Amor o no a primera vista

Es posible que eso de enamorarse no tenga los límites en la edad de los implicados ni en ningún otro lugar. Tal vez sea así. Pero, francamente, la estética sí lo convierte en puro, ridículo, grotesco, falso o inmenso.
Veo la televisión en contadas ocasiones. Entre otras cosas porque cuando lo hago termino deprimido o escandalizado. Uno de los temas que discutían a voz en grito un grupo de periodistas o de famosillos (no los distingo a unos y a otros tal y como está el patio) era la futura boda de la Duquesa de Alba. Las imágenes que acompañaban el griterío mostraban a la mujer agarrada del brazo de un individuo más joven que ella. Quizás están muy enamorados. Ni lo sé ni quiero saberlo porque eso forma parte de su intimidad. Pero la sensación del que observa es de incredulidad. Será que yo soy raro y resabiado, que no me creo esos enlaces por falta de espíritu romántico. Mucho dinero interfiriendo, mucha decrepitud, demasiado artificio. Seguro que él y ella tienen la cabeza bien amueblada, muchas cosas de las que hablar y mucho de todo, pero no me creo nada. Tal vez sientan que se van a casar con el amor de su vida, pero la estética está frente a ellos negando lo que puede que sea algo cierto. Esto puede ser injusto, perverso y parte de una tara del que escribe. No lo voy a discutir.
Hoy hemos llegado a Alicante. Camino de regreso a casa después de unas largas y extraordinarias vacaciones. El motivo de hacer  más kilómetros de los precisos, de dar un rodeo, es que Gonzalo se ha encontrado con Blanca. Son novios. Jóvenes, tanto que me parece un insulto. Están extravagantemente enamorados uno del otro. Romeo y Julieta a su lado hubieran parecido una pareja de extraños. Nada les condiciona. Ni siquiera tienen un futuro claro que les pueda influir al tomar una decisión u otra. No tienen nada excepto una explosión hormonal que no les deja respirar si se separan, una ilusión grandiosa que les hace pensar en una vida juntos (esto al tratarse de jóvenes equivale a un par días). Pase lo que pase (son muy jóvenes y esas cosas nunca se intuyen) el enamoramiento que sufren es, hoy por hoy, creíble. Totalmente. La estética lo hace cierto. Y puede que sea tan grande como el de la duquesa y su novio. Pero este es bello, en este cada beso es un cataclismo, cada gesto una complicidad que deja sin respiración. Y está aislado del mundo. El mundo son ellos, sus caricias y sus encuentros. El resto no sirve ni cuenta.
Es posible que los límites del amor no existan ni se puedan colocar aquí o allí. Aunque, de momento, del mismo modo que la muerte se arrima a un anciano y nadie se lleva las manos a la cabeza, el amor que parece más amor es el que queda aislado en una parcela que ocupan un par de jovencitos. Cada cosa aparece en su esplendor interpretado por los protagonistas que toca.
Creo que de esto hablaban los hombres y mujeres que gritaban en televisión. Pero no les entendía ni una palabra entre tanto alboroto. Y si cesaba el vocerío lo que decían eran idioteces. Me aburrí enseguida y cambié de habitación. He preferido escribir lo que pienso sobre el asunto en lugar de quedarme atontado escuchando barullos. Pensar sobre lo que se ve siempre es gratificante. Que griten al odio un horror.


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