A cal y canto

El ser humano termina convertido en un recipiente lleno de recuerdos, de personas, de amores y conflictos. Un recipiente cerrado con cuidado, un recipiente que no se abre porque sabemos que las cosas han cambiado, porque lo que está guardado no cuadraría con nada, porque son inservibles, vergonzosas o tan extraordinarias que podrían arrasar con el presente.
Nos movemos arrastrando una carga secreta que nos obliga a caminar de una forma u otra. El que nos ve no sabe que ese gesto es un amasijo del pasado (prefiere no saber), un grito sordo pidiendo que el futuro se parezca a lo que fue o se aleje miedoso del desastre conocido.
Pero en esa carga tan íntima también están las ilusiones intactas que, tal vez, vuelvan a estar de moda o permitidas un poco después; la conversación pendiente, esa carrera que no dimos para atrapar qué sé yo; todo lo que somos en negativo, en el negativo de un retrato que ofrecemos como si fuera real.
Mantener cerrada la puerta es prudente. Lo que se encuentra en el interior reposa allí por algo. Cada uno sabrá la razón. Abrir, dejar que puedan ver, entraña un riesgo enorme. De pronto, eres tú. Y los demás dejan de reconocerte.
Somos un recipiente opaco. Guardar la llave en lugar seguro o no hacerlo forma parte del juego, del riesgo que uno quiera correr.
Negativo o positivo de un solo retrato. El juego de vivir.


4 Respuestas en “A cal y canto”