Adioses

Apoyó el hombro sobre el tronco del plátano de sombra a la vez que cruzaba la parte baja de las piernas. El pie derecho reposando sobre la puntera, las manos en los bolsillos y el cuello de la gabardina subido. Sabía que tendría que esperar unos minutos. Ella era de las que pensaban que un retraso hace mucho más femenina a una mujer. Las primeras gotas empezaban a caer aunque debajo del árbol el suelo se mantenía seco.
Dos años. Ni un solo beso. Ni una caricia. Sólo su cuerpo contoneándose frente a él, con música de fondo que marcaba el ritmo de una masturbación eterna, que hacía que se estirara gimiendo y pidiendo a gritos que alguien le penetrara con rabia. Dos años. Ni un solo beso. Ni una caricia. Sintió la erección y con la mano derecha se acarició el pene.
Llegó a la hora en punto más treinta minutos. Jersey de cuello vuelto, falda por debajo de las rodillas, botas de piel marrón, el bolso haciendo juego. Perfecta. Caminaron hasta el hotel.
Antes de abrir la puerta de la habitación cuatrocientos cuatro. Bésame. Ella mira con extrañeza al hombre que mantiene el cuello de su gabardina subido. No, el trato es que nada de tocarnos. Si entramos en esta habitación lo haré, intentaré cualquier cosa. Pues, entonces, no entremos. No dejaría que me pusieras una mano encima nunca jamás. Eso sería jugar a ser marido y mujer. Es lo que somos, dijo él abriendo la puerta y haciendo un gesto con la cabeza para que entrara. He dicho que no. Si quieres follar lo puedes hacer esta noche en casa. Aquí me sentiría como una puta.
Caminaron hasta el lugar en el que se habían encontrado. Ella parecía irritada. Él paró debajo del plátano de sombra y vio como se alejaba la mujer de su vida. Eso pensó.


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