abr 30 2010

De la condición humana (3)

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De frente al mar. Un pesquero se acerca al muelle con lentitud. El sol no quema. Parece como si la luz iluminase la luz. Con paciencia. Si no fuera por el vuelo de las gaviotas creería estar mirando una estampa. Por eso, por la mirada naranja de las aves y por el sonido de su voz. Monótona. Habla rodeando sus propias palabras con otras. Las envuelve. Las quiere rescatar con gestos suaves para ordenarlas de otro modo, para comprender qué es lo que quieren significar en libertad, sin la consciencia tamizándolas. Le interrumpo.

- ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Qué es?

- El tiempo. Pasa y no sé cómo puedo recuperar lo perdido. Siento que me moriré sin saber quién soy.

Lo dice, esta vez, sin gesto alguno, sin mover los labios. Es como si hubiera tenido eso en la boca y, ahora, se derramase sin control. Apoyo la mano derecha sobre su hombro.

- Te debería preocupar que el tiempo se acabase. Que se consuma no es más que vivir. No es tan grave. Si no ves el final aún tienes una posibilidad. La que elijas.

Me mira con el ceño fruncido. No comprende. No puede o no quiere entender. Eso sólo lo sabe él mismo.

- No me mires así. Vivir con fecha de caducidad se hace insoportable para cualquiera.

- No poder recuperar lo perdido es insoportable.

- Lo enfocas mal. Todo se reduce a una cuestión de prioridades. Ayer querías hacer eso, hoy esto otro y mañana puede que lo contrario. No pierdes ni un instante. Cambias cada instante. Aunque te equivoques vives lo que toca porque así lo quieres. Te construyes de ese modo. ¿Sabes? A ti lo que te pasa es que quieres ser otro. No quieres recuperar nada, deseas borrar lo que ves y dibujar lo que has aprendido durante años. Te quieres inventar. Estás renunciando a ser.

- Si pudiera volvería atrás.

- Y volverías a equivocarte. ¿Qué joven no devoró un futuro tras otro?

Se aleja. Antes de irse me dice algo acerca de la incomprensión. De la mía, supongo. No contesto. Miro concentrando la vista en los pocos rayos de sol que llegan. Pienso que, si quisiera, los podría agarrar, los podría atar fabricando un haz, llevarlos a casa y guardarlos con cuidado. Pero no lo hago. Miro las cicatrices de las manos. Las que quedaron cuando lo intentaba. Eso y cualquier cosa. No cabe una sola línea más.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 29 2010

De la condición humana (2)

Se sientan, como tantas veces, en la mesa número doce. Ninguno de los dos recuerda qué les hizo elegir esa y no otra la primera vez. Un café con leche, tostada y dos bolsitas de azúcar para ella. Una copa de cava para él. Escriben desde el principio. Apenas se miran. Van llenando cuartillas que apartan y dejan en el centro de la mesa. Cuando él acaba, estira la espalda y echa la cabeza hacia detrás. La mueve de un lado a otro. Ella hace un gesto pidiendo que espere un poco, sólo un poco más. Tres cuartillas ella. Algo más de cuatro él. Las colocan y se las entregan uno a otro.

- ¿Qué es esto? dice él, contrariado. No tiene pinta de relato, así que tendrás que explicarme lo que dice.

- Yo creo que está muy claro. ¿Qué explicaciones necesitas?

- ¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica? ¿Qué te ha prometido? Esas cosas.

- Ahí no habla de nadie que no seas tú o yo misma.

- Estas cosas nunca suceden si no hay un tercero. Sería la primera vez.
Ella apoya el codo en la mesa, la cabeza en el dedo pulgar (entre las cejas, los ojos cerrados, el cigarro humeando entre otros dos dedos). Vamos, tú no puedes ser como todos los demás, no, tú eres un tipo inteligente, no me decepciones, dice despacio, casi con el mismo tono que le pediría a un Dios unos minutos más de vida para poder despedirse de los que ama.

- No esperes que lo comprenda. Nadie ha sido capaz de entender su propia demolición. Nadie. ¿Por qué?

– Ya no soy la chica que conociste, ni mis gustos son los mismos, ni veo las cosas del mismo modo. Todo cambia. Ahora te quiero como puedo. Y no pongas esa cara. Esto le pasa a todo el mundo. Unos lo dicen, otros no. Esa es la diferencia.

– Yo también he cambiado, pero aquí sigo. Me adapto, intento buscar la manera de encajar las piezas cada mañana.

- No quiero morirme pensando que he desperdiciado la vida.

- Pues eso te ocurrirá de un modo u otro.

Se levantan y regresan a casa.
Dos días después, ella ya no está. Y él, que sabe que la inteligencia sirve para unas cosas y no para otras, se sienta a esperar. Ya puede escuchar el ruido de las máquinas que llegan para derribar. Y ella, desde donde está, mira alrededor. Las maquinas ya pasaron por allí.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 28 2010

De la condición humana (1)

- Estás siendo cruel al decir eso.

- Lo sería si no lo dijese. Es la verdad. No puedo cambiar algo así.

- Podrías haberlo evitado. Yo no he preguntado nunca a nadie.

- Quería que supieras con quien vives.

- No, lo que quieres es ocupar su puesto. Y, ni tú ni nadie, podrá hacerlo jamás. Tengo muy claro lo que deseo.

- Resulta patético escucharte. Lo hago porque te quiero.

- No me sabes querer. Me quieres tener. Él, sin embargo, me permite querer aunque no le tenga de una forma convencional. Las cosas del amor no permiten guardar las formas. Algún día lo comprenderás.

- Das pena.

- No, sabes que no. Todos soñáis con ser así, con ser capaces de entender las cosas fuera de lo convencional. Con poder amar sin límites de ninguna clase.

- Te estás buscando la ruina.

- Que no, que lo único que pasa es que estoy viva.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 27 2010

De lo mal que se lleva un escritor con la muerte

- A ver, soy la muerte. Tú, tú y tú, conmigo. Tú, pasarás una temporadita más en este antro. Te jodes. Eh, tú, sí, tú. No te escondas, imbécil. ¿No has oído que soy la muerte? Qué cosa más tonta, por favor. Venga, conmigo.

- Oiga, señora Muerte, que G. ha ido al baño. Me dijo que le esperásemos. Un pis, creo.
- Siempre tiene que haber un listo. Me pongo enferma. ¿Estaba para morirse o con si con sa?
- Pues no sé. Buena pinta sí que tiene. Pero igual no le funcionan los riñones. Vaya usted a saber.
- Ve a buscar al tal G., anda. Y date prisa porque me estoy poniendo de mal humor.
- Que dice que no era pis, que era pos. Y que tengamos paciencia, que siempre hay tiempo para morirse.
- Joder con los escritores, qué pesados han sido siempre. Venga nos vamos. Ya volveré cuando tenga un rato. No vaya a ser que esté escribiendo su epitafio y nos lo quiera leer o algo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 26 2010

¿Incineración?

- ¿Qué hay de comer, mamá?

- Muslos.
- Mamá, ¿estás segura de que hubiera sido peor que le comieran los gusanos en la tumba?
- Saca del congelador el pescuezo para hacer caldo mañana. Y deja de preguntar. Lo hecho, hecho está.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano