¿No es eso la amistad?

Estos días atrás, he mantenido conversaciones más que interesantes. Los asuntos eran distintos, los lugares de conversación diversos, las personas diferentes. Pero a todos nos unía algo en común. Aunque esas conversaciones fueron cosa de dos, un nexo común ha hecho que, para mí, todo fuera la misma cosa.
Ese nexo, eso que tenemos unos y otros en nuestro poder, nos hace sentir incómodos, nos inquieta de alguna forma, nos arrima a la realidad perturbadora que compartimos.
Sin embargo, no fue eso lo que nos ocupó especialmente. No, no.
Todos los seres humanos intentamos escapar de lo que nos angustia de una forma un otra. Lo utilizamos como excusa para entablar una conversación y lo apartamos en cuanto tenemos ocasión. A la primera. Tal vez, los malos momentos vividos hombro con hombro, tal vez el sufrimiento, nos acerca a otros. Se establece un vínculo que está más allá de las apariencias, de lo que mostramos habitualmente, y es eso lo que nos hace vulnerables, lo que nos hace tomar una decisión: jugarnos todo creyendo que no hay posibilidades de perder porque todos hemos perdido de antemano. No creemos tener al enemigo enfrente cuando lo compartido es lo que nos hace humanos.
Hemos hablado de barcos, de la mar, de masones, de una infancia en África, de cómo eran las confesiones en la iglesia hace sesenta años y de lo que se trataba en esas conversaciones, de plantas, del agotamiento que producen los enfrentamientos personales, de ópera, de lo difícil que está siendo sacar los niños adelante, de lo bonito que es este mundo, de lo duro que es educar a nadie, de lo difícil que es tener padres. Y de nosotros. De lo que somos, de lo que fuimos, de lo que nos negamos a ser.
La cuneta llena de escombros y nosotros caminando con toda la dignidad que podemos por el centro del camino.
Y cuando pude refugiarme en casa, fumando un cigarrillo en la terraza desde la que se ve buena parte de Madrid -una vista preciosa e impagable- quise recordar los tonos, sus miradas, ese gesto con las manos tan característico; todo lo que hace que una conversación sea lo que es y no otra cosa. Y quise adivinar lo que se escondía detrás de todo ello. Es fácil. La gente buena (y todos mis compañeros de charla lo eran) sólo busca la tranquilidad del que es leal, del que es buen amigo, del que se ofrece para ayudar sin preguntar. ¿No es eso la amistad?
En el centro del camino. Paso tras paso sabiendo que los costados están llenos de los deshechos indeseables. Paso tras paso. Un nexo común. Todos sabemos que un trabajo bien hecho necesita de un tiempo; que los resultados de esa labor no llegan a los diez minutos; que ni el trabajo ni los resultados son valorados por casi nadie porque carecen del aura de lo que llega entre grandes demostraciones y alardes. Que ese trabajo será utilizado por otros que lo venderán como propio y sí lo rodearán de artificios y alharacas. Que las virtudes son vistas por los mediocres como grandes defectos y así lo cacarean y los defectos pecados mortales, que si no lo son ya lo inventan en un momento. Todos sabemos que la cinta la quieren cortar otros sin sonrojo alguno.
A pesar de todo, caminamos por el centro del sendero charlando de nosotros y de lo bonito que es el mundo. ¿No es eso la amistad?


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