Álbum

Miro un álbum familiar. Fotografías de muchos años, de muchas personas, de objetos toscos que no han cambiado ni un milímetro. Las personas sí. A medida que paso las páginas, aparecen las arrugas, nuevos colores del pelo, caras nuevas, futuros ya cumplidos y otros que quedaron en la cuneta. A medida que paso las páginas, las faldas envejecen, casi ridículas, peleando por su momento de gloria que, otra vez, regresa veinte páginas más adelante. Aunque las personas ya las lucen con cierto grado de decadencia personal. A medida que paso las páginas, descubro que las fotografías que acogen los recuerdos son muy malas. Cualquiera podría decir que la imagen la cazo un niño jugando a ser reportero fracasado. Sin embargo, esas imágenes esconden una grandeza insoportable. Fuera de campo está el niño, el joven entusiasmado por llegar a la edad adulta, los fracasos, pequeños éxitos que renquean haciendo un ruido cercano a la levedad. Fuera de campo, lejos de lo que no se mueve, aparecen los que no están ya. Siempre cansados de advertir su presencia en el detalle. Fuera de campo está la realidad que creí escapando para siempre, pero que, tan sólo, juega martirizando la tranquilidad que ofrece un futuro incierto.
Cuanto más arrugadas las esquinas más hay que buscar. Cuanto menos brillante el color más emoción rodea lo que tiene un foco propio e inalcanzable. Salvo con la imaginación o un resplandor anaranjado que dejó el dedo al pulsar sin saber lo que se proponía.


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