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Cincuenta años son muy largos para vivir. Insignificantes para tener que morir. Durante cincuenta años puede pasar cualquier cosa. Te alcanza lo mejor, lo prescindible, lo impensable, terremotos emocionales, la tranquilidad del sueño conseguido y, sobre todo, te alcanzas a ti mismo.
Antes corrías detrás del niño inquieto, del joven inmortal que tantas dudas mostró hasta aprender, de un adulto que debía cercar el futuro sin dejar huecos peligrosos. Antes corrías, pero ahora te esperas, ves cómo llegas con más de la mitad del trabajo ya hecho. Esperas tranquilo. Tal vez quede lo peor o lo más extravagante; quizás un éxito nunca deseado. Tal vez. Pero esperas, aguardas tranquilo. Y sea lo que sea que tenga que suceder será recibido con el ánimo suficiente.
Cumplo cincuenta años sin querer mirar a otro lugar que no sea lo queda, porque eso es eterno. La familia, las ausencias, los buenos amigos. Y mis cosas más íntimas. Lo pasado ya es poso que se arrastra sin remedio, que moldea hasta el último átomo. Aunque eso no debe pensarse; debe vivirse y con tanta intensidad como sea posible. Porque vivir es haber estado, haber sido, haber fallado o haber arañado unos minutos de felicidad a la realidad más hostil.
Cumplo cincuenta años sin gastar un solo instante en pensar lo que pudo ser. Prefiero seguir arrimado a lo que sí tengo.
Cumplo cincuenta años con alegría al mismo tiempo que celebro no cumplirlos. Un año más, falta un veintinueve para vivir la fiesta mudada de lugar.
Cincuenta años y los proyectos que siguen llegando, y las ganas de cambiar el mundo intactas; y la felicidad por seguir ayudando a los pequeños cada mañana con la ropa y la que se busca tratando de encontrar a los mayores donde toca. Compartiendo con ella la mitad del tiempo; tiempo que habrá que multiplicar por dos para tumbarnos frente al mar.
Cumplo cincuenta años sin renunciar a nada. Cumplo cincuenta años siendo yo.


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