Cuando tú faltes
El miedo es libre. El odio también lo es.
Si se unen en la conciencia te convierten en esclavo. Dejas de pensar en lo amable de la vida intentando que tu rival se convierta en la justificación que hará de lo tuyo algo rentable. Los errores propios los festejas con las debilidades de otros. Es así de mezquina la cosa. Pero, a la larga, el que pasa miedo eres tú, el que odia eres tú. Y de tanto justificar desapareces.
Desplazar los problemas no los hace menores ni propiedad del que no los tiene. Odias más cuanto más arrimas los tuyos a aquel que sigue sonriendo sin que le veas (sabe que te queda poco, que el miedo destroza) porque temes lo que te hace vulnerable. Mueres cada día con el terror a cuestas, el terror a ser descubierto en tu mezquindad, en tu bajeza.
La culpa siempre fue de otro. De eso te quieres convencer mientras borras con prisa el pasado que crees desaparecido para el resto (¡qué infeliz!). Y no quieres mirar para no pensar que el temor es cosa personal. Una actitud tan patética que consigue hacerte tambalear cuando sabes que, aunque pintaste a los demás con trazo imbécil, los dibujos terminaron siendo más listos que tú.
La culpa también la tienes en propiedad. Un residente incómodo. No vives porque la mala conciencia acosa desde arriba, ataca por los costados, siega debajo de tu peso. Y morirás con los ojos cansados porque dejaste pendiente la vida entera a cambio de querer destrozar la ajena. Pobre idiota. Libre en tu odio, en tu miedo. Fuerte como la mala hierba. Pero esclavo de un azar que termina cazando su presa. Siempre. No falla.
Alumnos y profesores siempre tuvieron, tienen y tendrán, una extraña relación. Las posibilidades son muchas. Van desde el odio (del genuino, del que se puede mascar) hasta el amor (también del genuino, de ese que puede acabar con todo). A mí, de todas las opciones, la que más me gusta es la que se establece desde la amistad, desde la dependencia mutua entre dos personas que saben que el uno sin el otro son algo menos. Supongo que es mi preferida por ser la más habitual y la más cómoda. Se parece mucho a la que pueden tener los amantes (me refiero a las personas que se quieren con la obligación de ocultarlo. Uno o los dos. Es igual). A veces, muchas más de lo que puede parecer, este tipo de relación es la que se produce de forma espontánea desde un primer momento (¿flechazo intelectual? Supongo que puede llamarse así). El profesor percibe una actitud y unas aptitudes en ese alumno que le convierten en una persona de especial interés. Al fin y al cabo, lo que busca es ser escuchado y, si puede ser, entendido. Sin embargo, esto no puede hacerse público. La pena impuesta a un profesor que no oculta sus preferencias suele ser terrible. Si el sujeto es, además, un buen profesional, provoca que la reacción del resto de alumnos sea especialmente virulenta. Todos desean ser los preferidos aunque no lo reconozcan jamás y eso se convierte, casi siempre, en ataques de celos incontenibles. Vaya, que los alumnos no consienten que se les trate como un “segundo plato académico”. A partir de ese momento, en cuanto se detectan esas preferencias, no hay compasión con el profesor. Se le tachará de vago, de mujeriego o de puta o de maricón o de lesbiana (depende de si se establece un vínculo profesor-alumna o profesora-alumno o profesor-alumno o profesora-alumna, respectivamente), de injusto al calificar, de malvado… Por otro lado, el alumno que se siente atraído por la altura intelectual del señor que le habla desde lo alto de una tarima (o lo que es mucho más contundente, sentado en la mesa del bar tomando un café) no puede manifestar su alegría por sentir esa atracción. La pena impuesta a los llamados “pelotas” es, del mismo modo que en el caso anterior, dura, muy dura y se le tachará inmediatamente de “pelota” (eso es suficiente en este caso. Peor calificativo es imposible). Los ataques de celos a los que me refería se descargan con mayor facilidad sobre el “pelota”. No puede suspenderte, esa es su debilidad.
Por tanto, alumnos y profesores están condenados a parecer enemigos por siempre jamás. Qué bobada. Y es eso, una bobada, porque las aulas están llenas de pelotas (todo alumno lo es potencialmente y desarrolla esa potencia a las primera de cambio) y de profesores con preferencias claramente definidas, pero nadie quiere ver y anunciar algo tan natural, tan saludable. A mí me gusta tratar a todos los que puedo como amantes. Además, me dejo querer. Otra rareza.
- Hola, ya estoy en casa. Oye, te tengo que contar. Menudo día de trabajo. Vengo hasta el moño. Además acabo de hablar con mi madre por teléfono y, nada más colgar, me ha llamado Cristina para contarme la cena de ayer. Espera que me cambio y te pongo al día.
- Júpiter, vamos a la calle.
- Será cabrón este tío. Ya se ha ido otra vez. Luego dirá que no me intereso por él.
- ¿Recuerdas el día que nos conocimos? Estabas preciosa. Nunca olvidaré tu sonrisa. Sí, estaba preciosa. Tú también lo estabas. Nunca olvidaré lo elegante que fuiste conmigo.
- ¿Quieres dejar de mirar fotos? Estas todo el día perdiendo el tiempo. Hay que pasear a Júpiter.
- Vale, vale. Por cierto, ¿recuerdas el día que nos conocimos? Estabas preciosa.
- Sí, estaba preciosa, eso seguro. Lo que no recuerdo es ese día al que te refieres. Ha pasado mucho tiempo.
- Júpiter, vamos a la calle.