneas. Pues ya estás aquí, dijo. Me había dibujado tan grande como él mismo. Sería injusto que no aparecieses en un dibujo tan bonito. Me devolvió el papel y me dijo que tenía que seguir trabajando, que me fuera a pintar, que cuando acabase se lo mostrara porque le encantaba todo lo que hacía. El dibujo lo conservó durante todos los años que vivió en su carpeta azul. Y, ahora, lo tengo en la mía. No recuerdo una sola vez que me acercase y no me atendiese, nunca nos dijo a ninguno de los hermanos que saliéramos del salón si llegaba alguna visita, a las bodas íbamos todos o no acudía nadie.

Intento hacer lo mismo en casa aunque con mucha menos paciencia. A veces, quizás demasiadas, tengo la sensación de no tener ni pizca. Me intento excusar en la carga de trabajo, en el cansancio, en las prisas que no me dejan reposar ni un momento, pero me parece una especie de engaño a ellos y mí mismo.

El muñeco luce un nuevo pañal. Me río con lo alucinante que ha sido la mañana de Guzmán (ha comido galletas, visto una película, jugado un rato con la consola y comido todo lo que le ha puesto la abuela en el plato. Verdaderamente alucinante). Guille me dice no entender nada de lo que dice el texto. Me paro un momento a leer. Le llamo borrico bromeando y le explico.

Suena uno de mis temas preferidos. My Foolish Heart. Pilotando Keith Jarrett.

Se han ido a su habitación. Vuelvo a mis cosas. Y me prometo que si regresan no haré ni un mal gesto. La literatura puede esperar hasta la noche. Programo un nuevo fracaso. Pequeño, aunque fracaso. Entre humo, aroma a café cargado y un buen montón de libros y de papeles.


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