Recuerdo unos versos de Bertolt Brecht que dicen “carnal me gusta el alma / y con alma la carne(*)”. Y los recuerdo mirando alrededor, intentando saber si otros piensan igual que el poeta o si, por el contrario, han elegido una opción y no la otra.
Si amo desde el primer momento es porque ella es amor y sexo, inteligencia e instinto animal, serenidad y locura en las cosas del querer, creencia y superstición, alma y carne, alma carnal y carne con alma. Por eso los ojalás ya no sirven después de una mirada. Están de más y comienzan a caer lentamente desapareciendo por innecesarios.
Un par de versos pueden encerrar lo que uno quiera. Una vida. La suma de dos. O se pueden quedar vacíos. Todo depende del que los lee, de si elige una opción u otra.O ninguna.
Brecht escribió estos. Y yo los lleno hoy así.
(*) Estos versos son parte del poema “Lección de amor” de Bertolt Brecht.
Shostakovich decía tener la cabeza llena de melodías. Siempre distintas unas de otras. La razón era que, desde que una esquirla de metralla se le quedó alojada en el corazón, si inclinaba la cabeza hacia un lado podía escuchar música. Ese era su gran secreto. Escuchaba y luego componía. Creo yo que se escuchaba y luego escribía en la partitura lo oído.
Shostakovich hacía lo que un artista debe hacer. Pensar la realidad, intentar recomponerla en la mente para representarla. El lenguaje que se utilice es lo de menos. Música, pintura o escritura son la misma cosa.
Un escritor, por ejemplo, no puede dejar de mirar las cosas sabiendo que él no puede ver lo que cualquier otro. Una mosca revoloteando por la habitación para un escritor se transforma en “la mosca”. Y una vez que ha visto, que ha observado lo que sólo unos pocos tienen a su alcance, lo convierte en un relato.
Para llegar a ser escritor no es necesario tener una esquirla alojada en el ventrículo izquierdo (quizás para ser un genio como Shostakovich, sí, lo desconozco porque no soy ni un genio ni me apellido Shostakovich), pero sí que es fundamental saber que la realidad existe para ser dominada, controlada; que la realidad encierra el sentido que queramos dar a nuestra existencia, la explicación de todo lo que nos pasa.
Eso que llamamos talento no es ni más ni menos que la capacidad del artista para dominar la realidad.
¿Por qué impresiona tanto acercarse a una buena novela o a una buena película o a un buen cuadro? ¿Nos impresiona la técnica utilizada o el resultado? La técnica nos puede gustar más o menos, nos parecerá original o extraordinariamente difícil, pero lo que nos abruma, lo que nos conmociona es el resultado, es esa forma de entender el mundo que nadie antes nos ha mostrado y que no podíamos imaginar que estuviera en ninguna parte del cosmos.
Hoy me preguntaban si he conseguido alguna vez en mi vida que alguien se convirtiera en escritor sin tener grandes facultades. La respuesta ha sido que he conocido muchas personas con una técnica de escritura muy justa, muy rudimentaria; unos con gran capacidad para ver más allá, otros con la mirada puesta en su propio ombligo. Sólo los primeros han terminado publicando. Y, prometo con toda solemnidad, que nadie les alojó ni esquirlas ni objetos extraños en ninguna parte de su cuerpo.
Recuerdo que una alumna de las pequeñas (mientras realizábamos un ejercicio utilizando el lenguaje de los sentidos) miraba una arboleda. Me acerqué con cuidado y le pregunté qué era lo que veía. Huele como cuando iba a visitar a mi abuela, Gabriel. Los árboles estaban a más de mil metros. Ella veía aquello y podía oler, veía un relato en el que pasaba esto o aquello. Y no era sinestésica. Ahora es escritora y aquel día todo lo que había escrito no ocupaba un confeti.
Les dejo con una excelente versión del tema “O que será” a cargo de Till Brönner y acompañado por Vanessa da Mata. Y no traten de hacer nada con esquirlas de metralla. No sirve.
Miro la pantalla del ordenador. Aprieto el ratón con más fuerza de lo normal. Uno de mis personajes ha matado a otro. No sé qué es lo que le ha llevado a cometer el crimen. Les dejé discutiendo en un bar y uno (el malo, el que tenía que cargarse a tres o cuatro durante la novela, incluido el asesino, hasta ayer mismo, improbable) ha muerto. Una muerte horrible, por cierto. Mucha casquería, mucha violencia. Me parecía a mí que le faltaba carácter para hacer algo así, que era un pobre hombre dispuesto a tragar con lo que le echaran, que pasaría de puntillas por mi novela haciendo de bisagra para que otros personajes (por ejemplo el muerto) llegasen más iluminados hasta la siguiente escena. No pienso preguntarle nada. Ahora le tengo en el lavabo comunitario de la pensión en la que vive. Se está duchando y sonríe mientras recuerda cómo se ha cargado a ese gilipollas (eso es lo que piensa, me limito a reproducir con exactitud lo que sé), sabiendo que este es el principio de una nueva vida para él. Sabe que parecía una mosquita muerta aunque ocultaba una fiera difícil de manejar. Hoy irá hasta el barrio chino para pasar la noche con alguna chica a la que no pagará. Ya puede imaginar el par de guantazos que le va a sacudir si se pone gilipollas (le veo algo obsesionado a este hombre con los pobres gilipollas). En fin, mi personaje ha decidido asumir el papel de personaje estereotipado (lo sé porque está empezando a pensar en secuestrar chicas para violarlas y coleccionar sus uñas del dedo gordo). Tenía un estupendo trabajo como secundario, pero le gusta sentirse protagonista aún sabiendo que deja atrás la carga literaria de lo que fue. Quiere ser alguien.
Pobre. Acabo de situar el cursor justo antes de que se liase a martillazos con el otro. Marcaré el bloque y borraré. Y él será, de nuevo, un pusilánime en el que nadie se verá reflejado, un hombrecillo que aparecerá poco para que los principales crezcan y para que podamos entenderles. Clic. Ya está. Vuelvo a tener novela en marcha con un buen secundario. Y prometo no volver a escribir cuando se me cierran los ojos por el sueño.
El tiempo es suma de momentos de espera, soñados, deseados. Cada instante, convertido en un grano de arena, cae desde lo alto del reloj de vidrio para que la parte baja se llene con una aritmética que se entrega al desánimo. Mientras esperas, sueñas o deseas, el tiempo suma hasta que el vidrio cede y la arena se extiende formando un desierto que diseña un presente sin oasis. Lo único que puedes hacer es caminar sabiendo que en cada pisada la arena entrará en el calzado para hacer del paso un yunque. Granos de tiempo, miles de millones de granos molestando un andar inevitable. Al principio, mientras subes por las primeras dunas, pataleas lanzando la arena a tu espalda, pero descubres que debajo hay más, mucha más. Y desistes porque sabes que el camino hay que hacerlo.
Sin embargo, la vida enseña todo, incluso a transitar desiertos que, a la sazón, terminan siendo la misma cosa. Separarte de la persona amada, viajar lejos de casa queriendo volver sin poder, perder a un amigo porque camina entre arena aunque en otra dirección, ver morir a otro sin poder hacer nada, no tener un euro en el banco, no creer en nada, en nadie. Al fin y al cabo son dunas hechas de segundos interminables. Todas y cada una de ellas parecen infinitas sin serlo. No lo sabes hasta que cruzas el primero. Es cuando levantas el pie derecho sin esfuerzo, el momento en que miras alrededor y el vidrio recoge lo que has dejado atrás, justo al dejar de pisar el último grano de arena; es en ese momento, cuando sientes que el tiempo vuelve a caer y sabes que el vidrio volverá a ceder dejando que el desierto se extienda de nuevo.
Pero se cruzan y se viven como si cada uno fuera el primero y el último. El hombre de tu vida aparece, tu amigo se arrima otra vez, regresas, encuentras algo en lo que creer aunque sea durante un instante. Incluso puedes ahorrar algo de dinero. Y vuelta a empezar.
El día se acaba con la cadencia de un golpe repetido. Nada especial. Otro más. Nada importante.
Se acaba el día en el que pudieron cumplirse los sueños viejos. Lo de siempre. No hay problema.
Se acaba el día que pudiste decir no. Otra vez será. Sigues teniendo lo mismo y nada importa.
Se acaba un día que pudo ser la vida entera convertido en mil cuatrocientos cuarenta minutos. Ni uno más, ni uno menos. Lo exacto de la rutina por la que peleas sin ceder un milímetro de terreno.
Se acaba el día. Te consumes. Has sido lo que siempre serás. Pero así son las cosas. Nada.
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