jul 31 2010

A contracorriente

Practiqué el remo olímpico de alto nivel durante muchos años. Fueron muchas mañanas madrugando para correr noventa minutos y remar un par de horas más. Era joven y el sacrificio era grande. Cambiaba lo que un chico de mi edad hacía normalmente por tener las manos endurecidas a base de esfuerzo. Aprendí que remar contracorriente era la forma de entrenar menos minutos consiguiendo un resultado mucho mejor. Avanzar tres o cuatro metros equivalía a una distancia mucho mayor que cuando se remaba a favor de corriente. Esto que parece algo sencillo sólo lo hacíamos los que habíamos desarrollado una técnica depurada. Ejercer una fuerza superior a la normal en cada palada suponía que se descuidaba algo el movimiento en la palada. Si no la tenías ya aprendida era mejor no insistir por ese camino.
Una mañana de invierno sentí un pinchazo en el cuadriceps. Supe enseguida que me había hecho daño. Y dejé de remar. Me llevé la mano al músculo, apoyé el tórax en los remos para alzarlos levemente del agua y dejé que me llevara la corriente río abajo. Algunos compañeros de equipo pasaban por mi lado preguntando. Yo sólo les decía que no con la cabeza y continuaban su entrenamiento. Cerré los ojos. Por el dolor y por la rabia. Si no recuerdo mal tenía que competir tres semanas después en el campo de regatas del Guadalquivir.
Cuando dejé de maldecir ese pinchazo, cuando quise saber dónde estaba, descubrí que había llegado al margen contrario del río. Acerqué mi skiff a un pontón viejo y podrido, abandonado. Salí del bote y me senté a esperar sabiendo que nadie iría a recogerme porque nadie podría sospechar que estaba a tres o cuatro mil metros de distancia y en el margen equivocado. No importaba porque quería estar solo. Pensé sobre el esfuerzo que había realizado durante tantos meses de entrenamiento, la cantidad de mañanas pasando frío para conseguir mi sueño de llegar a una selección nacional que ahora quedaba a un millón de años luz. Aunque no dejaba de sonreír sabiendo que, por primera vez, me había dejado llevar por una corriente con la que había luchado durante años. Era una sensación extraña. Perder el control sobre algo que dominaba, encontrarme solo cuando siempre estaba protegido por el entrenador y los médicos del club, saber que dependía de mí lo que pasara a continuación sin tener la ayuda de nadie. Dejé que pasara el tiempo. El dolor iba en aumento, el sudor se enfriaba. Me tumbé sobre las tablas podridas para poder pensar.
¿Merecía la pena todo aquello? ¿Mi futuro pasaba por remar, cada día, contracorriente? ¿Era lógico depender de un problema muscular después de tantos meses de esfuerzo?
Pensé en la sensación de dejarte llevar, de no interesarte por nada salvo por ti mismo, por tu dolor. Y pensé, al mismo tiempo, que eso era cosa mía. Mi dolor, mi futuro. El rumbo azaroso del bote me llevó a la otra orilla, a un lugar en el que no hubiera pensado estar una hora antes. Me sentía bien.
Decidí recuperarme y trabajar duro (una de mis peores cualidades es la de dar siempre otra oportunidad). Cambié de barco para formar parte de una tripulación. Y llegado el momento tuve que dejar que la corriente me arrastrase de nuevo. Esa vez para siempre. Se acabó el remo.
Hoy, me siento fatigado. Acabo de dar la última palada. Relajo los músculos y comienzo a dejar que el destino me lleve hasta donde tenga que llegar. Quizás a la otra orilla, quizás hasta el lugar de donde salí, quizás a ninguna parte. El sudor se enfría. El dolor crece. Pero ya he dado la última palada.


jul 30 2010

Más allá

Me han enviado algunos correos pidiéndome que aclare qué es eso de la trascendencia a la que hago referencia tantas veces. No el significado sino el efecto que produce en el hombre y, por extensión, en la literatura. Lo que no saben (creo) los que me lo piden es que a mí me han sido necesarios unos cuantos años para poder tener la idea clara. Y que, por tanto, será difícil que pueda decir algo de provecho en tan poco espacio. Voy a intentarlo con un ejemplo tomado de la realidad.
Supongamos que nos cruzamos con la mujer de nuestros sueños. Formamos una pareja desde ese momento y terminamos envejeciendo a su lado. Pues bien, el ejemplo que voy a manejar podría servir para cualquier instante de esa vida en común. Desde el primero hasta el último sin que la edad, los años juntos o las canas puedan modificar lo que diré a continuación.
Alcanzamos la realidad a través de los sentidos (vamos a suponer que de forma exacta para no entrar en asuntos filosóficos que ahora no interesan). Palpamos, olemos o vemos para que la razón ordene la información y tengamos acceso a la realidad. Después de Kant, todo esto no resistió demasiado bien, pero insisto que para lo que quiero decir sirve bien. Los sentidos forman parte de la realidad que alcanza.
Sin embargo, cuando nuestra pareja (esa que estará junta el resto de su vida) se abraza, cuando se besa, cuando el momento que viven se llena de erotismo, esa realidad se diluye, se difumina dando paso a la capacidad espiritual de la persona. Tocamos y al mismo tiempo sentimos algo que no vemos ni tocamos ni olemos jamás. En definitiva, la primera vez que eso ocurre, percibimos que el otro es mucho más de lo que se ve. Por decirlo de alguna forma accesible, es como si besáramos con nuestros labios a un espíritu, a lo que faltaba por descubrir del tú. No es que al tocar no notemos el roce de piel con piel. No. Sucede que ese sentido que agarra la realidad para que podamos manejarnos en ella, modifica su cometido y nos acerca esa trascendencia que tan bien escondida llevamos dentro y que sólo enseñamos a unos pocos a lo largo de nuestra vida. Cada abrazo, cada beso, se convierte en un descubrimiento, en la constatación de que el otro siempre esconderá algo nuevo con lo que sorprendernos. Su esencia, la suma de carne y espíritu. Estando en el planeta tierra podemos viajar allá donde queramos o nos lleven esas sensaciones, estando en el planeta tierra terminamos creyendo que él o ella están más allá de todo lo que podemos ver, oír, tocar, saborear u oler.
Pues bien, lo mismo podemos decir de las imágenes que encontramos en un buen poema o en un buen relato. Leemos y podemos imaginar, nos ponen delante un árbol y vemos el odio (es un decir, claro). Las palabras convertidas en imágenes no palpables aunque si sentidas de forma rotunda. Leemos aunque vamos más allá del libro que tenemos en las manos, de lo que se dice en él. La imaginación y la intuición se unen para llegar allá donde la voz narrativa procura llevarnos desde su credibilidad. Por esta razón es tan importante que aparezca lo relevante del silencio o la solvencia de lo dicho, que los personajes sean de carne, hueso y espíritu.
Más allá. En el arte eso es lo que manda. Y en el amor, y en el odio. Y en todo lo que llamamos realidad, se pueda tocar o no. La realidad es simbólica. Toda sin excepción. Símbolos desde donde nos comenzamos a explicar qué es lo que hacemos aquí, el camino que tenemos que recorrer, qué significa la muerte. A nosotros mismos, vaya.


jul 29 2010

Entre mujeres

Primera historia:

- Es un imbécil. Todo el día pavoneándose delante de las becarias. Me pone enferma. Ese tipo de hombres me revienta. A ver si me entra un día a mí con esas idioteces, ya verás como se le quitan las ganas.

- Entonces, resumiendo, que te pone ¿no?

Segunda historia:

- Bueno, vamos a cenar el viernes. Me invitó ayer, antes de salir de la oficina. Creo que vamos a un restaurante en el que los camareros cantan arias de óperas. Y sí, me parece majo. Tiene golpes muy buenos que me hacen reír. Mira, yo voy y que sea lo que Dios quiera.

- Entonces, resumiendo, que no te gusta nada y crees que se te está pasando el arroz ¿no?

Tercera y última historia:

- Ya te contaré, no seas tan curiosa.

- Ay, madre, que te has enamorado del todo.


jul 29 2010

Pensar y callar

Hay asuntos sobre los que procuro no hablar. Me parece que la prudencia debe estar por encima de opiniones, casi siempre viscerales, acerca de, por ejemplo, el aborto o las creencias religiosas de los otros.
Decir “estoy a favor del aborto” o “el aborto es un crimen” es lo mismo que no decir nada. Decir “Dios existe, lo sé porque tengo fe” o “Dios es una patraña inventada por el hombre para no sentir terror ante la muerte” es hablar por hablar y, seguramente, sin saber bien lo que uno dice. Abortar es una tragedia humana; de Dios no se puede hablar sin saber que hay que hacerlo desde lo más profundo del hombre (de lo humano que tenemos todos). Cada cual que diga lo que quiera, se engañe como quiera, tranquilice su pensar como quiera o acierte si es que eso es posible.
El caso es que me hago preguntas que me llevan a otras mucho más difíciles de contestar.
Una muchacha de dieciséis años, ¿es capaz de decidir (a solas) sobre un asunto tan importante? ¿No será necesario que los padres intervengan? ¿No va siendo hora de tratar este asunto como una tragedia personal y no como un pecado mortal que te arrastra lejos de la ética y la moral? ¿Dónde se encuentra el límite (si es que lo hay) entre lo que es una personita y lo que llamamos feto para evitar referirnos a un ser vivo de forma clara? ¿Es este el camino correcto para evitar que una mujer joven tenga que pasar un calvario de esa magnitud? ¿Nos estamos haciendo los muertos y nos dedicamos (sólo) a opinar después de cenar con los amigos o estamos realmente involucrados en el asunto?
Todas estas preguntas llevan a otras mucho más difíciles. Yo no sabría contestar ni una sola de ellas sin que, al mismo tiempo, me asaltaran dudas sobre lo dicho. Los políticos me temo que tampoco. Ni los curas que agarran la teología para convertirla en derecho canónico (eso es matar una religión).
Por esa misma razón, me irrita la contestación que se ha puesto de moda. Cada uno que haga lo que quiera. Eso es una idiotez. Es como si discutiéramos sobre los timos, la piratería informática, la pena de muerte o un crimen y dijéramos “nada, nada, cada cual que haga lo que crea que debe hacer”. Las cosas nunca funcionaron así.
Cuando me preguntan si puedo explicar lo que es Dios suelo contestar que eso es imposible, y que si alguien lo intenta es que no lo sabe ni lo que dice, y que si te crees a Dios porque alguien te lo ha explicado mal asunto. Es decir, no contesto. Creo que es lo mejor. Y les garantizo que tengo bastante claro el tema. No hace falta decir que imponer a Dios me parece lo más lamentable que le puede ocurrir a cualquiera de nosotros. Tanto como negarle la posibilidad de acercarse a la religión.
Quizás ha llegado el momento de pensar y escuchar a los que saben, a los de un lado y a los del otro, aunque sea poco lo que digan o se limiten a no contestar salvo con una pregunta (que, por otra parte, es una muy buena forma de hacerlo). Pensar y escuchar. Dejar de buscar votos con asuntos tan serios o de negar la posibilidad de salvaciones eternas con la vida resuelta a base de potenciar el miedo de los demás.


jul 28 2010

Cuando escribo

El mundo se tiñe de verde. Otra vez. Irremediable cuando amanece una tranquilidad no impostada.

Los sonidos llegan envueltos en la deseada rutina. La mecánica de los movimientos deja todo en orden. Alboroto infantil que agrada. Olor a fogón antiguo. Extrañeza escondida en la lobera.

El mundo se tiñe de verde. Enorme. Los últimos rincones se resisten sabiéndose derrotados. Esquirlas saltarinas e inofensivas. Es lo que queda. Pinceles acabando el trabajo. Solos, sin que nadie oriente el trazo.

Una luz verde se aloja en la retina para que la pluma tiemble nerviosa. Fluye la tinta. Una vida en una sola frase.

Crecen los personajes con cada palabra. Mueven el mundo. Verde. Hablan los objetos de ellos. Total verde.

Todo existe dentro de mí. Todo excepto yo mismo que me retiro paciente a observar.

Una vida. Una frase que cualquiera puede leer.

© De la imagen: Escrito en la pared