Día de fiesta en Madrid. Los niños correteando por la casa dejando un rastro de desorden absoluto. La pequeña feliz porque hoy no hay guardería y aquí le hacemos caso. Poco, pero algo es algo. Apenas puedo leer porque sigo con mi alergia a cuestas. Prefiero escuchar música. Al menos elevo el volumen cuando no quiero escuchar a Guzmán llorando porque ha perdido la enésima batalla por un juguete deseado.
Escucho a Thomas Quasthoff. Es un bajo barítono dedicado a la música lírica, pero que estaba deseando grabar un disco de música jazz. En ese territorio comenzó y, al final, todos terminamos dejándonos ver. El disco es espléndido. There´s a Boat That´s Leavin´ Soon for New York mi tema preferido.
Este mismo disco, grabado hace veinte o veinticinco años, le hubiera hecho feliz y su carrera hubiera sido otra bien distinta. Seguramente menos brillante. Pero, en cuanto ha podido, ha grabado el disco que quedó como lastre de su voz.
Todos tenemos deudas con el destino. Anotadas en el debe por regla general. La fortuna se pone de nuestra parte para cobrarlas en menos ocasiones de las que deseamos. Lo normal es tener una larga lista en lugar secreto. Forma parte de lo más íntimo, casi siempre. No debí haber estudiado esto o aquello, quizás no fue lo mejor dar la espalda a fulano para estar junto a mengano, no volvería a tomar aquella decisión que la juventud aceleró más de la cuenta. Cosas así que nos convierten en algo bien distinto de lo que enseñamos. Las deudas con el pasado las dejamos ocultas para poder fingir ser mucho más felices.
Es lo otro, lo que se apunta en el haber, lo que nos hace sentir cierta satisfacción. Porque, al fin y al cabo, hace de nosotros lo que somos. O lo que pudimos llegar a ser aunque renunciáramos a ello de forma voluntaria. Conviene tenerlo claro. Y, también, se colocan en lo íntimo.
Recuerdo que alguien me dijo, después de publicar un artículo crítico sobre un libro, que era una pena que no hubiera escrito aquello de otra forma, que se entendía muy bien. Le miré extrañado y le pregunté si no era de lo que se trataba. No, no, no; el único artículo que se puede leer sabiendo de qué va la cosa es el tuyo y eso baja el nivel de la revista; debes intentar utilizar un vocabulario mucho más alejado de la realidad, debes utilizar frases que no entiendas ni tú mismo, así te respetarán, pensarán que sabes mucho más. Eso me dijo aquel tipo. Desde luego, no cambié ni una coma y decidí seguir escribiendo tal y como entiendo la literatura. Es posible que guste menos lo que digo, que sea un escritor sin ningún éxito comercial o que nunca llegue a tener cabida en revistas que hablan de los libros como si fueran secretos para el resto de la humanidad. Es posible, pero prefiero lo que hago, lo que me hace feliz. De otro modo estaría fingiendo, jugando a ser un intelectual de pacotilla. Anoté eso en el haber. Creo que atinando.
Thomas Quasthoff ha grabado el disco que deseó desde que comenzó a cantar. Una deuda menos y mayor felicidad.
Yo espero que algún día pueda escribir esa novela que tengo en la cabeza desde hace años y que no me publicaría ni el más loco de los editores. Ya saldaré la deuda si hay una pizca de suerte en el camino.
No sé si a Quasthoff le han pedido que renuncie a sí mismo por el camino. Espero que no. A mí si me lo pidieron y no hice caso. Algo más en el haber y mayor felicidad. Una cuenta menos que liquidar.
A finales de los años cincuenta, el trompetista Donald Byrd reunía a su quinteto en cualquier sala de fiestas para interpretar jazz del bueno. No era necesario hacer grandes despliegues. Si había un piano en el local era suficiente. El resto de instrumentos se podían llevar de un sitio a otro con facilidad. Tampoco era necesario que la sala fuera más o menos grande. Si había un techo era suficiente. Y en cualquier sitio eran capaces de mezclar el himno nacional francés con lo más duro del jazz que sonaba por aquel entonces y una buena dosis del swing que se arrastraba de forma inevitable por algunas bandas. El resultado era un enloquecido viaje por las carreteras francesas, lleno de baches al romperse el fraseo de unos instrumentos que no dejaban de dialogar. Un lujo poder escuchar a esta gente. Un lujo porque hacían música disfrutando cada nota permitiendo que el que escuchara pudiera hacer lo mismo.Algo similar a lo que pasa con los libros. Nunca puede ser lo mismo una novela escrita por encargo para ganar un premio (si es que esto ocurre) que otra escrita con el afán de hacer buena literatura. El autor de la primera estará haciendo dinero, sólo eso, cosa, por otra parte envidiable tal y como están las cosas. Confieso que me encantaría poder vivir de la escritura aunque siempre cedo ante una forma de entender el mundo que impedirá a mis hijos ser muchachos adinerados mientras dependan de mí. Es triste que hacer literatura no tenga nada que ver con hacer dinero aunque sea poco.Esa manera de vivir que tantos disgustos me da y que tiene “mosca” al director de la oficina bancaria en la que tengo domiciliados los recibos de la hipoteca, tiene que ver con seguir disfrutando cuando me siento frente a mis folios cuadriculados y empiezo a escribir pensando (sin dejar de hacerlo ni un minuto) que la escritura puede y debe organizar el mundo, que el hombre no puede prescindir del relato, de explicarse a sí mismo. Todo puede faltar excepto una razón de ser. Y eso lo aporta la literatura se pongan como se pongan los que se empeñan en ningunear el mundo de las letras. Ignorantes y bobos. Eso es lo que son. No hay nada parecido a sentarse junto a un par de amigos para charlar de este libro o de aquel otro. Sabes que, en realidad, estás haciendo un ejercicio reflexivo que trata de ti mismo, de tu paso por un mundo hostil que no representa nada salvo que lo llenes de preguntas que te sitúen ante otras y estas ante otro puñado de cuestiones. Quien no se pregunta no vive. Y es que el escritor ha de cuestionarse todo lo que ve. Sin excepción. Este oficio tiene poco que ver con contar historias o ganar premios literarios. De lo que se trata es de construir desde el pensamiento y dejarlo plasmado en un papel. Además, -“más difícil todavía”- en el caso de los novelistas, desde la ficción.Las estadísticas dicen que las profesiones menos deseadas por los padres para sus hijos son la de policía y la de escritor. Me lo decía hace un par de días mi buen amigo Jesús Ferrero. Entre risas y poniendo cara de “la que te espera, amigo, con lo que tienes en casa”. Sin embargo, todo el mundo parece querer ser escritor a toda costa. La pena es que muchos lo que quieren es ganar premios literarios y aparecer en la televisión. Qué equivocación tan estúpida. Los que quieran serlo, pero serlo de verdad, deberían empezar por no pensar en publicar o por olvidar el color de los billetes de quinientos euros, más que nada porque no los iban a ver ni en pintura; porque reflexionar sobre el mundo, sobre uno mismo, no da un duro.Sin embargo, lo que nadie puede rebajar de valor (ni siquiera los que ganan premios sin hacer literatura aunque escriban libros) es el placer que le produce a un escritor de los de verdad, de esos que siempre se llamaron “de raza”, sentarse frente a un papel sabiendo que el mundo va a cambiar poco después.Para los escritores de verdad la cosa es más sencilla de lo que puede parecer. Si hay un techo bajo el que poder escribir no hace falta mucho más. Papel y lápiz, un mundo que necesita ser explicado y uno mismo. Eso y disfrutar de cada frase para que el lector pueda hacerlo cuando llegue su turno. Poco más o menos que lo que les pasaba a los chicos del quinteto que acompañaban a Byrd. Todos contentos, sin un duro y olvidados (salvo el propio Byrd), pero vivitos y coleando hasta después de muertos. ¿Quién se acuerda del contrabajista Dog Watkins, del pianista Walter Davis Jr. o de Art Taylor? Una gozada de la que pocos pueden disfrutar.
Las imágenes y archivos de audio y vídeo que aparecen en este blog han sido incluidos en él por motivos ilustrativos o didácticos, sin ánimo de lucro, bajo el término del uso razonable.