Ángeles reparadores, S. A.

La vida puede reducirse mucho cuando uno quiere. El límite está donde lo queramos poner. Cabe la posibilidad de que alguien decida que la suya consiste en arreglar cisternas. Y eso es hacer enana la existencia. Mal asunto. La tendencia que tenemos a dibujar el límite es lugares improbables comienza a ser preocupante.
Que la vida es dura, muchas veces fea y bastante guarra no es ningún descubrimiento. Que convertimos en insoportable, repugnante y patética esa misma vida cuando nos ponemos brutos, tampoco es nada nuevo.
No creo en las casualidades. Todo tiene un porqué. Y conviene hacerse preguntas para explicar lo que nos pasa, por qué nos ocurren las cosas más insospechadas.
No hace mucho hablaba con una persona que dedica buena parte de sus esfuerzos a reparar cisternas. Tomábamos una cerveza. Lágrimas en los ojos. “Joder, soy especialista, me llama todo el mundo para que le arregle la suya”. Está a punto de reventar porque sabe que lo que quiere reparar es su matrimonio y se siente incapaz. Piensa que no hay una mínima posibilidad de conseguirlo. Pero repara cisternas con un arte de miedo.
No tenía intención de contarme nada. Y lo hizo. Con detalle, sabiendo que le iba a contestar con crudeza. “Tú eres una cisterna. Empieza por ti mismo. A veces es tan sencillo reparar una cosa como la otra. Aprietas un tornillo o acaricias una mano que se estremece después de tanto tiempo esperando ese momento”. Lo de siempre. Olvidamos las cosas pequeñas y nos dedicamos a lo enorme. Alicatamos el baño y olvidamos la dichosa cisterna. Casi siempre queremos resolver asuntos que tienen que ver con el entorno sin pararnos a pensar que estamos perdidos, que no somos ni la sombra de lo que fuimos y que, así, no hay forma. Tiramos la toalla en el primer asalto, en cuanto nos rozan.
Fue una conversación dura aunque amable y cariñosa. De las auténticas. Una conversación en la que la fortaleza que fingimos tener cuando sumamos años (que idiotez, por favor) la destapamos para que tuviéramos presente una fragilidad que llega junto con la pérdida de inocencia. Dimos vueltas alrededor de cada detalle hasta encontrar la puerta de escape (cerrada aunque con la llave puesta). Y lo más importante: apenas hablamos del otro. “Si no te encuentras, si no regresas y vuelves a ser lo que eras, la leche que te vas a pegar va a ser mucho mayor”.
Creo que el mundo se agrandó un poco. Ese es el porqué. Alguien necesitaba respirar y apareció otro que, acostumbrado a cargar con la botella de oxígeno, no dudó en compartir. A veces pasan estas cosas. Conocemos y reconocemos al que nos puede prestar ayuda. Todos somos ángeles de la guarda disfrazados de cisternas por reparar o de especialistas en reparaciones varias. Depende de cómo nos encontremos de ánimo.


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