No creo que exista algo más placentero que la soledad deseada. Eso que te protege del mundo cuando todo se hace hostil, incómodo o ajeno. Eso que te permite sentir que yo soy yo, que lo importante tiene que ver conmigo porque si falto el resto desaparece por siempre jamás.
Querer estar solo, ser solo Llega en el momento de asumir algunas cosas como lo que son, estafas que se convirtieron hace mucho tiempo en forma de vivir.
¿Qué es eso de amar sin límites, amar sin esperar nada a cambio? ¿Qué es eso de entrega total cuando se ama? Si no se ama de esa forma ¿no es amor lo que se maneja? ¿No será que el amor tiene más de nuestra propia vocación (el deseo de ser infinitos cuando somos todo lo contrario) que ese ser por otro o por cualquier otra cosa? El ser humano quiere ser por siempre, por eso se reproduce, por eso quiere a uno y no a otro, por eso desea ser más. Podemos disfrazarlo con amores enormes, con trabajos titánicos, pero lo que queremos es perdurar de forma constante.
Si alguien se plantea algo así necesita de la soledad. Cuando asaltan las dudas, cuando nos planteamos los porqués. ¿Qué pinto yo intentando tener importancia en este mundo? ¿Dónde me lleva semejante idiotez? La soledad es reflexión, es mirar al espejo en el que se puede ver el mismo cadáver de siempre, el mismo que adoramos con frenesí, ese que es (este sí que lo es) nuestro amor verdadero. La soledad es querer ver siempre un rostro en ese espejo. Cuando no sea el mío que sea el de mis genes ordenados de forma parecida, en un volumen leído por muchos, en un epitafio que resuma un esfuerzo.
La única forma de ser es estar solo. Preguntarse contestando con la siguiente cuestión que aparece obligada. Si llegamos al punto en que una contestación sirve y zanja, el camino fue el equivocado. Soledad es sentir que vives, que mueres, que nada quedará salvo un recuerdo en otro. Soledad es verdad. Es yo.
Todos pagamos el mismo precio por las mismas cosas. Y, casi siempre, es infinito. Eso del perdón no existe. Queda precioso el decirlo, el prometerlo, pero pierde lustre un instante después cuando se hace imposible. Nadie perdona nada. Es verdad que los más hábiles lo arrinconan y procuran no acercarse (se terminan arrimando para no olvidar lo que tienen guardado o para mostrarlo de vez en cuando). Es verdad que el tiempo hace todo un poco más llevadero. Todo eso es tan verdad como que basta nombrar el problema para que todo sea como antes de prometer el olvido.
Me encantaría decir otra cosa, pero es algo de lo que estoy convencido. Lo he catado y sé lo que digo. Veo lo que pasa a mi alrededor y compruebo que una cosa es la estampa y otra lo que sólo dos ven. El perdón no existe. Sólo la eterna expiación. Demoledora, pesada, destructora.
¿Por qué no puede ser? ¿Por qué? Quizás lo que ocurre es que el perdón a uno mismo nos lo negamos sujetos a esa culpa que nos enseñaron de niños, esa costra que te envuelve toda la vida, por siempre jamás. Quizás es que somos incapaces de ver más allá de nuestro yo, incapaces de aceptar algo que existe aunque no sabemos fabricar. Quizás es que el perdón es algo inventado que nos permite pensar que somos eso que llamamos humano. No lo sé. Lo único cierto es que el precio es alto, la vida entera que se queda atrás como un despojo del que nadie se acordará. La vida de todos.
Mientras le llenan de alambres la boca a Guillermo Ramírez he decidido que voy a anotar las cosas que me quedan por hacer de aquí al día que me muera. Lo haré empezando por lo más urgente o importante. Comienzo.
1. Convertirme en metrosexual.
2. Sacar el euro que hay entre el asiento del coche y la palanca de cambios.
3. Volverme completamente loco.
4. Seguir las flechas azules.
5. Volar hacia una nube de cenizas en un jet privado.
6. Confesar al tendero que fui yo el que desenchufó la máquina de helados.
7. Aceptar una oferta que no pueda rechazar.
8. Convocar un premio literario exclusivo para señoras que me llamen Grabié.
9. Ordenar el trastero.
10. Demostrar al mundo entero que el hombre nunca llegó a la luna.
T. es un superhéroe moderno. Aunque sólo él lo sabe.
Trabaja como los que no lo son; es padre de tres hijos normales y corrientes (uno de ellos tiende a ser un cafre); su mujer no es nada del otro mundo y la paga no le llega a final de mes casi nunca. Pero es un superhéroe. Guarda su traje (el de superhéroe) en una caja de cartón. Debajo de la cama. Y teme que un día se inunde el piso (cosa bastante probable puesto que la casa es una mierda; es la suma de cañerías de mierda, de cables de mierda y paredes de mierda). Si la inundación se produce, el traje (de superhéroe) pasará a ser una auténtica mierda.
Supo que tenía superpoderes cuando era un crío. Fue en el colegio. Nadie se percató de ello, sólo él. Quizás su profesor también, pero, era tal la manía que sentía por T., que no quiso saber nada del asunto. Incluso le castigó. Dos horas seguidas aguantando la metafísica de Aristóteles en una mano y la historia de España en la otra que por esas fechas sólo servían para golpear brutalmente a los alumnos empeñados en recordar etapas anteriores. De rodillas.
T. ocultó tan bien como le fue posible su secreto. Aunque, a veces, era inevitable hacer gala de sus poderes. Sentía un deseo irrefrenable de salvar al mundo y corría hasta su casa para vestir el traje especial y volver tan rápido como era posible. Casi siempre llegaba tarde y allí no quedaba nadie. Además, no podía adivinar dónde había un problema en ese momento. Si se lo encontraba de cara, bien, pero si el azar no le ponía en el lugar exacto, no había nada que hacer.
Intentó ejercer de superhéroe sin su traje aunque le fue imposible. Le tomaban por loco o por cualquier otra cosa que nada tenía que ver con la realidad. En una ocasión le confundieron con un espía peligroso. Y ruso. Un anacronismo indecente que le hizo sufrir una terrible depresión.
Hoy ha llegado el momento de descubrir sus facultades ante el resto del mundo. T. ha pasado largas horas preparando un plan minucioso, perfeccionista, sin fisuras. Irá a un programa de la televisión nacional. Como público. Sin que parezca otra cosa que no sea un tipo dispuesto a tragarse cuatro horas de programa a cambio de un bocadillo elástico y aparecer un segundo en pantalla sonriendo abiertamente. Se sentará donde le digan, escuchará, aplaudirá y reirá los chistes de un presentador famoso con la gracia en el mismísimo culo. Cuando el concursante esté a punto de fallar la pregunta definitiva, él, T. el superhéroe, alzará la voz. Fuerte, clara. Será cuando deje que los demás conozcan que un superhéroe vive entre ellos, que siempre podrán acudir a él, que aún hay esperanza en el mundo.
Llega el momento. Última ronda de preguntas. Va a fallar, piensa. Llega el momento.
Se pone en pie. Se despoja del chándal. Debajo un traje de chaqueta. Impecable. Gris marengo. Corbata rosada y camisa blanca. Gemelos de plata. Los zapatos que lucían ridículos en un hombre vestido con chándal, brillan lustrosos. Alto, todo el mundo quieto, grita levantando las manos. El presentador se gira extrañado. El regidor hace aspavientos para que T. se siente y guarde silencio. Conozco la respuesta, la sé, esta pregunta es de pensar y yo lo hago de maravilla. Soy un librepensador. El personal de seguridad llega a la carrera. Cachiporras en las manos. Le están liando, amigo concursante, grita y es lo último que se oye porque las cachiporras suben y bajan a velocidad de vértigo. Es posible que en treinta segundos le hayan golpeado un centenar de veces.
El presentador enarca las cejas miando a la cámara. Unos lanzan rayos gamma, otros agua a presión y otros dicen poder pensar. Así son los espías rusos. Sigamos, queridos amigos. Hagamos un mundo mejor.
T. es trasladado a su domicilio donde su mujer, completamente avergonzada, le recibe fingiendo una histeria del montón cuando, en realidad, ha enloquecido por completo. Su hijo, el de la tendencia a ser cafre, le insulta gravemente. Espía, asqueroso, soviético de los cojones, grita tan alto como puede.
T. calcula que su depresión ya no tendrá fin. Se mete en la cama, cierra los ojos y procura dejar la mente en blanco.
Escribo este diario para que todo el mundo sepa. Me llamo Greta, soy enfermera y tengo treinta años. Cuido de este hombre desde hace seis. El diagnóstico es rotundo. Coma cerebral irreversible. Ni siente ni padece. Eso dice el informe médico que está guardado en la mesilla de noche. Al principio, su familia probó todo lo que estaba a mano. Poco a poco, se dejaron llevar por la desesperación. Y, cuando el dinero no llegaba para más ni las fuerzas eran suficientes, me llamaron para que le cuidase hasta el momento de su muerte. Seis años. Siempre creen que ese día será el último, se agarran a eso de que para estar así mejor morirse. Lo que no saben es que todo es distinto a lo que ven.
De niña, me enseñaron algo sencillo y que cualquiera puede comprobar. El olor es lo que las personas mejor recordamos. Si nos pasa algo y, en ese momento, huele a perfume, a sudor o a chimenea, cada vez que pensemos en ello podremos oler ese perfume, ese sudor o esa chimenea. No invento nada. Le pasa a todo el mundo. Cada cosa desprende un aroma. Sea cual sea. Incluso las ideas tienen su propio olor. Dios desprende un fuerte olor a hielo que te traspasa con el dolor de los cuchillos, con insistencia. El odio suelta un tufo asqueroso, como el del cieno, aunque, a veces, cuando eres tú el que odias huele a cera quemada. La cera que se va quedando seca sobre ti, anquilosando. La inteligencia a viento, la tristeza a trueno, el calor a trigo. Todo huele.
Cuido de él desde hace seis años. No ha muerto porque aunque no se mueve, aunque las pruebas dicen que su actividad cerebral es nula, puede oler. Lo sé porque cuando recibe el estímulo mueve ligeramente un dedo. El índice de la mano derecha. Apenas se nota. La primera vez que lo vi, creí que eran cosas mías. Pero lo comprobé una y otra vez para estar segura. No se lo he dicho a nadie. Podrían comenzar con las pruebas de nuevo. Y, además, necesito trabajar.
Meto en frascos las cosas que se me ocurren. Un poco de arena para que vaya al parque; en primavera un puñado de polen; recojo aire de la ciudad para que pueda dar un paseo; queso, mantequilla o embutido para que le sepa a algo la alimentación que le proporcionamos a través de la vía. Y mueve su dedo, cada día lo hace e intuyo que es feliz.
Lo único que no he traído nunca más son unas gotas del perfume que encontré en su cuarto de baño. Nadie sabe a quién perteneció. Era un perfume de mujer. Había un frasco, pero no había ni rastro de ella. Ese día movió el dedo con tristeza, con la cadencia de la ausencia. No quiero que sufra, así que no he repetido. El olor de la ausencia es el peor de todos, el que hace más daño.
6 de mayo de 1966
Huele a muerto. Está vivo aunque huele a muerto. El que ha estado cerca de uno sabe que no se puede olvidar. Solo queda esperar. Es un hedor insoportable.
(Extracto del atestado de la policía judicial)
El cadáver fue encontrado por la hermana del propietario del piso, enfermo crónico que se encuentra en estado de coma cerebral desde hace más de diez años. La mujer no mostraba signos de violencia. Entre sus objetos personales se encontraron un pañuelo, un lápiz de labios, un par de tarros vacíos con etiquetas que decían “primavera” y “tormenta”, así como un diario que no parece tener la menor importancia para el juez que instruye el caso.
Las imágenes y archivos de audio y vídeo que aparecen en este blog han sido incluidos en él por motivos ilustrativos o didácticos, sin ánimo de lucro, bajo el término del uso razonable.