Siempre esconde una hoja de hierbabuena en el bolsillo de la chaqueta. Cree que es el olor que ella adora sobre todas las cosas.
Cada mañana acaricia la planta y elige un tallo. Corta con mimo y pide perdón con un susurro. Lo pasa por todas las yemas de los dedos, arranca con los dientes la punta de una hoja para paladearla y lo guarda en el bolsillo. Espera hasta escuchar el ruido de su puerta al abrirse. Y abre la suya. Bajan juntos en el ascensor. Apenas cruzan un par de palabras para saludarse. Otro par al despedirse. Pero le parece suficiente. Le gusta ver cómo entra en la cabina pequeña, cómo se apoya en el cristal del fondo, cómo cierra los ojos. Así disfruta de ese aroma preparado con mimo para ella.
Hoy se ha levantado unos minutos más tarde. Mientras termina de prepararse escucha el sonido de la puerta. Y unas voces. Ella habla con alguien. En lugar de salir, espera tras la puerta intentando entender. Ella dice que quizás tengan suerte, que igual no sale, que no sabe lo que huele ese hombre a hierbabuena, casi marea, que le recuerda los cocidos de su abuela, los que le obligaban a comer siendo niña. La otra persona ríe diciendo algo de forma entrecortada y no lo entiende.
Mete la mano en el bolsillo y tira con rabia el trocito de planta. Piensa rápido. Si no le gustaba el cocido algo habría que le encantara. Y comienza a buscar por la casa eso que desprenda el olor que ella adora sobre todas las cosas. Una mujer amada merece siempre las mejores atenciones, piensa.
Mientras caminaba hacia mi casa me ha ocurrido algo muy extraño. Un niño se ha pegado a mí. Hemos recorrido algunos metros juntos. Nos hemos mirado antes de parar. Enarcando las cejas. Ambos.
- Oiga, ¿qué iba pensando hace un momento? Estaba muy serio y hacía así, me ha preguntado mientras se acariciaba la barbilla y procuraba un gesto de preocupación.
- Cosas de mayores. Pero no tenía mucha importancia. Eres muy curioso ¿no? ¿No te estará buscando tu mamá, guapo?
- No, mi mamá está en el cielo. Y usted pone esa cara porque está enfadado. Los mayores siempre están enfadados porque se tienen que ir al cielo.
Ha salido corriendo deshaciendo el camino que habíamos hecho juntos. Antes de girar en la siguiente esquina me he dado la vuelta. Se había pegado a otro adulto y caminaba a su lado. He preferido parar y fumar un cigarro. El hombre miraba al muchacho. Hablaban. Se han despedido con un apretón de manos.
El muchacho deshaciendo el camino en busca de nueva compañía. El hombre entrando en el bar que tenía a mi derecha. Yo detrás. He pedido un café. Sudando, algo alterado, él ha pedido una copa de ginebra. Otra más. Me ha parecido escuchar que murmuraba algo así como “qué cabrito el niño de los cojones”. Pero quizás sean imaginaciones mías. O quizás es lo que he murmurado yo mismo. El caso es que allí dentro todos teníamos cara de enfado. Todos.
Se sienta. Apoya el codo en el muslo y acaricia el flequillo. Mantiene la cabeza inclinada, mira al suelo. Siente que una mano entra por la boca y agarra las entrañas. No duele, pero respira con dificultad. Otra vez lo mismo. Cada día. Intenta respirar despacio. La mano está dentro. Molesta.
Espera algo que siempre está por llegar. Distinto, lo que convierta el paso en algo nuevo. Uno más no suma. Sólo deja las cosas como están.
Imagina cómo será la nueva construcción. Esto aquí, esto otro como contrapunto, una idea que nunca nadie enseñó. Dibuja con cuidado cerrando los ojos y, cuando tiene todo en su lugar, intuye que verán un conjunto absurdo. Grotesco.
Levanta la cabeza. La mano que remueve sin dar tregua. Se deja caer de lado. Pide a quien tenga que hacer caso poder dormir. Y cree que miles le miran condenándole a construir cosas distintas porque necesitan un poco de igual cada día.
Me pregunto por qué los autores (muchos, se lo garantizo) se empeñan en escribir conversaciones patéticas entre sus personajes. En literatura se dialoga y no puede armarse un texto desde el desconocimiento de la técnica. Podría parecer que eso de hablar por hablar, unos con otros, es lo mismo que dialogar; pero no lo es.
El que dialoga quiere saber, quiere decir o quiere callar (los silencios son muy significativos). Contrapone su discurso al de otro para que sus logos se enfrenten. Y lo que dicen, uno y otro, se arrastrará durante toda la vida, durante toda la narración.
Alguien puede decir “Hola, vaya día de perros, no parece que vaya a dejar de llover” y no sabremos nada de él, de su psicología, de su forma de entender las cosas. No sabremos nada porque él tampoco ha dicho nada. Nos habremos quedado sin personaje. Y eso es lo que hacen muchos autores supongo que para llenar de letras algunas páginas más. No puedo imaginar otra razón. Las novelas están llenas de baratijas literarias como esta o parecidas. O no saben ni lo que hacen o les da lo mismo ocho que ochenta. Por supuesto, muestran un desprecio absoluto por el lector. Seré generoso si digo que le toman por comprador de unos gramos de papel y poco más.
Supongamos que nos encontramos con un texto en el que el personaje dice “No deberías hacer eso. Reduces lo que eres a lo que puedas dar de sí en la cama”. Le contestan “Quizás podamos llegar a querernos. Parece buena persona. Y todo es más fácil si el pan es del día”. Replica el primero “Yo seguiré comiendo lo que pueda. Y no estaré si regresas”.
Nunca me ha gustado explicar lo que escribo. No lo pienso hacer esta vez. Sólo propongo algunas preguntas. ¿Qué va a suceder al poco tiempo? ¿Qué relación se establece entre los personajes? ¿Qué sentimientos muestran cada uno de ellos? ¿Qué…? Con tres intervenciones es muy posible que se puedan contestar un buen número de preguntas. Sean cuales sean. De paso ahorramos al lector descripciones estériles, conversaciones anodinas y un tiempo de su lectura. Pero lo más importante es que el que lee puede ver con claridad, sentir con la intensidad adecuada eso que ocurre; dicho de otro modo, puede involucrarse en la narración. No conozco otra forma de alcanzar un nivel expresivo adecuado. Al margen de todo lo dicho, sólo un narrador objetivo (el que se dedica a reproducir con exactitud cada movimiento de los personajes o el escenario) puede servir para lograrlo, al cambiar lo dicho por un movimiento o la mirada a un objeto (por ejemplo) que carga de sentido cada frase que escuchemos decir a los personajes. Un ejemplo claro lo tienen en J. D. Salinger. En cualquiera de sus cuentos en los que utiliza ese tipo de narrador.
Y ahora echen un vistazo a lo que estén leyendo. A ver qué es lo que sucede.
Alguna vez que otra me han dicho que mis textos son excesivamente crípticos cuando otros son especialmente sencillos de entender. Y me han preguntado la razón por la que el mismo autor puede escribir textos tan diferentes tratando un asunto similar. O el mismo.
La respuesta parece evidente. Busco, en todos los textos, un mismo objetivo. Lo mismo da que utilice un recurso u otro. Siempre busco que el lector tenga que movilizar sus sentidos. Si pueden ser los cinco mejor que un par de ellos. Porque cualquier manifestación artística debe intentarlo. La erótica de la literatura, sentarse a leer y aislar el texto del resto del mundo. Texto y lector.
Por eso, siempre fui tan contrario a lo narrado desde lugares imposibles para el lector.
Como ocurrió en su momento con el expresionismo abstracto que, vaciando de contenido la obra, intentaba dejarla sin interpretación posible; o con el Pop Art que, como contrapunto al anterior, mostrando eso que era tal y como era que dejaba sin posible interpretación la obra; parece que en la actualidad algunos escritores renuncian a la posible alteración de los sentidos a cambio de hacer funcionar uno solo de ellos. Toda esa erótica de la literatura desaparece para siempre.
Para los que comiencen a afilar las uñas después de leer esto, diré que me refiero a la actividad sensorial del que mira. Sólo. Ni entro a valorar lo que supone el expresionismo abstracto ni el Pop Art. Me refería, exclusivamente, a cómo manejaban estos artistas los contenidos. Ni me corresponde ni me apetece.
Sí me gustaría más decir algunas cosas de los autores que se quedan en lo ramplón de la escritura creyendo hacer más fácil la vida del lector y, de paso, sumar unos euros en su cuenta corriente (casi siempre por no saber cómo se hace literatura de otro modo); y me apetece decir algunas cosas sobre esa literatura imposible que algunos autores manejan para convertirla en un coto privado y enano en el que sólo pueden entrar los que están a su altura intelectual (¿?). Ya tengo muchos años y sumo bastantes estando inmerso en el mundo literario. Les garantizo que los hay (autores) que se ven obligados a explicar desde la primera coma de lo que escriben para que el coto, privado y enano, tenga hueco para dos o tres más. Y lo gracioso es que los que entran parecen flotar completamente encantados por pertenecer a un club en el que nadie quisiera verse como miembro. Ni unos ni otros hacen nada del otro mundo, ni unos ni otros son capaces de conseguir lo que hay que lograr. Unos por hacer bazofia y los otros por hacer bazofia recubierta de palabrería o de falso ingenio que sólo alcanzar a comprender sus amigos. Parece mentira que, a estas alturas, todavía tengamos que soportar a los inventores de la literatura. Parece mentira que se confunda el pensamiento con ponerse estupendo y rarito al escribir o que se confunda con ideas estúpidas que un niño de diez años maneja con total naturalidad.
Toda percepción del mundo hace que los sentidos se pongan en marcha. Antes de Kant y después de Kant. La percepción del mundo es cosa de cada individuo. Lo hace a través de los sentidos o la idea hace que esos sentidos hagan estallar el yo. La misma cosa recibida desde un lugar u otro puede hacer que el observador, el lector, se tambalee o se quede como si tal cosa. Eso de tener ideas es exclusivo de muy pocos. Agarrarlas, tenerlas claras y mostrarlas desde donde nadie antes lo hizo es lo que convierte el mundo en algo por descubrir, en algo que remueve la consciencia, en algo que se puede oler, tocar, oír, ver o paladear. Por eso hay que intentarlo desde todos los lugares posibles, por eso hay que buscar hacer literatura desde lugares improbables. Nunca desde los imposibles o desde los particulares. La literatura trata de lo universal aunque para ello se narre desde la perspectiva de un solo personaje. La literatura necesita de sus contenidos para que la interpretación del lector sea lo fundamental, para que no se convierta en algo a lo que sólo algunos pueden acceder. Es experimentación con el lenguaje sin que esto signifique convertir el lenguaje en un galimatías. Si los textos son más complejos y algunos lectores son incapaces de entenderlo serán ellos los que tengan el problema. No se puede negar que hay personas con capacidades superiores o inferiores para realizar una tarea determinada. Si los textos son imposibles el problema es del autor.
Es muy distinto decir, Miro mi reflejo en el vidrio de la ventana. Nunca he imaginado la palabra que me corresponde. Pienso mientras fumo. Tomo notas en el papel cuadriculado. La intuición no sirve. Hay que pensar, despacio. Escribo una, dos, hasta tres que pudieran ser. No terminan de encajar. ¿Qué represento? ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? Pienso.
Intuición. Un poco más allá. La parte de atrás de las cosas. Saber que el peligro acecha detrás de eso que veo. El olor de los colores. Luces y sombras. Imaginar es vivir. Hombres que caminan con el ritmo de mi pensamiento. Nada está donde debería. La forma de las ideas. Intuición. Intuición. Ver. Más allá. Mirada. Mi vida reposa en mi mirada. Todo es una obra de arte. Todo se puede convertir. Mirada.
Y enciendo otro cigarro. Esta vez sonriendo. Ya sé. Por fin tengo mi propia palabra.
a decir, La palabra con la que más me identifico es retina.
Cada uno debe elegir lo que quiere, lo que busca en una página escrita por otro. Y cada autor debe saber lo que hace. Pero los sentidos son los sentidos, el mundo es el mundo. Y remover los primeros para transformar (aunque sea mínimamente) el segundo es cosa de escritores. Ni de juntaletras (aunque sus éxitos sean asombrosos), ni de los que dicen ser pensadores profundos que sólo tratan de gustarse a sí mismos (seguramente porque, en realidad, no tienen ni han tenido una puta idea en la cabeza).
Estoy reorganizando los textos del blog y no he podido resistirme a publicar este en cabecera.
Recuerdo unos versos de Bertolt Brecht que dicen “carnal me gusta el alma / y con alma la carne(*)”. Y los recuerdo mirando alrededor, intentando saber si otros piensan igual que el poeta o si, por el contrario, han elegido una opción y no la otra.
Si amo desde el primer momento es porque ella es amor y sexo, inteligencia e instinto animal, serenidad y locura en las cosas del querer, creencia y superstición, alma y carne, alma carnal y carne con alma. Por eso los ojalás ya no sirven después de una mirada. Están de más y comienzan a caer lentamente desapareciendo por innecesarios.
Un par de versos pueden encerrar lo que uno quiera. Una vida. La suma de dos. O se pueden quedar vacíos. Todo depende del que los lee, de si elige una opción u otra.O ninguna.
Brecht escribió estos. Y yo los lleno hoy así.
(*) Estos versos son parte del poema “Lección de amor” de Bertolt Brecht.
Shostakovich decía tener la cabeza llena de melodías. Siempre distintas unas de otras. La razón era que, desde que una esquirla de metralla se le quedó alojada en el corazón, si inclinaba la cabeza hacia un lado podía escuchar música. Ese era su gran secreto. Escuchaba y luego componía. Creo yo que se escuchaba y luego escribía en la partitura lo oído.
Shostakovich hacía lo que un artista debe hacer. Pensar la realidad, intentar recomponerla en la mente para representarla. El lenguaje que se utilice es lo de menos. Música, pintura o escritura son la misma cosa.
Un escritor, por ejemplo, no puede dejar de mirar las cosas sabiendo que él no puede ver lo que cualquier otro. Una mosca revoloteando por la habitación para un escritor se transforma en “la mosca”. Y una vez que ha visto, que ha observado lo que sólo unos pocos tienen a su alcance, lo convierte en un relato.
Para llegar a ser escritor no es necesario tener una esquirla alojada en el ventrículo izquierdo (quizás para ser un genio como Shostakovich, sí, lo desconozco porque no soy ni un genio ni me apellido Shostakovich), pero sí que es fundamental saber que la realidad existe para ser dominada, controlada; que la realidad encierra el sentido que queramos dar a nuestra existencia, la explicación de todo lo que nos pasa.
Eso que llamamos talento no es ni más ni menos que la capacidad del artista para dominar la realidad.
¿Por qué impresiona tanto acercarse a una buena novela o a una buena película o a un buen cuadro? ¿Nos impresiona la técnica utilizada o el resultado? La técnica nos puede gustar más o menos, nos parecerá original o extraordinariamente difícil, pero lo que nos abruma, lo que nos conmociona es el resultado, es esa forma de entender el mundo que nadie antes nos ha mostrado y que no podíamos imaginar que estuviera en ninguna parte del cosmos.
Hoy me preguntaban si he conseguido alguna vez en mi vida que alguien se convirtiera en escritor sin tener grandes facultades. La respuesta ha sido que he conocido muchas personas con una técnica de escritura muy justa, muy rudimentaria; unos con gran capacidad para ver más allá, otros con la mirada puesta en su propio ombligo. Sólo los primeros han terminado publicando. Y, prometo con toda solemnidad, que nadie les alojó ni esquirlas ni objetos extraños en ninguna parte de su cuerpo.
Recuerdo que una alumna de las pequeñas (mientras realizábamos un ejercicio utilizando el lenguaje de los sentidos) miraba una arboleda. Me acerqué con cuidado y le pregunté qué era lo que veía. Huele como cuando iba a visitar a mi abuela, Gabriel. Los árboles estaban a más de mil metros. Ella veía aquello y podía oler, veía un relato en el que pasaba esto o aquello. Y no era sinestésica. Ahora es escritora y aquel día todo lo que había escrito no ocupaba un confeti.
Les dejo con una excelente versión del tema “O que será” a cargo de Till Brönner y acompañado por Vanessa da Mata. Y no traten de hacer nada con esquirlas de metralla. No sirve.
Miro la pantalla del ordenador. Aprieto el ratón con más fuerza de lo normal. Uno de mis personajes ha matado a otro. No sé qué es lo que le ha llevado a cometer el crimen. Les dejé discutiendo en un bar y uno (el malo, el que tenía que cargarse a tres o cuatro durante la novela, incluido el asesino, hasta ayer mismo, improbable) ha muerto. Una muerte horrible, por cierto. Mucha casquería, mucha violencia. Me parecía a mí que le faltaba carácter para hacer algo así, que era un pobre hombre dispuesto a tragar con lo que le echaran, que pasaría de puntillas por mi novela haciendo de bisagra para que otros personajes (por ejemplo el muerto) llegasen más iluminados hasta la siguiente escena. No pienso preguntarle nada. Ahora le tengo en el lavabo comunitario de la pensión en la que vive. Se está duchando y sonríe mientras recuerda cómo se ha cargado a ese gilipollas (eso es lo que piensa, me limito a reproducir con exactitud lo que sé), sabiendo que este es el principio de una nueva vida para él. Sabe que parecía una mosquita muerta aunque ocultaba una fiera difícil de manejar. Hoy irá hasta el barrio chino para pasar la noche con alguna chica a la que no pagará. Ya puede imaginar el par de guantazos que le va a sacudir si se pone gilipollas (le veo algo obsesionado a este hombre con los pobres gilipollas). En fin, mi personaje ha decidido asumir el papel de personaje estereotipado (lo sé porque está empezando a pensar en secuestrar chicas para violarlas y coleccionar sus uñas del dedo gordo). Tenía un estupendo trabajo como secundario, pero le gusta sentirse protagonista aún sabiendo que deja atrás la carga literaria de lo que fue. Quiere ser alguien.
Pobre. Acabo de situar el cursor justo antes de que se liase a martillazos con el otro. Marcaré el bloque y borraré. Y él será, de nuevo, un pusilánime en el que nadie se verá reflejado, un hombrecillo que aparecerá poco para que los principales crezcan y para que podamos entenderles. Clic. Ya está. Vuelvo a tener novela en marcha con un buen secundario. Y prometo no volver a escribir cuando se me cierran los ojos por el sueño.
El tiempo es suma de momentos de espera, soñados, deseados. Cada instante, convertido en un grano de arena, cae desde lo alto del reloj de vidrio para que la parte baja se llene con una aritmética que se entrega al desánimo. Mientras esperas, sueñas o deseas, el tiempo suma hasta que el vidrio cede y la arena se extiende formando un desierto que diseña un presente sin oasis. Lo único que puedes hacer es caminar sabiendo que en cada pisada la arena entrará en el calzado para hacer del paso un yunque. Granos de tiempo, miles de millones de granos molestando un andar inevitable. Al principio, mientras subes por las primeras dunas, pataleas lanzando la arena a tu espalda, pero descubres que debajo hay más, mucha más. Y desistes porque sabes que el camino hay que hacerlo.
Sin embargo, la vida enseña todo, incluso a transitar desiertos que, a la sazón, terminan siendo la misma cosa. Separarte de la persona amada, viajar lejos de casa queriendo volver sin poder, perder a un amigo porque camina entre arena aunque en otra dirección, ver morir a otro sin poder hacer nada, no tener un euro en el banco, no creer en nada, en nadie. Al fin y al cabo son dunas hechas de segundos interminables. Todas y cada una de ellas parecen infinitas sin serlo. No lo sabes hasta que cruzas el primero. Es cuando levantas el pie derecho sin esfuerzo, el momento en que miras alrededor y el vidrio recoge lo que has dejado atrás, justo al dejar de pisar el último grano de arena; es en ese momento, cuando sientes que el tiempo vuelve a caer y sabes que el vidrio volverá a ceder dejando que el desierto se extienda de nuevo.
Pero se cruzan y se viven como si cada uno fuera el primero y el último. El hombre de tu vida aparece, tu amigo se arrima otra vez, regresas, encuentras algo en lo que creer aunque sea durante un instante. Incluso puedes ahorrar algo de dinero. Y vuelta a empezar.
El día se acaba con la cadencia de un golpe repetido. Nada especial. Otro más. Nada importante.
Se acaba el día en el que pudieron cumplirse los sueños viejos. Lo de siempre. No hay problema.
Se acaba el día que pudiste decir no. Otra vez será. Sigues teniendo lo mismo y nada importa.
Se acaba un día que pudo ser la vida entera convertido en mil cuatrocientos cuarenta minutos. Ni uno más, ni uno menos. Lo exacto de la rutina por la que peleas sin ceder un milímetro de terreno.
Se acaba el día. Te consumes. Has sido lo que siempre serás. Pero así son las cosas. Nada.
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