Siendo niño, año tras año, pasaba un par de meses del verano con mi abuela Inocenta (qué faena nacer el día 28 de diciembre, ser marcado con el santoral por siempre jamás). Vivía en Toledo, en una casa baja que compartía un patio con otros vecinos. El retrete era común para todos, y el único grifo de agua corriente, y una pobreza que más tarde descubrí como miserable, fruto de los que pasaron hambre durante la guerra y se empeñaban en parecer menos de lo que eran. Muchos días, me mandaba a una tienducha para comprar un solo huevo. Me entregaba un duro (creo) y me iba corriendo para hacer el encargo. Regresaba muy despacio por si el huevo se caía. Hasta que me cansé de ser pobre y le conté que el dichoso huevo se había escurrido de entre las manos, que aún no me explicaba qué había podido pasar. Mi abuela escuchó lo que le contaba lavando algunos cacharros en el barreño de zinc, con aquel estropajo de esparto que duraba un suspiro aunque ella le alargaba la vida milagrosamente. “Algo habrá para comer, hijo. No llores”. Gasté todo en la feria. Al día siguiente, me dio un par de duros (creo) y me encargó dos huevos. “Trae uno en cada mano y si te caes procura hacerlo de espaldas. Alguno se salvará”. Durante ese verano, llegaron los dos huevos sanos y salvos. No quería provocar sospechas.
Muchos años después, (ella era muy anciana, yo andaba terminando los estudios y seguía viviendo con mis padres), mientras jugábamos una partida de naipes, me recordó aquello. Nos estuvimos riendo y me dejé ganar la partida como de costumbre. Le conté que en la NASA (cosa de marcianos para ella) hacían las cosas por duplicado, siempre. “Si falla un motor queda otro, es como llevar dos huevos con cuidado”. Dijo no entender qué tenían que ver los dos huevos y los astronautas.
Recuerdo que me puse a estudiar en la mesa camilla de su habitación, mientras ella hacía un mantelito de ganchillo. No era capaz de concentrarme. “Abuela, te sisé el duro. No compré el huevo. Te lo sisé” le dije. No me miró al contestar. “Lo sé, lo sé, a ver si te crees que, además de pobre, era tonta, pero me has dejado ganar las partidas de brisca desde que empezaste a estudiar. Echa cuentas. Es lo malo del remordimiento.”
Esa noche se cayó en el baño. Unos días después, la enterramos en Toledo.
Me temo que ayer, alguien en casa, me sisó unos céntimos. Ya puede ir preparando la baraja. Es lo malo del remordimiento.
Siendo joven cayó en mis manos un libro de Ortega. Llegó en buen momento. Andaba yo enamorado hasta la médula de una muchacha morena y ojos negros. Recuerdo unas páginas en las que hablaba de una primera escena de amor entre el hombre y la mujer. Venía a decir que los hombres primitivos cazaban, no paraban de buscar comida, llegaban a la caverna para alimentarse, cubrían a la hembra y volvían a salir junto con el resto de machos para poder seguir sobreviviendo (ahora que es tan frecuente la separación, me hace gracia pensar que lo único que está pasando es que volvemos a nuestros orígenes. Los matrimonios de nuestros abuelos cavernícolas duraban diez minutos. Más o menos lo mismo que muchos de los de hoy en día. No sé a qué viene tanto escándalo) . Una noche uno de esos hombres, después de devorar la pata de alguna fiera, cubrió a la hembra y antes de irse la miró. Ella, seguramente, esperaba esa mirada. En vez de marchar, se quedó. ¿Cómo explicaría ese hombre lo que le estaba pasando? Cuando llegó la mañana siguiente al lugar de reunión de los cazadores ¿qué dijo? Pues seguramente nada. Ni pudo, ni quiso. Tal vez danzó alrededor de una hoguera para explicarse y explicarlo. Y esto mismo es lo que nos sucede hoy a todos. Y es lo que me sucedió a mí siendo joven y estando enamorado de la muchacha morena de ojos negros. Es tan grande el sentimiento que no entra en el cuenco de la palabra. Nos vemos obligados a usar tópicos (“te quiero tanto que daría la vida por ti”, frases tan gastadas por el uso que ya no significan nada), a recurrir a la poesía de otros (de los que tomaron distancia con respecto al problema) o a quedar callados disfrutando de una sensación que es, simplemente, inexplicable.
Sin embargo, hoy quiero arriesgar, intentar descubrir una expresión que se ajuste a lo que quiero decir, aún sabiendo que soy incapaz.
Amar es descabezar un sueño mientras lees porque el pensamiento te ha podido, es embarcar en un velero pidiendo calma al dios del viento. Amar obliga a cerrar los ojos e imaginar lo que pesa junto al diafragma como entraña. Y acurrucarse estando solo para disfrutarlo, sabiendo que los tatuajes terminan desapareciendo. Dejar las cosas sin decir, acariciar el fantasma del otro por su perfección. Y acercarse para mirar con angustia sabiendo que todo es efímero.
Y es que yo amo y no sé cómo decirlo. Me aturde.
Los dedos de los pies ya no nos sirven. Se han ido atrofiando siglo tras siglo, sin remedio. A algunas palabras les pasa lo mismo. Se deshacen con lentitud, también sin remedio. Los dedos no se usan para casi nada y pierden su valor; esas palabras se utilizan más de la cuenta, las vaciamos usándolas sin ton ni son. Es el desgaste de lo cotidiano, del uso irreflexivo por parte del que las pronuncia. Suelen ser las más grandes de todas, aquellas a las que añadimos un buen puñado de usos que hacen más cómoda la comunicación, esas que utilizamos mecánicamente sumándolas adjetivos y adverbios sin reparar en lo que hacemos. Queremos decir más y decimos menos. “Te quiero mucho” será siempre menos que un simple “te quiero”. Pero es igual porque la torpeza colectiva no se castiga. Decimos y decimos sin pararnos un solo instante, escuchamos y escuchamos sin recapacitar sobre lo que nos dicen. Los jóvenes heredan esas palabras huecas y se revuelven nerviosos. Saben que poco pueden hacer con ellas. E inventan. Ellos saben que decir al perro “te quiero mucho” es casi lo mismo que decírselo a un primer amor. Por lo menos se dice con la misma naturalidad. E inventan. Tan sólo lo puede cambiar una mirada o una caricia. “Me molas” quizás esté más lleno de sentido. Para ellos, no para los que estamos acomodados entre un lenguaje falto de reflexión, carente del sentido con el que se construyó. Ni entendemos la jerga de los jóvenes, ni entendemos la necesidad que les lleva a sustituir una palabra rota por otra, ni el uso de un pantalón lleno de agujeros. No llegamos a comprender casi nada aunque cuando nos miramos en el espejo creemos ver al chaval de veinte años que hemos sido hace un instante. Y de paso, estamos dejando de entendernos entre los adultos porque las que usamos, hace algún tiempo, significaban mucho y, ahora, se deshacen entre adornos que convierten las palabras en baratijas. Y es que no sabemos ni lo que decimos.
Lo primero que hago cuando conozco a alguien es observar sus movimientos, la expresión de la cara al decir esto o aquello; intento ver un poco más allá de lo que muestra. Y lo hago buscando una palabra que represente lo que voy viendo.
He conocido personas que a los pocos minutos eran un ajedrez, la maternidad, una escalera de caracol o el océano. Si alguna vez pensé en una acuarela la persona que tenía enfrente supongo que era de carácter suave, mostraba la tranquilidad de un mar pintado con cuidado, sería una persona que no enseñara los límites, que me dejara instalarme en la cercanía de un gesto sincero, auténtico. Acuarela es una palabra que me gusta especialmente desde niño. Creo que he buscado acuarelas desde antes de nacer. Me hubiera encantado ser una que representara una tormenta de verano.
Miro mi reflejo en el vidrio de la ventana. Nunca he imaginado la palabra que me corresponde. Pienso mientras fumo. Tomo notas en el papel cuadriculado. La intuición no sirve. Hay que pensar, despacio. Escribo una, dos, hasta tres que pudieran ser. No terminan de encajar. ¿Qué represento? ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? Pienso.
Intuición. Un poco más allá. La parte de atrás de las cosas. Saber que el peligro acecha detrás de eso que veo. El olor de los colores. Luces y sombras. Imaginar es vivir. Hombres que caminan con el ritmo de mi pensamiento. Nada está donde debería. La forma de las ideas. Intuición. Intuición. Ver. Más allá. Mirada. Mi vida reposa en mi mirada. Todo es una obra de arte. Todo se puede convertir. Mirada.
Y enciendo otro cigarro. Esta vez sonriendo. Ya sé. Por fin tengo mi propia palabra.
Hoy he comido solo. Asomé la cabeza en un par de sitios que me parecieron enjambres. He visto una pequeña tienda de ultramarinos, de las de toda la vida, de esas en las que se respira un aire cálido y húmedo, en las que huele a legumbre vieja. Todo en esos sitios es viejo. Compré un paquete de galletas. También de las de siempre.
Comer sentado en un banco. No recuerdo los años que han pasado desde la última vez. Seguramente era estudiante y comía cualquier cosa en la calle para sisar unos duros de lo que me daban mis padres. Entonces lo hacía en compañía. Éramos ejército de pobres estudiantes.
Hoy, sin embargo, he comido solo.
Mientras mordisqueaba las galletas leía un libro de poemas. René Char. Si estar sentado en medio de una calle de Madrid, con el traje azul marino recién sacado del tinte y los zapatos limpios como la patena, te hace sentir extraño, leer poesía al mismo tiempo, te convierte en figura de mármol caro.
En un restaurante, comer solo es triste. Siempre me lo pareció. Hacerlo en la calle y aprovechar para leer un rato es estupendo.
Me dieron ganas de quitarme la chaqueta y los zapatos, tumbarme y cruzar las piernas a la altura de los tobillos. Sólo me quité el abrigo.
Mucho frío.
Y me he sorprendido suspirando. Poco antes había dejado el libro sobre el banco y había apoyado bien la espalda contra el respaldo de madera. Suspirar. “Y cada suspiro / un remanso / del grito” . Eso es lo que García Lorca decía.
¿Qué grito reposa en los míos? Eso es lo que no dejo de pensar mientras escribo. Quizás tan sólo sea el remanso de la imagen de los restaurantes que no me han gustado y no he convertido en grito de angustia, de la gente apretada para poder comer rápido que han quedado grabados como si fueran una piara, remanso de lo bien que me encuentro sentado bajo un sol que acalora más de la cuenta y que tampoco puedo verbalizar porque no quiero que exista nadie más que yo. Quizás sea eso. Quizás sea otra cosa que de momento no quiero saber.
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