Llega el final del verano y con él la rutina que se había quedado agazapada tras la última queja, quizás envuelta en ese deseo de pasar unos días que lo iban a cambiar todo. Regresa la rutina del pensar que hay que hacer esto, deshacer lo otro, escuchar más, hablar más, mirar más, querer más. Porque la rutina es lo que pensamos cambiar y dejamos tal y como está. Una y otra vez. Sin remedio. Queremos escapar de ella sabiendo que durante un tiempo seremos lo que deseamos desde mucho tiempo atrás, veremos en otros lo que se perdió por el camino y creemos recuperar durante unos días. Es el momento de la fantasía. Pero se trunca al chocar con violencia contra la esclavitud que nos imponemos para parecer lo que no somos aunque nos permite ser. La dichosa imagen que hace de nosotros supervivientes de nuestro propio naufragio. Parezco esto, pero no lo soy. Triste.
Aunque siempre queda a salvo la posibilidad de confundir la rutina con lo que no lo es. Y ser felices.
En algún momento de la eternidad, en algún lugar del infinito…
- Tío Dios, tío Dios, ¿puedo jugar con tus cosas?
- Sí, sí, pero no revuelvas más de la cuenta.
- ¿Qué es esta caja, tío?
- Vaya, hacía mucho que no veía este juego. Me lo regaló tu, padre. ¿Lo ves? Aquí dice para Dios esperando que lo disfrute. De su buen amigo Satán. Juega con cuidado porque es muy antiguo y me gusta conservar las cosas.
- ¿Puedo jugar a las guerras, tío? Porfa, porfa, porfa.
- Esta bien, pero con cuidado. Las fichas que se vayan estropeando me las dejas aquí, a mi derecha, que luego las tengo que guardar en esa otra caja.
- ¿En esa?
- Sí, me gusta reciclar. Ah, y no dejes que se caliente mucho el motor. Cuando aparezca un dibujo con forma de seta te paras porque si no se estropea todo.
Otra vez. Aún no sabes si lo haces por una razón o por otra. Te descubres leyendo, intentando descubrir qué es cierto de todo esto, cómo se me habrá ocurrido escribir algo así, cómo lo hubieras hecho tú si hubieras pensado lo mismo, si me conoces algo mejor después de terminar el texto o si todo es una fantasía. Intentas descubrirte en alguna frase en la que buscas una intención que quizás no existe. Alguna vez te has visto entre líneas haciendo del texto algo tuyo, en alguna ocasión algo de lo leído te obligó a recordar lo que no te gusta de ti, de otros. Has llegado a pensar que un autor es, sobre todo despreciable, al ser capaz de relatar algo que le acaba de pasar, pero lo vuelves a leer y descubres con cierto enfado que no, que lo que dice es algo remotamente parecido. Sólo parecido. Yo no dije eso, piensas. Y, más tarde, recuerdas que nunca estuviste allí. Te ves reflejado. Nada más. Sin saber porqué.
Mientras lees, reflexionas llegando a la misma conclusión cada día, que si lo que cuento es verdad no te interesa y sientes pudor porque leer esto es lo mismo que mirar por el ojo de una cerradura. De la mía. Dibujas escenarios que sólo tú conoces creyendo que el autor pensó en ellos para hacer vivir a sus personajes. ¿Son personajes? ¿Es Guzmán el niño que represento en los textos? No lo sabes aunque alguna vez te lo preguntas. Y lo haces pensando en el fastidio que supone hacer algo tuyo sabiendo que es de otro. Mío.
Un gesto mecánico te coloca frente a unas líneas. Casi siempre a la misma hora. Más o menos. Miras el título y la imagen intentando adivinar lo que viene después. Lees despacio. Hubieras comentado lo dicho alguna vez aunque, no sabes si por un miedo absurdo o porque no tenías del todo claro lo que querías decir, no lo haces. Incluso lo tuviste escrito y no llegaste al final.
¿Qué buscas aquí? Entretenerme, piensas. Pero sabes que eso no es todo. Leer es un acto voluntario que lleva más allá. Lo que quieres es participar de un mundo ajeno en el que unas veces estás, otras no, en el que puedes intervenir porque eres dueño de hacer lo que quieras con él. Creer, pensar que es una idiotez, imaginar que existe tal y como lo dibujo o negarlo cuando deja de gustarte.
El texto se acaba. Hoy más que otras veces te sientes obligado a saber algo de ti. Es posible que seas un personaje más, tan real o tan falso como los que acostumbras a ver por aquí. Aunque sólo sea durante unos minutos te transformas en uno más, en ese que se sienta detrás de mí para poder mirar sin decir ni una palabra. El único que es fijo en cada texto. Y lo sabes.
El texto se acaba. Ahora es el momento de reflexionar.
Bar de copas. Una en punto de la mañana. Tres copas de media en el cuerpo por cabeza . Todos le parecen unos pijos de mierda. Pero mantiene el tipo. Una morena de ojos claros se acerca. Un bombón, piensa. No puede ser cierto, esto si que es triunfar, sigue pensando.
- Hola, me llamo Laura. ¿Trabajas o estudias?
- Hola, me llamo X., y trabajo, dice pensando que debería ser él quien hiciera ese tipo de preguntas tan idiotas (no deja de pensar, seguramente por efecto de las cinco copas que ha bebido. Siempre quiere estar por encima de la media).
- Ay, qué bien. ¿Cuánto ganas?, ella sonríe.
- Y tú ¿cuánto cobras?
Demasiado bonita para que hubiera sido normal, piensa. Levanta la mano delante de la cara del camarero. Otra copa, por favor.
Lo mejor que podemos hacer es asumir lo que nos pasa en esta vida como algo inevitable. Las cosas suceden y ya no pueden cambiar. La vida se llena de manchas, de parches o de zonas luminosas que se apagan con facilidad. Es absurdo que intentemos hacer desaparecer las cosas que nos molestan, que nos hacen sufrir o que tenemos por innecesarias. Nos guste o no, siempre quedaran de alguna forma en el lugar que ocuparon. Recuerdos, una cicatriz o un sonido susurrado que no dejas de escuchar. También es ridículo intentar que lo que más nos agrada sea eterno. Eso, lo mejor de la vida, termina siendo un recuerdo, una cicatriz o un sonido susurrado que no dejas de escuchar. Ambas cosas, si se las convierte en parte de un disfraz, nos hacen infelices, nos borran del escenario. Lo bueno es efímero, lo malo también. No podemos alargar o hacer más chico nada de este mundo. Cada cosa ocupa su lugar exacto, su tiempo.Negar nuestro entorno es lo mismo que arrancarnos de cuajo parte de lo que nos ha tocado ser. Las malas experiencias nos pueden hacer evolucionar para conseguir alguna cosa, poco antes, improbable. Y pudiera ser que las mejores vivencias nos convirtieran en seres mezquinos. La suma de todo es lo que nos dibuja con trazo grueso. Ser consciente de esto nos permite pulir ese dibujo basto para que lo esperado llegue. En otro tiempo, en cualquier lugar inesperado. Somos lo que queremos en la medida en que hacemos nuestras las experiencias; aparecemos cuando decidimos reflexionar sobre cada minuto malgastado. De nada sirve llenar el saco de un olvido mentiroso que rebosa miedo. Eso es el olvido fingido. Miedo. Estamos hartos de convivir con nuestros enemigos, con gente que te arrancaría la piel a tiras si pudiera, con un buen puñado de anormales a los que hay que aguantar porque tienen la posibilidad de hacer mucho daño. Sin embargo, no somos capaces de arrimarnos a nuestros fantasmas para enfrentarlos con calma, con sensatez. Siempre fue más fácil soportar a los demás que a uno mismo. Eso son los fantasmas personales. Uno mismo disfrazado de fracaso. Un payaso triste.Cualquier cosa que sucede es yo. Mis fantasmas son yo. En un lugar exacto, en un tiempo que no corre más aprisa al cerrar los ojos.Por eso escucho música a solas, leo encerrado en mi habitación o camino sin saber donde llegaré. Estar a solas me hace mirar una sombra movida por lo que soy. La mía, la que se refleja allá donde voy. Llena de manchas, de luces, de susurros.
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