Amistad

Mi buen amigo Paco es un increíble charlatán. Dice que más, mucho más, que yo. No sabe que eso es del todo imposible. Hablamos de lo divino, de lo humano, de lo superficial y de lo profundo. Siempre hablamos. Una manzanilla y un café cortado es lo único necesario para charlar de lo que toque. Además hacemos negocios. Libros, pólizas de seguro o lo que se nos antoje. Mantenemos una distancia prudente que, con el tiempo, va reduciéndose. Descubrimos que tenemos más en común de lo que podríamos haber pensado. Y es que nos pasamos la vida hablando. Ambos sabemos lo que es, lo que supone, una mente arrasada. Ambos sabemos que cuando se tira una cerilla en el bosque siempre se quema. Si el que la tira se arrepiente y dice que sólo quería hacer una fogata está jodido. Porque el bosque se ha quemado. Hemos aprendido, y así nos lo decimos, que haber aprendido según que cosas es sencillamente el horror. Porque aunque quieras no se puede olvidar. Y que con nuestras edades (presume de sacarme ocho años y yo de ser ocho años más joven) nos sabemos el libreto. Hablamos, hablamos y hablamos.

Supongo que por tanto hablar se nos escapan cosas. Por ejemplo: somos capaces de pedirnos ayuda el uno al otro. Lo mejor es que no dudamos y nos ponemos manos a la obra. Claro, como hablamos tanto, sabemos qué es lo que hay que hacer o decir.

Este es mi buen amigo Paco. Un tío cercano, noble y sencillo.

También tengo una buena amiga en Cartagena. Esta no dice. Suele callar. Sin saber porqué (cuando más falta hace) me envía un email en el que no dice apenas nada. Suele adjuntar algún fichero para que pueda leerlo. Deja que reflexione con tranquilidad. Aparece y desaparece con facilidad. Y con tino. No hace falta que le pida ayuda. Sin saber cómo me la presta en el momento justo. Como ella misma dice, ha madurado mucho. Siempre se agradece tener ese tipo de apoyos. Los que son invisibles sujetan del mismo modo. Además, causan gran sorpresa. Alegra saber que están.

Esta es mi buena amiga invisible. Discreta, prudente y oportuna.

Ana, otra de mis mejores amigas, me llamó el día que perdió a su pequeño. Lloró, dejé que dijera mientras escuchaba sin pronunciar una sola palabra. Más tarde supe que fui al primero que se lo dijo. De vez en cuando hablamos. Me regaña mucho y me hace reír. Afirma conocerme como si me hubiera parido. Y yo también. Siempre está donde la necesito.

Ana es así. Pone en orden la casa aunque sea la de los demás con paciencia, con espíritu maternal, con generosidad. Y si tiene que dar una bofetada pues la da. Sin mala leche, pero la da.

Quizás la suma de todos sea la amistad perfecta. No lo sé. Y me da igual. Están. Siempre están donde les pido. Donde les necesito. Sin sumas restas o multiplicaciones. Porque pedir cuentas o hacerlas sin avisar es lo único que convierte una amistad en algo estúpido.


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