¿No tienes whatsApp? Estás muerto

En los últimos meses, me han preguntado si tengo instalado el whatsapp ese, sin exagerar, diez o doce mil veces. Al contestar me he sentido un antiguo, un loco, alguien que no pertenece a este mundo. Lógicamente, no, no tengo esa aplicación instalada en mi teléfono móvil. Por no tener no tengo ni smartphone. Me voy manejando con un viejo, casi arcaico, Motorola, que todos miran con estupor. Divinamente, por cierto. Cuando me siento para comer no estoy pendiente del piiiinnn pooonnn que avisa cuando llega un nuevo mensaje, mantengo conversaciones fluidas con mi esposa (es la otra persona de este mundo que carece de tecnología y ganas suficientes como para martirizarse voluntariamente leyendo cien o doscientos mensajes diarios), y soy el único que puede observar las caras de los que utilizan este sistema de comunicación (el resto de la humanidad está, naturalmente, mirando su móvil, bien leyendo un mensaje, bien escribiendo, bien deprimiéndose rápidamente por sentirse abandonado por el mundo entero puesto que no ha recibido un solo mensaje en los últimos treinta segundos).

Me parece a mí que es más normal y más sano vivir sin un teléfono pegado a la mano, que lo raro es leer mensajes cortitos y no un buen libro, que es un placer escribir con una buena estilográfica y no apretar teclas enanas o una pantalla en miniatura. Por eso, lo de creer estar loco o sentirme antiguo, se me pasa enseguida. Lo que, creo yo, es un retroceso y un disparate es eso de hablar a través de una máquina como único recurso en lugar de hacerlo con alguien enfrente. El progreso evolutivo, lo que nos diferencia del resto de seres, es la capacidad para comunicarnos tras una reflexión que construye el mensaje. El resto son herramientas que nos ayudan a realizarnos como personas. Sin abusar, sin dejar que nos arrastren hacia atrás.

Sin usar esto que se llama whatsapp, es verdad que tardo más que otros en recibir noticias. Eso es cierto aunque saber qué tiempo hace en el barrio de Manoteras o que se le ha pasado el arroz a Pepi que es amiga de Juan, francamente, no me parece urgente. Si las noticias son malas o importantes, llegan ligeras. Como ha pasado toda la vida.

No se me ocurre nada más ridículo que quedar con dos o tres amigos para que cada uno se ponga a mirar el móvil. Si se fijan, es muy habitual que grupos enteros lo hagan al mismo tiempo. Qué cosas.

¿Es esto la modernidad? Me temo que esto es el resultado de problemas serios que nadie quiere afrontar y están haciendo mucho daño. ¿Desde cuando los amigos son una foto y un nombre? Me refiero a los amigos con los que hablamos en las redes sociales, por ejemplo. ¿Desde cuándo es mejor escribir una frase (a menudo con letras de menos) que tener delante a una persona hablando, haciendo gestos y entonando así o asá? ¿Desde cuándo se considera normal echar de menos el teléfono más que a tu padre? ¿Han comprobado ustedes el grado de ansiedad que provoca en un joven no tener el móvil a mano? Es patético.

De momento, aguanto. Supongo que es cuestión de tiempo. Pero, de momento, me siento más ligero de equipaje, más libre, sabiendo que me libro de conversaciones absurdas. Prefiero seguir hablando con tranquilidad con la familia o los amigos; y procuro decir lo justo cuando charlo con la pantalla del ordenador. Me aburre.

Ni loco, ni antiguo. Ni estoy fuera del mundo. Tal vez los que sí lo están son los que miran, a todas horas, una pantallita de teléfono sin descanso. Ya veremos cómo queda la cosa.


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