Amistad a la japonesa

Eduardo el limpiabotas se ha declarado en huelga. Eso dice. Huelga a la japonesa. Ha descubierto que si lustra los calzos por la cara a todo el que está cerca obtiene unas ganancias muy superiores a las normales. Mientras tomábamos un café, ha confesado que gasta menos crema y menos energía que habitualmente, que esto de la huelga es una campaña de marketing directo y que ya no sabe qué hacer para no acabar debajo del puente de Praga durmiendo.
– Tiene usted mala cara, don Gabriel.
– Es que vengo de votar.
– A quién se le ocurre.
Es verdad que lo he hecho con desgana, sabiendo que de poco sirve y traicionando mi forma de ver las cosas. No se me ocurre una sola razón por la que creer en lo que dicen estos políticos. Y soy muy generoso al pensar que tienen alguna idea cercana a la ideología del tipo que sea. Es más verborrea y frase hecha que otra cosa.
– Le veo contento.
– Pues no lo estoy, querido Eduardo.
– Era una ironía.
– Y lo muy un chiste horrible.
Eduardo ha pedido un par de copas. Anís. No bebo, Eduardo. Hoy sí, don Gabriel. Hemos brindado por el voto en blanco. Antes del segundo trago, por Claudia Cardinale (Eduardo dice ser el primer admirador de esta dama). Y, para matar las copas, lo hemos hecho por los que piensan que somos un par de gilipollas, porque así tenemos algo de presencia en el mundo. Antes de seguir diré que juro solemnemente que los brindis fueron cosa de Eduardo (era la, según él, quinta copa que se metía entre pecho y espalda). Aunque me han parecido acertados a más no poder excepto en el caso de la señora Cardinale puesto que yo hubiera preferido a la señora Hepburn.
Nos hemos despedido como de costumbre. Es algo que nunca he contado hasta ahora. Él dice: Suerte, mi buen amigo. Yo contesto: Que Dios le bendiga, Eduardo. Y contesta: El día que venga a que le lustre los zapatos creeré que existe. Siempre lo hacemos del mismo modo. Es un rito como otro cualquiera con el que se dice a un amigo “hasta pronto”.
He caminado por la calle serrano (destruida por completo gracias a las obras) hasta llegar al Retiro. Y, por supuesto, he recorrido la feria del libro de principio a fin. No he comprado un solo libro. La lista de espera es tan abrumadora que tengo prometido no gastar un euro más hasta que acabe con ella.
Antes de llegar a casa he entrado en un bar. He pedido una cerveza (otra copa de anís hubiera sido mortal). Ha sonado el teléfono. Llamaba Eduardo, el mejor limpiabotas de Madrid. Don Gabriel, que cojones, ¿tiene algo a mano para poder brindar? Sí, curiosamente me estaba tomando una cerveza. Joder, luego dice que no bebe. Pues nada, eleve esa cerveza. Brindemos por nosotros, coño. Y ya que Dios no viene a vernos ni a la de tres, que sea la fortuna la que nos acompañe lo que nos queda de vida. Y cambie la cara, hombre, que me tiene usted preocupado, que soy yo el que va a dormir bajo el puente de Praga un día de estos. Chin, chin, Eduardo, chin, chin.


Comentarios cerrados.