Agarrando cabos

Cuando alguien dice que se siente joven, que el secreto está en esta (lo dice apuntando con su dedo índice a la sien derecha), lo dice creyendo mantener intactas algunas apetencias, todo lo que convirtió en ideología, un ímpetu al realizar que dejó de ponerse a prueba un siglo antes y una vitalidad más bien enana disfrazada de estúpido heroísmo ante la vida.
Nos vamos haciendo mayores (incluso los jóvenes se hacen mayores) sin querer soltar el cabo que nos une a lo que más nos divirtió y nos hicieron felices. Sabemos que muchas cosas no volverán a ocurrir salvo que destrocemos lo que entendemos como vida. Es algo así como tener prohibidas algunas cosas de por vida.
Un ejemplo. Hombre llega a casa y encuentra a su mujer a punto de palmar después de tanta plancha, tanto sacar brillo a la plata y tanta cena después de un día horrible en el trabajo (en el de la señora, digo). Lo más parecido a una noche de homenaje con tu señora es una representación de la Pasión según San Mateo. Bueno, no pasa nada, yo también estoy cansado, piensa él. A ver si este pesado ni se acerca, piensa ella. Él mira su paquete de tabaco. Un cigarro. Sólo. Voy a comprar, dice. Pues vale, le contesta. En la barra del bar hay una señorita apoyada. Le mira y le dice que no le importaría darse un revolcón con él. Al tipo se le ilumina la mirada, el mundo florece, Dios existe. Noche de pasión. Es decir, no es que la pasión esté desaparecida de nuestras vidas. Lo que falta es querer o poder ser apasionado. A eso nos referimos cuando decimos ser los mismos que diez o veinte o treinta años antes. El ejemplo se puede trasladar a cualquier ámbito si le echamos un poco de imaginación.
Digo todo esto por varias razones. Una es porque me da la gana. Otra porque me apetecía escribir sin tener que corregir y sin meterme en profundidades Y, por último, porque creo que es verdad.


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