sep 10 2010

Hiperrealismo

Tengo la sensación de que en la calle hay menos gente que de costumbre. Seguramente es falso.
Vivo una tranquilidad estúpida que me tengo que inventar después de hacer el más mínimo movimiento. Todo descansa en silencio, esa quietud que llega obligada porque un gesto más te lanza de bruces contra la realidad. Terror.
Estoy fumando demasiado. Comienzo a escuchar música sin que me agrade. Quizás otra cosa. Pero la mente se dispersa incluso para eso. Un café se ha quedado frío sobre la mesa. Frío. Parece un cuadro hiperrealista que hubieran dejado para recordarme mi lugar en el mundo. Si observo, nada se mueve un solo milímetro. Si me muevo todo sigue en su lugar. No hay perspectiva suficiente. Ni para pensar, ni para eludir lo que tengo enfrente.
La habitación se agranda. Mucho, casi de forma insoportable. Sentado en una silla. Justo en el centro. Las pareces blancas. Suelo y techo negros. Busco la puerta, pero no está. Cierro los ojos y me imagino en el mismo lugar. Con nitidez. No hay escape posible. Y lo sé. Ratonera blanca con tapas negras.
Me froto los ojos y me obligo a seguir. No quiero bajar a la calle de nuevo. Sospecho que estarán desiertas.
Escucho como llega un tablón que golpea el cráneo. Lo hace pedazos. Es el propio silencio que se hace hostil. Y yo lo convierto en algo tangible. Todo lo que te hace sufrir ha de tener un nombre para creer que ejerces cierto control sobre la cosa. Inventas una forma para poder medir de alguna manera algo tan gigantesco.
Una puerta se abre. Detrás no hay nada. Lo sé. Igual que sé que se trata del único camino.
Me agarro las rodillas y apoyo sobre ellas la cabeza. Una gota de sangre cae al suelo. No puede verse. El rojo sobre negro no existe. Aunque yo sé que allí está.
Seguramente es falso. Todo. Pero yo sé que está.


sep 10 2010

De Verdad

Eduardo el limpiabotas. Qué tipo tan genial.
He entrado en el bar y, al verme, se ha levantado de su banqueta de trabajo. Dando palmas. A ver, todo el mundo a sonreír que igual aparecéis en su blog y este hombre no tiene compasión. Eduardo, joder, voy a terminar por no venir nunca más. Pero bueno, don Gabriel, si ya me estaban preguntando por usted. Están deseando que les mencione en uno de sus textos.
Hemos tomado un café. Repaso a todos los presentes. Ese que ve allí, el de la cara de sapo, tiene tela para parar un carro. Pero se dedica a gastar buena parte en putas. Está hecho un asco. Yo no le he visto reír en mi vida. Aquel, el de los pantalones cortos es el dueño del edificio. Va de casa a este bar y de este bar a casa. Muy feliz, la criatura. Los del peto amarillo chillón son los de la limpieza del ayuntamiento. Como estamos de obras dicen que por ellos puede empezar a limpiar su puta madre. El del sombrero de copa es el portero del hotel que hay aquí abajo. No se lo quita nunca porque dice que le da un toque de elegancia con el que siempre soñó. Lo que es tener un trauma desde niño ¿verdad, don Gabriel?
Ya tiene carnaza para escribir sobre las miserias de las gente, me ha dicho tomando un último sorbo de su café. Sí, vidas muy interesantes. Pero me falta saber algo sobre usted, Eduardo.
Soy una mierda enorme disfrazada de felicidad. Más claro no puedo ser.
No diga eso, Eduardo. Sabe que no es cierto.
Pues soy la felicidad plena rellena de mierda. ¿Mejor?
Veo que hoy no tenemos un buen día, Eduardo.
Venga, vamos a lustrar esos zapatos. Yo no sé que coño hace para traerlos siempre hechos una pena.
Ni una palabra más hasta despedirnos. Mascullaba alguna cosa que no he alcanzado a escuchar con claridad y he fingido leer el periódico. Para cambiar de píe un pequeño toque en la pierna.
Tenga sus cinco euros, Eduardo. ¿Quiere comer en casa? No lo haría nunca, ya lo sabe. ¿Quiere que tomemos otro café? Eso esta hecho, pero paga usted porque estoy canino.
Don Gabriel, ¿Por qué habla de mí en su blog? Pues porque me parece un tío entrañable, con una gracia fuera de lo normal y representa muy bien lo que es una vida difícil convertida en algo llevadero. Le resultará difícil de creer, pero me parece un hombre admirable. De verdad. No lo soy. Yo creo que sí.
Nos hemos despedido. Un apretón de manos. Estaba a tres o cuatro metros de él cuando ha gritado. Si no fuera porque tiene usted que escribir y no tiene más personajes me iría donde nadie me encontrase. Ya es tarde, Eduardo, un personaje nunca muere, ni puede esconderse. Le he contestado sin darme la vuelta. Pues me lo podía haber dicho antes, joder. No, no, no, le he dicho moviendo la mano derecha y el dedo índice levantado. Y he pensado que los personajes se convierten en buenos amigos, íntimos. Incluso puedes hacer que sean adorables, que te quieran y estén a tu lado siempre que sea necesario. Da igual si son de carne y hueso, inventados o copiados de una revista barata.