A puñados

Acabo de mantener el primer cambio de impresiones con la pequeña Gimena. He intentado explicarle algunas cosas (que las palomitas de maíz no se comen de una en una, ni los panchitos; que le espera una vida tan larga como difícil; que la música que escuchábamos era una maravilla y mezclaba una cosa que se llama jazz y otra que se llama flamenco, que el mundo está lleno de mestizajes enriquecedores; que estamos condenados a querernos; le he intentado explicar lo que le queda por delante). Ella se ha limitado a sonreír hasta que le ha vencido el sueño. Es lo que más envidio de los niños. Ni les va ni les viene nada de lo que ocurre.Guzmán, viendo que lo suyo corre peligro ha demandado una charla antes de dormir. Hemos repasado el día en la guardería. Una pelea entre Víctor y Lucía; canciones que ha repetido para que las pudiera escuchar su padre y el relato de su exhibición comiendo todo, todo, todo. A este no le he tenido que explicar lo de las palomitas. Pelear por ellas con sus hermanos ha sido más que suficiente para que se enterase. El joven Guzmán se está haciendo mayor antes de tiempo. Pobre.He regresado cansado. Muchas horas de carretera. He parado un par de veces para repostar. Sólo un par de veces. Mucho trabajo en casa como para perder el tiempo tomando café en un bar de carretera.Tantos kilómetros dan mucho de sí. Preguntas que se van contestando para hacer un hueco a las siguientes. Qué razón lleva a alguien a pagar para que le enseñen a escribir como le dé la gana. Por qué se confunde ser culto con haber leído media docena de libros y contarlos con gracia a otros que no han leído ni media docena de tebeos. Por qué esos mismos sujetos se empeñan en escribir frases que no entienden ni ellos para que parezca que su pensamiento es profundo. Cómo se puede ser tan imbécil y sentirse orgulloso de ello.Hace algún tiempo escribí un artículo sobre la novela “Miss Lonelyhearts”. Se publicó en una revista dedicada a la crítica literaria. Pasados unos días, el que era coordinador de la publicación me dijo que era una pena, que el artículo decía cosas muy interesantes, que la lectura que hacía de la obra era valiente y esclarecedora, pero que el artículo se entendía perfectamente. Por supuesto, ni le contesté. Es una de las gilipolleces más grandes que he tenido que soportar. Me limité a sonreír. Como la pequeña Gimena.Los kilómetros se alargan. Sobre todo en el viaje de regreso. Entre los discos que llevaba en el coche estaba el de Niño Josele, su último trabajo. Nadie debería dejar de escuchar algo así. Algo de Art Tatum, el último disco que he podido comprar de Miles Davis, la ópera Turandot de Puccini y un par de trabajos de Enrique Morente. Y mientras sonaban, uno tras otro, las respuestas llegaban a trompicones, en desorden aunque, finalmente, iban quedando en su sitio.Nunca he querido ser lo que muchos entienden por intelectual. Ni ha sido mi deseo ni me he acercado a ello sin ser consciente. Jamás he presumido de serlo. Nunca lo haré porque me parece que es cosa seria y al alcance de muy pocos. Me sentiría ridículo. No podría sentirme orgulloso haciendo el idiota de esa manera, intentando parecerlo al son de artículos rebuscados e imposibles de entender.Las palomitas se deben comer a puñaditos. Y los panchitos también. Y se dice así, sin más adornos. A veces conviene expresar la idea como si nos estuviéramos refiriendo a un niño, para que todos sepan lo que se les dice, para que puedan pensar lo que les dé la gana aunque se queden en la superficie o para que puedan sonreír (como un bebé) y dejar claro que eso ni les va ni les viene. Por muy listo que quiera parecer el que lo dice. No se debe confundir un buen uso del lenguaje con la construcción de frases imposibles. Ni la cultura con la lectura. Ni hacer lo que uno quiere con lo que es necesario hacer para hacerlo bien.Mañana viajo de nuevo. Pronto, de madrugada. Y no me detendré para tomar café en un bar de carretera. Ni al ir ni al volver. Conducir pensando al mismo tiempo agota y cuanto antes llegue a casa mejor. Aquí hay mucho que hacer.


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