Amistades peligrosas (I)

– Siento lo que hice. De verdad.
– No le des una importancia que no tiene. Olvida el asunto. Cuando te conocí supe que esto pasaría tarde o temprano.
– ¿Cómo puedes decir eso? Los amigos no se traicionan.
– Los amigos son de carne y hueso. Si quisiera amigos perfectos no tendría ni uno solo.
– Me estás humillando.
– No, te estoy diciendo que somos amigos a pesar de todo. Que te quiero. Es ahora cuando nuestra amistad nos tiene que indicar el camino.
– Es imposible que, después de lo que te he hecho, digas esto siendo verdad. Imposible. Lo que intentas es dejarme en ridículo.
– Es ahora cuando debemos demostrar nuestra amistad. Ayer, tomando copas todo era mucho más fácil.
– Te odio. Con todas mis fuerzas. ¿No quieres saber por qué lo hice? ¿No te interesa saber que tú tienes parte de culpa? Eso es lo que te pasa. No quieres saber para sentirte inocente del todo.
Se levanta antes de que termine la última frase. Niega con un ligero movimiento de cabeza y aprieta los labios haciendo que la comisura de los labios caigan levemente. Saca la cartera del bolsillo trasero de su pantalón. Busca mientras el otro apoya la espalda en el sillón. Un papel entre las manos. Pequeño, arrugado. Extiende el brazo y se lo ofrece. Cuando termina de leer, apoya la frente en la palma de la mano, el codo en la pequeña mesa que tiene enfrente.
– Si lo sabías todo, ¿por qué has seguido adelante?
– Ella hace mucho que no me pertenece. Perder a dos al mismo tiempo era demasiado.
– Te odio.
– No, te odias. Ya se te pasará.


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