7.15 A.M.

Logro relajar los músculos. Por primera vez durante el día.
Escucho un disco de Oscar Peterson. Y eso ayuda.
Desde las siete y cuarto de la mañana en movimiento. Carreras de un sitio a otro. Cruzar Madrid de punta a punta un par de veces. Niños en brazos. Dos partidos de fútbol. Dos derrotas. Enfados. Baños, cenas.
Ahora, con un cigarro encendido entre los dedos, a medio fumar, logro relajar los músculos. Los que están cercanos al cuello se resisten. Cierro los ojos pensando en la siguiente frase, en lo que quiero decir exactamente.
Ya duele menos porque el cansancio disimula la tensión.
Las ideas se van alborotando. Como los niños que quieren ser los primeros en salir a jugar.
Podría dormirme, pero quiero buscar un poema de Octavio Paz.
Recuerdo un par de versos. Sólo dos. Lo mucho que me permito desde siempre.
“Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
como la espalda del río a la luz del incendio.”
La pasión por vivir, por una letra, por un cuerpo, por ti mismo. Por lo que piensas. Eso salva y permite seguir adelante. Si puedo mirar así, como el poeta, las siete y cuarto de la mañana es la hora que marca cada minuto. El despertar continuo. Mirar un mundo nuevo siempre. Por descubrir. Para descubrirme.
La fatiga derramada desde los hombros. Otro cigarro esperando el sonido de la corneta. A las siete y cuarto en la puerta amarilla con Guzmán moviendo su manita. Hasta que duela ese músculo que se agrieta para que pueda pensar en mí.


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