jul 21 2010

Sobre eso que llaman “aldea global”

El mundo es, cada día, más pequeño porque el tiempo ha dejado de pasar con lentitud. Si algo sucede a diez mil kilómetros podemos enterarnos diez segundos después. Todo es cercano. Podemos llorar al mismo tiempo que el mundo entero y por la misma causa. El espacio se ha convertido en una excusa para que podamos fingir no saber. Sólo es eso.
El amor se está quedando enano por la misma razón. Amamos con rapidez. Con la misma con la que dejamos de hacerlo. Antes, mientras esperabas la carta que tardaba un siglo en llegar, tenías tiempo para fantasear, para inventar una relación que duraría la vida entera. Ya no. Todo es inmediato. Querer, odiar, morir, escapar.
La vida se hace corta. Siempre lo fue, pero ahora mucho más. El mundo (hasta no hace tanto) se reducía a lo poco que podías ver. El tiempo corría despacio para que pudieras paladear el entorno. Hoy tienes al alcance de la mano conocer el universo entero. Lo ves aunque no conoces más que una pizca. Y la sensación es desoladora.
El cosmos se hace más infinito que nunca. Nosotros más infelices. El hombre creó una herramienta para medir la distancia entre el nacimiento y la muerte (el tiempo) que se ha convertido en un mecanismo de tortura al hacernos sentir incapaces de disfrutar. Porque ha encogido.


jul 21 2010

Viajes

Durante el verano de mil doscientos ochenta y seis, cuatrocientos hombres comenzaron el viaje que les llevaría hasta el lugar en el que se encontraba la fuente del conocimiento universal. Tomando un solo trago de aquel líquido lograrían conocer todo lo necesario para ser considerados sabios entre los sabios.
Lograron sobrevivir los seis primeros meses menos de la mitad. Fieras, tormentas y accidentes fortuitos fueron restando hombres y fuerzas al grupo.
Pasado un año, tan sólo cuatro hombres llegaron hasta el lugar que buscaban. Allí no había fuente alguna. Descansaron un par de días y comenzaron el camino de regreso. Regresaron un año después a su ciudad de origen. Los cuatro.
Contaron sus peripecias, los enormes sufrimientos que pasaron hasta llegar donde creían que había una fuente, la muerte de cada uno de sus compañeros. Un niño que escuchaba atentamente preguntó: ¿Cómo habéis logrado regresar los mismos que llegasteis hasta allí? Supimos evitar los peligros, replicó uno de los hombres. Así que la sabiduría es eso, murmuro el muchacho.
La expediciones se sucedieron año tras año. Los hombres que deseaban hacerse fuertes y sabios escuchaban el relato de los supervivientes, partían y no regresaban jamás. Ni uno solo lo consiguió. Escucharon con atención, sin decir una sola palabra, que ante las fieras lo mejor era luchar espalda contra espalda de un compañero. Entendieron que podrían separarse en parejas sin pensar que las fieras podrían devorar a dos hombres y nunca a cuatrocientos que se defendieran como uno solo. Escucharon, sin decir una sola palabra, que durante una tormenta lo mejor es protegerse en un lugar cerrado. Entendieron que cualquier lugar era bueno y muchos murieron ahogados al encerrarse en cuevas que estaban por debajo de la tierra y se inundaban con gran facilidad.
Poco a poco, los cuatro supervivientes murieron. Y, poco a poco, los hombres dejaron de sentir la necesidad de llegar a aquel lugar.
Hoy, miles de personas van y vienen a un lugar cercano pensando que lo hacen al verdadero. Allí, se venden camisetas y sombreros de paja, limonadas y fruta madura. Van y vienen. Ni pierden ni ganan nada. Tan sólo lo cuentan. Creen ser más sabios. Y, en su ignorancia, son más felices.