Al compás

Salgo de casa. Debería hacer más calor.
La madera de los columpios rezuma agua de lluvia. Un par de niños juguetean alrededor del tobogán. La mujer que cuida de ellos camina en línea recta. Llega hasta el borde del suelo empedrado. No pisa la arena mojada. Vuelve sobre sus pasos. Otro borde. Vuelta a empezar. Habla por teléfono. A punto de llorar. Los críos se tiran bolas de arena mimetizándose con el parque.
El aire es frío. Caen algunas gotas que resistían sobre las hojas de un plátano de sombra. Oigo mis pisadas. La tierra rechina en las plantas.
Un muchacho cede su cazadora a la chica. Le agarra por el hombro y caminan. Ella apoya la cabeza en el hombro y cruza los brazos sobre el pecho. Son más lentos que yo. Al superarles llego a escuchar una frase. Tienes que comprenderlo, esto no puede funcionar. Acelero el paso.
Las nubes parecen resquebrajarse. Algunas hojas comienzan a caer. Debería hacer más calor y las hojas deberían estar en su sitio.
Escucho mi nombre. Es mi mujer. Hace un gesto con la mano para que pare. Me besa. Abre el bolso y saca un pequeño paraguas. Me lo entrega para que lo abra. Comenzamos a caminar. He pensado que te ibas a empapar, dice. ¿Dónde has dejado a los niños? Bajo techo, tranquilo. Enciende un cigarro. La lluvia arrecia.
Debería hacer más calor, susurra. ¿Por qué dices eso? Tira de mí ligeramente que casi he dejado de andar. Porque si no estás atento y el mundo cambia su ritmo puedes perder el paso. Asiento con la cabeza. Pensaré sobre ello, digo. Lo sé, contesta.


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