ago 23 2010

Cuando tú faltes

Acabo de salvar la vida a una persona. Tenía intención de lanzarse al vacío desde un quinto piso y he conseguido que no lo hiciera. Trataré de contarlo sin utilizar adornos ni artificios literarios. Tal y como pasó. Nada más.He salvado la vida a mi vecino Cristóbal. Se jubiló hace un par de años, enviudó hace seis meses y en el sorteo que se celebró, ahora hace un mes, en la comunidad de vecinos le tocó en suerte ser presidente. Una mala racha la del pobre Cristóbal. Ha visto que estaba escribiendo en la cocina (como siempre) y ha querido aprovechar mi estado de perturbación mental transitoria para despedirse.
- Gabriel, hijo, hasta aquí hemos llegado. Me voy a tirar y que sea lo que Dios quiera. Lo ha dicho mientras se iba encaramando a un armario de cocina viejo que usa para guardar escobas y cosas así.
- Pero coño, Cristóbal, si lo tienes decidido hazlo desde la terraza que da a la calle. Acabas de arreglar el patio, hombre. Sería una pena con lo que nos ha costado. Además, está lleno de cuerdas y de coladas. Una de dos, o vas rebotando de tendedero en tendedero que impiden una caída limpia y terminas en una silla de ruedas, o los esquivas, pero acabas ensuciando las sábanas de la del cuarto y destrozando la obra que está de lo más curiosa.
- ¿Te parece que es un buen momento para bromear? Creía que me apreciabas.
- No bromeo. La caída desde la otra terraza supone una muerte segura, el batacazo tiene pinta de ser definitivo y los daños materiales los paga el ayuntamiento. No quisiera tener que cargar con una derrama ahora que llega la navidad. Y te digo esto porque te aprecio. No quiero que te quedes con cara de bobo delante de una enfermera alemana dándote cucharadas de sopita caliente mientras intentas decir algo coherente. He dicho semejante cosa mientras veía cómo Cristóbal apoyaba los pies en la barandilla y se agarraba al armario con una sola mano.
- Si quieres decir algo antes de caer hazlo ahora. Tengo papel y lápiz. Luego lo paso a limpio y se lo cuento a quien quieras.
- Sí, cuenta que esto lo hice para acabar con tanto sufrimiento. No aguanto más. Viudo, los hijos no me hacen ni caso, la cuenta del banco pelada y, encima, presidente de la comunidad. Eso no hay quien lo resista.
- Mira, Cristóbal, si tengo que escribir esto para luego contarlo mi reputación se irá al garete. Vas a dejarte caer por el balcón por la misma razón que el resto de los suicidas. No sé, podrías hacerlo por cuestiones más románticas, por un ideal que haga de la muerte algo bello, pero tener que hacer la obra otra vez por cuatro memeces no me parece buena idea. Eso no hay quien lo resista tampoco. Haz lo que quieras, pero yo me lo pensaría. Además, Arturo será el presidente cuando tú faltes. Todo tú trabajo no habrá servido de nada. Cristobal ha bajado el pie derecho hasta tocar el suelo. Me ha mirado fijamente. Yo fumaba apoyado en la pared de ladrillo visto.
- Hay que joderse, Gabriel. No me has hecho ni caso, te ha faltado venir aquí para darme un empujoncito, ha dicho al mismo tiempo que miraba en todas las direcciones buscando vecinos que observaran todo aquello. Creo que algo avergonzado.
- No te hubieras dejado caer. Quizás si tu verdadero problema fuera ser el presidente de la comunidad hubieras dado el paso, cualquiera en su sano juicio pensaría en la muerte ante ese panorama, aunque intuí que era el sustituto lo que te hacía dudar. La falta de dinero sabes que no es cierta y tus hijos no vienen porque viven a mil doscientos kilómetros de aquí. Y quieres seguir viviendo para recordar a Concha. Aún después de muerta es tu única compañía y pensar en ella te llena más que cualquier otra cosa de este mundo. Lloramos a los muertos convenciéndonos que lo hacemos por pena cuando, en realidad, lo que nos sucede es que recordamos los buenos momentos que pasamos junto a ellos. Recordamos para disfrutar. Lloramos de pura alegría. No he creído ni una palabra de lo que me ibas diciendo. No ha respondido. Sólo ha hecho un gesto para que le tirara el paquete de tabaco. Lo tiene prohibido desde que le diagnosticaron angina de pecho.
- La próxima vez que quieras suicidarte llama a la puerta, nos fumamos un par de paquetes de tabaco y no montamos este numerito.
- ¿Qué tal vas con la novela? Me ha dicho Silvia que andas dando vueltas a las cosas sin terminar de acertar.
- Esa si que va a ir por la ventana de un empujoncito. La novela, digo. Prometo avisarte el día que decida llenar tu obra con papeles garabateados.
Hemos entrado cada uno en nuestra casa. Sin despedirnos. La mala racha de Cristóbal sigue intacta, el recuerdo de su mujer (de los buenos momentos) sin novedad y mi novela corre peligro de muerte. Y ni siquiera es presidenta de la comunidad. Eso sería el colmo.


ago 22 2010

Sin vivir

El miedo es libre. El odio también lo es.
Si se unen en la conciencia te convierten en esclavo. Dejas de pensar en lo amable de la vida intentando que tu rival se convierta en la justificación que hará de lo tuyo algo rentable. Los errores propios los festejas con las debilidades de otros. Es así de mezquina la cosa. Pero, a la larga, el que pasa miedo eres tú, el que odia eres tú. Y de tanto justificar desapareces.
Desplazar los problemas no los hace menores ni propiedad del que no los tiene. Odias más cuanto más arrimas los tuyos a aquel que sigue sonriendo sin que le veas (sabe que te queda poco, que el miedo destroza) porque temes lo que te hace vulnerable. Mueres cada día con el terror a cuestas, el terror a ser descubierto en tu mezquindad, en tu bajeza.
La culpa siempre fue de otro. De eso te quieres convencer mientras borras con prisa el pasado que crees desaparecido para el resto (¡qué infeliz!). Y no quieres mirar para no pensar que el temor es cosa personal. Una actitud tan patética que consigue hacerte tambalear cuando sabes que, aunque pintaste a los demás con trazo imbécil, los dibujos terminaron siendo más listos que tú.
La culpa también la tienes en propiedad. Un residente incómodo. No vives porque la mala conciencia acosa desde arriba, ataca por los costados, siega debajo de tu peso. Y morirás con los ojos cansados porque dejaste pendiente la vida entera a cambio de querer destrozar la ajena. Pobre idiota. Libre en tu odio, en tu miedo. Fuerte como la mala hierba. Pero esclavo de un azar que termina cazando su presa. Siempre. No falla.


ago 20 2010

Amantes

Alumnos y profesores siempre tuvieron, tienen y tendrán, una extraña relación. Las posibilidades son muchas. Van desde el odio (del genuino, del que se puede mascar) hasta el amor (también del genuino, de ese que puede acabar con todo). A mí, de todas las opciones, la que más me gusta es la que se establece desde la amistad, desde la dependencia mutua entre dos personas que saben que el uno sin el otro son algo menos. Supongo que es mi preferida por ser la más habitual y la más cómoda. Se parece mucho a la que pueden tener los amantes (me refiero a las personas que se quieren con la obligación de ocultarlo. Uno o los dos. Es igual). A veces, muchas más de lo que puede parecer, este tipo de relación es la que se produce de forma espontánea desde un primer momento (¿flechazo intelectual? Supongo que puede llamarse así). El profesor percibe una actitud y unas aptitudes en ese alumno que le convierten en una persona de especial interés. Al fin y al cabo, lo que busca es ser escuchado y, si puede ser, entendido. Sin embargo, esto no puede hacerse público. La pena impuesta a un profesor que no oculta sus preferencias suele ser terrible. Si el sujeto es, además, un buen profesional, provoca que la reacción del resto de alumnos sea especialmente virulenta. Todos desean ser los preferidos aunque no lo reconozcan jamás y eso se convierte, casi siempre, en ataques de celos incontenibles. Vaya, que los alumnos no consienten que se les trate como un “segundo plato académico”. A partir de ese momento, en cuanto se detectan esas preferencias, no hay compasión con el profesor. Se le tachará de vago, de mujeriego o de puta o de maricón o de lesbiana (depende de si se establece un vínculo profesor-alumna o profesora-alumno o profesor-alumno o profesora-alumna, respectivamente), de injusto al calificar, de malvado… Por otro lado, el alumno que se siente atraído por la altura intelectual del señor que le habla desde lo alto de una tarima (o lo que es mucho más contundente, sentado en la mesa del bar tomando un café) no puede manifestar su alegría por sentir esa atracción. La pena impuesta a los llamados “pelotas” es, del mismo modo que en el caso anterior, dura, muy dura y se le tachará inmediatamente de “pelota” (eso es suficiente en este caso. Peor calificativo es imposible). Los ataques de celos a los que me refería se descargan con mayor facilidad sobre el “pelota”. No puede suspenderte, esa es su debilidad.
Por tanto, alumnos y profesores están condenados a parecer enemigos por siempre jamás. Qué bobada. Y es eso, una bobada, porque las aulas están llenas de pelotas (todo alumno lo es potencialmente y desarrolla esa potencia a las primera de cambio) y de profesores con preferencias claramente definidas, pero nadie quiere ver y anunciar algo tan natural, tan saludable. A mí me gusta tratar a todos los que puedo como amantes. Además, me dejo querer. Otra rareza.


ago 19 2010

Lógica de escape (V y final)

- Hola, ya estoy en casa. Oye, te tengo que contar. Menudo día de trabajo. Vengo hasta el moño. Además acabo de hablar con mi madre por teléfono y, nada más colgar, me ha llamado Cristina para contarme la cena de ayer. Espera que me cambio y te pongo al día.
- Júpiter, vamos a la calle.
- Será cabrón este tío. Ya se ha ido otra vez. Luego dirá que no me intereso por él.


ago 18 2010

Lógica de escape (IV)

- ¿Recuerdas el día que nos conocimos? Estabas preciosa. Nunca olvidaré tu sonrisa. Sí, estaba preciosa. Tú también lo estabas. Nunca olvidaré lo elegante que fuiste conmigo.
- ¿Quieres dejar de mirar fotos? Estas todo el día perdiendo el tiempo. Hay que pasear a Júpiter.
- Vale, vale. Por cierto, ¿recuerdas el día que nos conocimos? Estabas preciosa.
- Sí, estaba preciosa, eso seguro. Lo que no recuerdo es ese día al que te refieres. Ha pasado mucho tiempo.
- Júpiter, vamos a la calle.