Acaba el año

Acaba el año. Y siempre que acaba algo tendemos a mirar hacia atrás, hacia delante.
Cosas prometidas todavía sin poder cumplir. Alguien que se quedó a mitad de camino. Decepciones, alegría, satisfacciones, rencor. Y lo peor: todo aquello que ya pasó y se añora.
Un futuro incierto. Algo de vértigo. Menos tiempo que antes; ahora queda mucho menos. Proyectos que siempre estuvieron. El dibujo de un yo deseado en constante evolución y, por ello, imposible de agarrar.
Pero hoy es día 31 de diciembre. Y mañana está muy lejos. Con mi edad sientes cómo cada jornada está retirada del hoy. Lo que antes fueron millones de planes se ha convertido en un intento de reposo selectivo. Lo que deba ser que sea. Sólo se debe pensar en lo posible. El resto es cosa de mis hijos. De los jóvenes.
Hoy es día 31 de diciembre. El día indicado. Ese en el que los repasos son cosa obligada.
Dos mil once ha sido un año extraño. Es posible que hayan sido los doce meses, de los últimos veinte o treinta años, en los que más cosas pudieron ocurrir. Los doce meses en los que más y mejores promesas se han hecho muchos. Y los doce meses en los que menos ha ocurrido. De la esperanza social al aquí no puede pasar nada. De la crisis a la crisis; a la maldita crisis siempre. De un lugar concreto al de al lado para regresar al origen. Pudo ser un gran año para las personas comprometidas, para las nuevas ideas, para la frescura de la juventud. Pero no hubo suerte. El sistema es tan poderoso que hace callar, incluso, cuando permite que se diga.
Dos mil once ha sido extraño, sobre todo, porque acaba y seguimos en el mismo lugar en el que estábamos. No somos capaces de encontrar un futuro. Miremos donde miremos.
Pero también se ha hecho raro vivir estos meses porque hemos comprobado, otra vez, que el nivel de aguante del ser humano es, siempre, superior al esperado. Soportamos lo que nos echan. Millones de personas estaban exhaustas al comenzar el mes de enero. Siguen aguantando cuando parecía imposible.
Un año extraño. Hemos aprendido que existen palabras y expresiones con las que se manejan unos pocos que representan nuestro futuro. Las palabras. Ellos representan nuestra esclavitud. Prima de riesgo, mercados, recesión. Nadie sabe (ni los que las pronuncian con tanta naturalidad) lo que significan con exactitud. Pero nos hemos rendido ante su cetro como lo hacen algunos frente a los fantasmas que les atemorizan. Sabiendo que los fantasmas no existen. Nadie sabe por qué, pero el dios económico se ha convertido en el referente espiritual de casi todos. Hasta en el espíritu llevamos lo material como lastre.
La mayor de las extrañezas, sin embargo, llega de la actitud de toda la civilización que mira, sin inmutarse, su propia decadencia, se destrucción. Imposible hacerlo peor y mantener tanta calma.
Comenzamos el año igual que terminamos el anterior. El mundo patas arriba y nosotros mirando el espectáculo como si nada. Como si estuviéramos viendo un documental que no fuera con nuestra realidad.
En cualquier caso, les deseo a todos un año excelente. Lleno de nuevas ideas, de pensamiento tranquilo y sereno, de progresos sociales, de oportunidades ciertas para el mundo entero, de movimientos sociales que hagan reflexionar a los que creen que todo gira alrededor de lo material, de palabras nuevas que entendamos y que sumen esperanza. Un año lleno de alegrías en forma de futuro.
Mis mejores ojalás para todos ustedes.


1 Respuesta en “Acaba el año”

  • Loreto ha escrito:

    Habrá que poner empeño en que los ojalás se conviertan en realidades. Mis mejores deseos también para ti, Ramírez. Abrazo fuertísimo.