Dimes y diretes

– Ha sacado el billete de la cartera. Un billete muy usado, como robado. Ha esperado el cambio con inquietud, extendiendo la mano. Arrugada, blanquecina, algo temblorosa. Y ha sido cuando lo he entendido todo. La mujer joven en casa, su mirada seca, esa forma de andar. Todo, absolutamente todo.
– Ahora que me cuentas todo esto, comprendo. Por eso sólo sale temprano de casa. Camina y regresa antes de cruzarse con nadie. Se está muriendo. Lo que no sé es cómo esa chica aguanta todo esto. Siendo joven y guapa. Debería disfrutar de la vida.
– Siempre pensé que no era trigo limpio. Y ella estará esperando para recibir. También supe desde el principio que ese tipo era persona adinerada. Quizás sea un ladrón de los importantes. Ya te digo que tiene la mirada seca.
– Pues no creo que ni todo el oro del mundo sea suficiente para pagar algo así.
El hombre abre la puerta. Deja la bolsa en la encimera de la cocina. Va hasta la habitación. Abre con cuidado la puerta. La joven está despierta. Lee.
– Buenos días, papá.
– ¿Cómo te encuentras, cariño?
– Un poco harta de todo esto. A ver si me dan el alta de una vez.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


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