Abierto por descanso del personal

Han sido unas horas. Ya han ordenado por mí esa realidad que se dibuja, siempre, con el trazo que corresponde a un estado de ánimo determinado. No es que ese orden buscado sea el que más me apetezca, pero es el que hay. Toca acomodarse para, de nuevo, saber el número de fila y butaca que te han dejado libre. Supongo que será una cuestión de paciencia el poder adaptarse a la nueva situación. Las alegrías y las catástrofes se resuelven con el paso del tiempo.
Por el camino tuve que abandonar un buen montón de cosas. La inocencia. Eso es lo que más duele. Que envidia me dan esos adolescentes que aún la conservan y que la llevan bien pegada a la espalda. Quizás sea eso por lo que no les llegamos a entender los adultos. Por puro resquemor, esgrimiendo eso de prepararles para lo que les viene encima, procurando protegerles de lo que nos pasó a nosotros. La perdimos y sabemos lo que cuesta recuperarse de eso. Perdí la inocencia respecto al mundo hace muchos años, demasiado pronto. Perdí un puñado de seres queridos. Un dolor que amarga un poco más cada día que pasa. Acabo de perder otro. Perdí buena parte de mis creencias religiosas. Ahora, sin ellas, sé que cuelgo de algo efímero, inestable y frágil. Cuando me suelte no habrá remedio. Perdí un tiempo precioso que, ahora, por más que corra no alcanzo a recuperar. Y, hoy, lo que creía que era eterno y fundamental salta hecho añicos.
Me encuentro en mitad de la nada. Y tengo la certeza de que cualquier camino es el equivocado.
Lo más lejos que quiero llegar es a plantearme qué cenaré esta noche. El horizonte se convierte en la línea que separa la vida de la muerte, el presente del futuro, el poder continuar o dejar que te arrastren hasta donde otros quieren. Es la línea que tienes tocando la puntera de los zapatos. Pegada. Un paso en falso siempre se paga caro.
Me imagino en el centro de un espacio enorme, acuclillado, mirando al frente mientras jugueteo con la estilográfica entre las manos. Pensando en todo y sin pararme en nada al mismo tiempo, aturdido. Esperando que llegue el momento en que el dolor se soporte, que la mirada llegue más allá de mí mismo.
Es tiempo para asumir mientras decides si tomar un tostada con queso, un café con galletas o un plato de arroz. Porque un centímetro más allá me volvería a perder.
Atrás queda el proyecto de una vida entera. Buena parte de lo que fui, de lo que quise ser. Atrás quedo yo. Inocente, lleno de ilusiones y de arrojo frente a las situaciones más desesperadas, un yo que llegó a pensar que todo se podía solucionar porque creía en sí mismo.
Ahora, en cuclillas, mirando al frente mientras jugueteo con la estilográfica, en mitad de ninguna parte, pienso si queda algo que merezca la pena para poder continuar. Miro ansioso sabiendo que en algún lugar está la solución, que esta lo que queda de mí. Esperando. Sabiendo que nada tiene final mientras quieras. Mientras tengas fuerzas para continuar.


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