Anclados, pero con vistas a Internet

En este mundo que nos ha tocado vivir tenemos pocas cosas ciertas a las que agarrarnos.
Antes tuvimos a Dios que hacía mucha compañía; ni un duro, pero ideales tan potentes que nos llevaban a pensar en nuestra libertad; esperanzas en que la vida podía ser más que tener y tener era cosmética pura que no acompañaba a la tumba, la idea de la decencia en la parte alta de la tabla y cosas de ese estilo.
Hoy, los más afortunados tienen un caniche para sentirse acompañado; pasta en el banco que cualquier día de estos se convertirá en un mal sueño y los ideales metidos en viejos libros que alguien leyó, que se apolillan en el trastero de una casa que será pagada a trompicones durante treinta y cinco años; esperanza en que la cosa se quede como está (de mal) porque aquí el que no tiene no cuenta una mierda, las ideas enlatadas e inservibles. Cositas de ese estilo.
Vivimos en un mundo que ha presumido de ser la gran aldea global y se ha convertido en un pueblucho lleno de gente pegada a los ordenadores sin saber relacionarse si no es convertida en un nombre falso o una foto robada. Un mundo que ha fabricado una crueldad sin límites apoyándose en la desigualdad bajo la atenta desidia de todos. Un mundo en el que podemos tener acceso a una cantidad de información impresionante que no sirve para nada porque nadie sabe qué hacer con ella o, ni siquiera, la comprende. Un mundo que, en realidad, se divide en miles de millones de pequeñas aldeas que llamamos familias o amigos porque nos vendieron una burra que no andaba ni a la de tres.
Estamos donde estábamos hace siglos. Rodeado de un puñado de personas, viviendo casi en soledad, pero con conexiones ultra rápidas a internet que nos hacen soñar con que lo que nos contaron era cierto. Pisoteados por las empresas. Sin libertad. Arruinados. Tristes. Vacíos.
Somos más avaros que nunca. Y más tontos que pichote. Sin nada a lo que agarrarnos.


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