Algo ajeno

En la vida todo tiene un porqué. Eso lo sabe cualquiera. Encontrar las razones por las que pasa esto o aquello es lo difícil. Generalmente las tenemos delante de nuestras propias narices y no somos capaces de percibirlas. Por no querer, por miedo o por torpeza.
Aún me pregunto por qué me dejó de hablar aquel tipo. Me lo he preguntado muchas veces y me he encontrado con razones tan estúpidas que he preferido no creer en ellas. Se han ido sumando algunas más. Las que llegan de fuera, las que no hubiera conocido nunca sin que me las hubiera comentado un tercero. Si ordenara un poco la información seguro que terminaría topando con esa última razón que todo lo explica, pero prefiero seguir pensando que no existe ninguna que lo justifique. Y lo prefiero porque soy de los que piensa que el tiempo lo ordena todo. Me dicen que le va bien, que pregunta alguna vez por mí, que no guarda rencor a nadie. A mí también me va muy bien, nunca pregunto por él y sigo pensando que es mejor no darle la mano para ir dos metros más allá. Me parece indecente adornar ese tipo de cosas. La persona que no es capaz de mirar a la cara para solucionar un problema me sobra. Si el tiempo lo quiere me colocará en otro lugar. Y a él.
Muchos son los que han ido quedando en el camino. De algunos no recuerdo ni siquiera el nombre. De otros prefiero no recordar nada. Y todos llevan pegados un porqué. Supongo que también yo tendré una buena cantidad de ellos repartidos por el pasado. Preguntas sin resolver, sin solución o sin formular. El recuerdo que queremos ocultar con un presente que sí podemos ir adornando para que lo que queda parezca otra cosa.
Está lloviendo. Una pequeña tormenta. La ventana entreabierta. Saldrá el sol en cualquier momento y el suelo brillará durante un rato. Suena ”A sleepin´ bee”.
Por algo será.


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