sep 30 2010

Sobre las pesadillas de un escritor

- Vamos a ver. Si no guardamos silencio, aquí no se va a enterar nadie de lo que digo. ¿Ya? Muy bien. Tenemos esto a reventar. Sólo se quedarán los condenados al fuego eterno. El resto se van a reencarnar. Silencio, silencio, coño. No haber sido tan cabrones. Son las nuevas directrices. Podéis elegir de la lista que veis a mi espalda una forma de vida nueva. Como volveréis por aquí, ya veremos si se ha solucionado el asunto del espacio. Venga, voluntarios para orugas. Vaya, nadie quiere ser oruga. Voluntarios para merluza. Tampoco. Pues nada, de aquí para allá, orugas. De aquí para allá, merluzas. Y ese grupo de allí; sí, sí, los escritores; os quedáis ahí hasta que os diga.
- Joder, fijo que nos meten en una caldera especial o nos convierten en sabandijas.
- Calla, no vayamos a ponerle de mala leche.
- Venga, los escritores. Venid conmigo. Satán quiere hablar con vosotros.
- Así que estos son los escritores. Muy bien. Que levante la mano quien se haya dedicado a la novela rosa, a los best sellers y los que han ido de escritores para vivir por la cara. Tú, levanta la mano. No seas tan listo porque aquí lo sabemos todo. A estos los quiero en una mina. Y que no se mueran en menos de ochenta años. Los que quedan me los ponéis a funcionar en el polo. La tinta que no la caten. Sí, de esquimales o de focas o de lo que te salga de los huevos. No, no, a ese le dejas a solas conmigo. Adiós, queridos amigos. Espero que tengáis una vida de mierda.
- Oiga, Satán, que yo no necesito nada especial. El polo me va bien.
- No, tú te vas a dedicar a escribir otro poquito. Sesenta o setenta años. Sin ningún éxito, sin que nadie sepa quién eres. Tendrás ideas que no lograrás explicar. Aquí se castiga a los malos. Y no se me ocurre cosa peor.
- ¿No hay un hueco en el fuego eterno? No me importaría y no quiero causar molestias.
- Arrivederci, Ramírez.


sep 29 2010

El papel lleno de garabatos o de palabras

Son muchos los que saben qué significa sentarse en una mesa con un papel en blanco sobre la madera. Mirar y no saber qué decir, no tener nada en la mente que merezca la pena. Muchos. Por ejemplo, los malos estudiantes. Por ejemplo, los que intentan ser escritor sin haber leído más de dos malas novelas en su vida y ninguna buena, pero que deciden pintar la mona llenando de adjetivos y palabras enormes textos vacíos.
Lo que no sabe casi nadie es lo que significa sentarse frente a un papel en blanco y llorar sabiendo que adquieres un compromiso eterno contigo mismo, con la necesidad vital de decir lo que ya vives como inmenso y necesario, con el resto de la humanidad. No se trata de escribir (eso lo hace cualquiera y, casi siempre mal). Lo importante es querer ser escritor, algo que roza la mística y que poco tiene que ver con la publicación de la obra o la lectura masiva de lo escrito. Lo fundamental es necesitar construir, desde el lenguaje, un mundo único en el que se puedan encontrar cosas que otros hagan suyas, en el que se muestren perspectivas originales que aclaren el universo. Eso es hacer literatura. Lo otro es llenar páginas con historias que pueden ser, más o menos, divertidas aunque no aporten un solo matiz al mundo de cada lector.
Escribir es sufrir, descubrir lo más sucio que tenemos en los sótanos, traicionar a los que te rodean, saber que te terminarán odiando unos y adorando otros siempre sin razón, dejar atrás lo que fuiste.
Quizás sea por todo esto (creo en ello sin fisuras) por lo que siento una enorme conmoción al comprobar que cualquiera se cuelga la etiqueta de escritor, que cualquiera cree que eso de escribir es cosa universal. Me resulta indecente. Completamente asqueroso.


sep 28 2010

La gran diferencia

Fuimos cuatro hermanos. Quedamos tres. Y supongo que nos queremos como lo que somos. Hermanos. Sin embargo, he creído tener, a lo largo de mi vida, veinte o treinta amigos. Me quedan muchos menos. Y supongo que nos queremos como lo que somos. Amigos. Pero la gran diferencia no es el tipo de amor que se siente por unos o por otros. Lo que distingue a unos y a otros es la forma en que desaparecen de tu vida. Un hermano se tiene que morir para dejar de serlo. Y el querer no se acaba nunca. Al contrario, va a más. Un amigo puede desaparecer por cualquier cosa pequeña, por una discusión estúpida, por una deuda que uno de los dos olvida, por lo que sea. Y querer se va con él. Esa es la gran diferencia. A un hermano se le quiere antes de nacer. A un amigo, como mucho, se le echa de menos durante un tiempo.

Hoy, me he encontrado con uno de esos viejos amigos que dejaron de serlo por algo que no puedo recordar. Sé que, mientras estuvo en la cárcel, le visité cada sábado. Fue hace muchos años. Creo que estuvo ingresado en Ciudad Real. Recuerdo aquel edificio viejo, triste, opresivo. Le llevaba un cartón de tabaco y algo de dinero (lo poco que me daban a mí mis padres). Pasaron cuatro años. Al salir, aún no sé muy bien por qué, dejó de hablarme. No entendí nada y no pregunté nunca qué era lo que pasaba. Eso me encontré en el camino. Me resigné y poco más.

Hoy nos hemos encontrado. Un abrazo. Suyo. Yo ni he intentado el gesto. Me ha preguntado por mis cosas. Monosílabos. No salía otra cosa. Pero no por rencor ni nada parecido. Sencillamente, me he cruzado con un extraño parlanchín, con la dentadura destrozada (me temo que se mete lo que haga falta por las venas); alguien que me recordaba, ligeramente, a un muchacho que metió la pata hasta el fondo y al que quise mucho. Alguna vez dije que era como mi hermano. Las cosas que uno piensa cuando es joven.

Nos hemos despedido. Creo que me ha dicho algo de un préstamo. Ni he mirado atrás.

Si mi hermano me llamase desde Singapur para que le llevase algo urgente, algo de lo que dependiera su bienestar, no me lo pensaría ni un minuto. Hasta que un hermano no muere nada cambia. Muchos amigos se murieron hace muchos años. Quizás ni existieron.


sep 27 2010

La única respuesta

Cierro los ojos y me dejo llevar. Todos se han acostado ya. Me hacía falta un rato a solas. Tranquilo. Tiempo para reflexionar sobre todo lo que tengo abandonado entre tanto trabajo, tanto crío, tanta preocupación. Fumo. Las notas desordenadas sobre la mesa. Un último café. Ni sé el número que hace.

Cuando era un niño miraba a mi padre si salía a la terraza para estar a solas o si se sentaba en el sillón sin hacer otra cosa que mirar la pared de enfrente. No estaba mucho tiempo así. Esta casa estuvo tan llena de niños antes como ahora, el tiempo era escaso para hacer lo que fuese. Le miraba y, muchas veces, hubiera dado cualquier cosa por saber qué pensaba, por qué miraba de ese modo. Se llevaba la mano a la barbilla y podía escuchar el ruido que producía el roce de la piel contra la piel. Un día, no sabría decir cuándo fue, dejó de mirar la pared. Hizo un gesto para que fuera hasta donde estaba. Antes de llegar se levantó y me hizo salir a la terraza. Puso una silla a su lado. Ambos apoyamos los codos en el muro. Desde mi casa se puede ver buena parte de Madrid. Estuvimos un rato largo así. El fumaba, yo imaginaba que también lo hacía. Si apoyaba la barbilla en la mano le imitaba intentando disimular el movimiento.

- Qué pintamos aquí. Sobre eso pienso. Una pregunta que terminarás haciéndote cuando pasen unos años.

- ¿Has encontrado respuesta?

- Sí, claro. Sólo hay una y sirve para cualquiera que se haga esa pregunta. El problema es saber trazar el camino.

Estuvimos un rato más hablando de (supongo) cosas sin importancia. No las recuerdo. Y, desde ese día, le acompañaba en sus ratos a solas (ahora conmigo) en la terraza. Apenas hablábamos, pero me gustaba mucho compartir ese tiempo con él.

Poco antes de morir, cuando ya sabía (yo) que quedaba muy poco tiempo, cuando se me estaba muriendo sin que pudiera hacer el más mínimo esfuerzo por parar aquello, hizo un gesto con la mano para que me acercase a su cama. Dijo un par de cosas que sólo un padre puede decir y me preguntó si ya sabía qué coño pintaba en este mundo. No, le dije, no lo sé, papá. Aún no me lo has preguntado, contestó. Bueno, me he dedicado a imitarte. Creo que será suficiente. Y, ahora, descansa. Él sabía que ya me lo había preguntado cientos de veces y que ya tenía la contestación, la única posible y que sirve para todo el que se pregunta. Primero confundí la respuesta con los vehículos que tendría que usar para conseguir llegar a esa meta. Cuidar de mis hijos, de los que se fueran haciendo ancianos; trabajar duro, escribir, amar. Pongan todo lo que se les ocurra. Es todo la misma cosa. Viendo a mi padre muriéndose sin remedio me reafirme para siempre. Aquí estamos para ser lo que toca: personas. No mejores ni buenas personas. No. Personas a secas. Tenemos una única misión. Ser nosotros, existir, llegar a rozar lo está más allá de lo físico. Por eso mi padre murió sin quejarse una sola vez. Sabía que era eso (no morirse sino llenar de trascendencia su existencia), que estaba a punto de lograrlo.

Me hacía falta un rato a solas. Tranquilo. Tiempo para reflexionar sobre todo lo que tengo abandonado entre tanto trabajo, tanto niño, tanta preocupación. Sobre mí mismo y el camino que comencé a trazar hace tantos años mirando Madrid sobre una silla, con los brazos apoyados en un muro, imaginando que fumaba.


sep 24 2010

A correr, a correr

Me pregunto dónde guardamos nuestra vergüenza, cómo hemos llegado hasta este punto tan patético y lamentable en el que nos encontramos (los hombres y mujeres del mundo occidental).
Me produce una inmensa arcada mirar alrededor y encontrar personas que siendo infelices quieren que el resto estén tan amargados como ellos, gente que se vende por tan poca cosa en su puesto de trabajo que da asco y lástima (más de lo primero), gente que mira hacia otro lado cuando debe enfrentarse a un problema común dejando que otros lo solucionen y salir ileso. Creen ser algo más porque tienen algo más. Y son mucho menos. Aunque lo pinten de color, son grises porque lo que tienen no les hace mejores sino una sombra de lo que debe ser un ser humano.
Sé que voy derecho a pelear una batalla inútil cuando digo estas cosas. Sé que muchos se verán reflejados aquí y correrán a contarlo para que, si puede ser, me crucifiquen en el acto. Y sé que ninguno de ellos se contestará a la pregunta sobre su vergüenza. Tratarán de mantener una cosa muy pequeña que les hace sentir que son más importantes aunque, bien saben ellos, son mediocres, tristes y enanos mentales. Por eso, por eso son como son.
Me produce una inmensa arcada comprobar que nadie quiere saber de nadie. Nadie de nadie. Nadie de nada. Sólo importa la ropa que vestimos, el automóvil que lucimos como monos de feria, la capacidad de trabajo (falsa porque los que trabajamos sabemos que nos pegamos más horas pitando la mona que trabajando de verdad. Mucha comidita, mucha reunión que se dilata de forma absurda entre comentarios sobre la jornada de liga, mucha gilipollez para justificar en casa no sé qué cosa); sólo nos importa lo inmediato aunque se nos llena la boca de un discurso barato que queremos disfrazarlo con palabras gruesas. Solidaridad, profesionalidad, responsabilidad. Cosas así que han perdido su verdadero significado cuando lo ha utilizado tanta gentuza.
Me produce vértigo comprobar que la cultura se ha convertido en un vertedero, la enseñanza en las afueras del vertedero, las artes en un producto de consumo. Un salchichón es lo mismo que una ópera.
Esto es un asco.
Y, ahora, chicos y chicas, a correr. A contar, a comentar, a chivar y a parecer más gilipollas de lo que sois.
Lo peor de todo es que muchos ya estarán pensando que lo que he escrito se lo he dedicado. Eso es lo peor. Sus razones tendrán Yo estaba pensando en abstracto. Lo siento, queridos. Os queréis muy, muy poquito. Y os sentís culpables aunque queráis parecer guays. Unos ridículos. Eso es lo que sois.