Un mal día. Los que sufrimos de bipolaridad solemos tenerlos aunque no lo sean. Debe ser que llega la lluvia y el cuerpo no está preparado. Un mal día.
He revisado los asuntos que tengo pendientes, mis inseguridades, mi notable falta de modestia para reafirmarla (estoy convencido de que la modestia es esa actitud que tomamos cuando necesitamos lisonja y que estamos dispuestos a recibir con cara de santito, sonriendo y dispuestos a caer la mar de bien a los demás, tal y como dejé dicho hace unos días en la red, por lo que no quiero participar en la opereta), me he preocupado de anotar los aspectos más lamentables de mi carácter por si algún día me decido a tratar de eliminarlos y, durante buena parte del tiempo, me he dedicado a pensar sobre qué coño pinto yo en todo este follón de blogs, redes sociales y cuentas de correo que acumulan cientos de mensajes inservibles. Es como si necesitara entrar en el taller de chapa y pintura para ser maqueado como toca. O dicho más formalmente, necesito reubicarme en ese lugar preciso que tenemos reservado desde siempre. La bipolaridad tiene estas cosas.
No sé muy bien la razón por la que me viene a la cabeza (cada minuto y medio, más o menos) una idea extraña. Una estrella fugaz puede ser observada por miles de personas boquiabiertas. Los mismos que buscan otra, de forma inmediata, en un punto distinto del firmamento, dispuestos a dejar la mandíbula flácida otra vez. Y sin recordar la que acaban de ver. Esta idea viene y se va. Ahora cada tres minutos cincuenta segundos. Debe ser bipolar como yo.
Ya sé que dos o tres de mis cuatro o cinco lectores se estarán preguntando por esa lista de miserias que he confeccionado con todo mi cariño. Seré buena persona. La dejé sobre la mesa del despacho aunque puedo reproducirla con ciertas garantías.
1. Soy bipolar
2. Soy bipolar
3. Soy bipolar
4. Soy bipolar
5. Soy bipolar
Como comprobarán no son nada preocupantes. Me inquieta más el asunto de la estrella fugaz. Confío en que sea una obsesión pasajera, que no se convierta en una novela o algo así.
Como ven un muy mal día. Y aún queda eliminar los mensajes que ofrecen pastillas de colores y alargadores del pene; leer los blogs recién recomendados y en los que hay que dejar un mensajito que diga “Oh, que bellas palabras, me emocionan y hacen que me sienta en una nube maravillosa formada por palabras”; leer las dos o tres últimas páginas que escribí de mi novela y que me parecerán un horror. Pero, sobre todo, descubrir en cual de los polos termino el día. Eso es lo peor de todo.
Tengo una imagen grabada de mi padre que va y viene sin cesar. Subía la cuesta de casa vestido de uniforme, polvo y barro en las botas, mal afeitado, las mangas de la camisa recogidas por encima del hombro, gafas oscuras. Regresaba de hacer unas maniobras. Creo que por aquel entonces era capitán. Yo era muy niño, él era muy joven. Impresionaba verle. Se acercó hasta donde estaba jugando con mi hermano pequeño. Chapas. Vuelta ciclista a España en una carretera trazada sobre la arena con curvas imposibles (o se pasaban con pequeños golpes de dedo o con lo que llamábamos redondilla) y puertos de primera y segunda categoría. Las caras de los ciclistas en cada chapa recortadas de los cromos que cambiábamos en el colegio. Nos saludó y se fijó en la carrera. ¿Ésta de quién es? preguntó señalando una pieza de la carrera con la cara de Federico Bahamontes pegada con plastilina al metal. Mía, dije. Pues este no puede ser el último. Fue el mejor. Se agachó, agarró la chapa con los dedos pulgar, índice y corazón. El índice en la parte interior, los otros dos en los bordes. Con fuerza. La lanzó intentando una redondilla improbable. Primera posición para Bahamontes. Ahora os veo en casa, nos dijo. Tanto mi hermano Andrés como yo no creíamos lo que había pasado. Papá, con su uniforme de campaña, un militar imponente, era capaz de jugar con los niños en la calle y, encima, dar una lección de cómo se debía manejar una chapa. El resto de padres que pasaban por allí saludaban desde la distancia, pasaban de largo sonriendo. Estoy seguro de que algún muchacho se quedó con las ganas de ver a su padre lanzar al ciclista favorito para que girase en la curva más cerrada o subiendo ese puerto de montaña que sólo se podía pasar haciendo alguna trampa. Supe, lo supe en el mismo momento que mi padre me daba la espalda para irse, que ese aspecto de dureza era lo que permitía a mi padre cobrar un sueldo a final de mes, pero que sus dedos deseaban mucho más agarrar chapas y dejar boquiabiertos a sus hijos. Y lo supe porque justo antes de dar la vuelta y caminar, mi padre esbozó una sonrisa que ahora recuerdo perfectamente: la de un niño vestido de militar.
Han pasado muchos años. Quizás treinta y cinco. Quizás alguno más. Y recuerdo ese momento, esa imagen, con una nitidez que me produce cierto vértigo. Casi puedo tocarle.
Acaba de acercarse mi hijo Gonzalo. Adolescente, grande como una torre. Quería saber qué hacía. Escribo. Llevas un cuarto de hora mirando la pantalla sin tocar una tecla. Es que para escribir hay que pararse a pensar. Echa un vistazo a la pantalla y asiente. ¿Pensando en el abuelo? No, pensando en mí mismo. Me mira diciendo que no con la cabeza y alzando las cejas antes de acabar el gesto, incrédulo y socarrón. Pues venga, sigue pensando en ti un ratito más y así escribes sobre el abuelo.
Un niño vestido de militar. Mi padre. Una carretera dibujada en la arena. Yo niño. Una imagen que va y viene sin cesar. Deseos viejos por cumplir ahora que ya no está, que yo tampoco soy aquel muchacho, ahora que los papeles han cambiado. Un minuto que ocupa una infancia entera. Gonzalo, un adolescente insensato, intenta descubrir sin entender que ya sabe. Lo insignificante que crece hasta ocupar el espacio que le corresponde. Un mundo. En busca del mejor de los disfraces. Si quisiera podría tocarle. Pero el vértigo no deja.
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