jun 29 2010

La cara del destino

Mientras caminaba hacia mi casa me ha ocurrido algo muy extraño. Un niño se ha pegado a mí. Hemos recorrido algunos metros juntos. Nos hemos mirado antes de parar. Enarcando las cejas. Ambos.
- Oiga, ¿qué iba pensando hace un momento? Estaba muy serio y hacía así, me ha preguntado mientras se acariciaba la barbilla y procuraba un gesto de preocupación.
- Cosas de mayores. Pero no tenía mucha importancia. Eres muy curioso ¿no? ¿No te estará buscando tu mamá, guapo?
- No, mi mamá está en el cielo. Y usted pone esa cara porque está enfadado. Los mayores siempre están enfadados porque se tienen que ir al cielo.
Ha salido corriendo deshaciendo el camino que habíamos hecho juntos. Antes de girar en la siguiente esquina me he dado la vuelta. Se había pegado a otro adulto y caminaba a su lado. He preferido parar y fumar un cigarro. El hombre miraba al muchacho. Hablaban. Se han despedido con un apretón de manos.
El muchacho deshaciendo el camino en busca de nueva compañía. El hombre entrando en el bar que tenía a mi derecha. Yo detrás. He pedido un café. Sudando, algo alterado, él ha pedido una copa de ginebra. Otra más. Me ha parecido escuchar que murmuraba algo así como “qué cabrito el niño de los cojones”. Pero quizás sean imaginaciones mías. O quizás es lo que he murmurado yo mismo. El caso es que allí dentro todos teníamos cara de enfado. Todos.


jun 29 2010

Perseverancia

Siempre esconde una hoja de hierbabuena en el bolsillo de la chaqueta. Cree que es el olor que ella adora sobre todas las cosas.
Cada mañana acaricia la planta y elige un tallo. Corta con mimo y pide perdón con un susurro. Lo pasa por todas las yemas de los dedos, arranca con los dientes la punta de una hoja para paladearla y lo guarda en el bolsillo. Espera hasta escuchar el ruido de su puerta al abrirse. Y abre la suya. Bajan juntos en el ascensor. Apenas cruzan un par de palabras para saludarse. Otro par al despedirse. Pero le parece suficiente. Le gusta ver cómo entra en la cabina pequeña, cómo se apoya en el cristal del fondo, cómo cierra los ojos. Así disfruta de ese aroma preparado con mimo para ella.
Hoy se ha levantado unos minutos más tarde. Mientras termina de prepararse escucha el sonido de la puerta. Y unas voces. Ella habla con alguien. En lugar de salir, espera tras la puerta intentando entender. Ella dice que quizás tengan suerte, que igual no sale, que no sabe lo que huele ese hombre a hierbabuena, casi marea, que le recuerda los cocidos de su abuela, los que le obligaban a comer siendo niña. La otra persona ríe diciendo algo de forma entrecortada y no lo entiende.
Mete la mano en el bolsillo y tira con rabia el trocito de planta. Piensa rápido. Si no le gustaba el cocido algo habría que le encantara. Y comienza a buscar por la casa eso que desprenda el olor que ella adora sobre todas las cosas. Una mujer amada merece siempre las mejores atenciones, piensa.