Ante la gran batalla

Tengo alrededor un buen número de personas esperando que mueva ficha. Ellos no mueven ni las pestañas, pero quieren ver lo que hago, cómo solucionaré un problema con el que nadie se atreve. Miran, se acercan sin dejarse ver, prueban enviando mensajes a través de terceros intentando descubrir flaquezas, cavan trincheras mucho más profundas en las que poder esperar sin salir heridos y se hacen los tontos cuando me ven. Esperan que sea yo el que tome la iniciativa, para que la cosa se ponga difícil o se haga más llevadera, eso es lo de menos, pero que sea yo el que arriesgue un primer peón. Y de eso, ni hablar. De momento me he enrocado, he dispuesto la defensa que me ha parecido más adecuada y espero sentado. Se trata de una cuestión de paciencia.Ya he percibido un par de movimientos por parte de los primeros arrepentidos o de los que no quisieron saber nada de todo esto y se vieron mezclados sin comerlo ni beberlo. Era lo más previsible. Un ejército disperso crea siempre los mismos problemas. Falta de comunicación, interpretación de las órdenes de forma diversa dependiendo de cómo y cuándo llegan, excesiva distancia entre el comandante en jefe y los pequeños generales que tienden a tomar iniciativas contrarias al plan trazado por el líder y, sobre todo, la necesidad de volver a casa, de encontrarse en una situación tan placentera como la que se vivió antes del conflicto.La ventaja de estar solo es que esas cosas no te pasan. Te das las órdenes a ti mismo, te equivocas tú solito, si quieres rendirte no tienes que consultar a nadie o si prefieres arriesgar hasta el final no hay que rendir cuentas en caso de derrota.Las primeras batallas fueron duras. Un ejército que ataca a otro frontalmente lo que quiere es arrasar de forma inmediata al enemigo, sin hacer prisioneros. El atacante sabe que se juega un porcentaje altísimo de sus posibilidades de victoria. Y si ataca es porque cree que su poder es mucho mayor que el del defensor. Si este es capaz de aguantar los primeros envites, no desorganizar sus filas y prever los movimientos más osados del atacante, tiene alguna posibilidad de ganar esa guerra aunque su inferioridad sea grande.Sólo queda pelear la gran batalla. La que decidirá un final incierto para mí. Aun sabiendo que las bajas se han producido, que los apoyos pueden llegar en cualquier momento, que las deserciones sumarán de mi lado, aun sabiéndolo, la incertidumbre es mayor a medida que pasa el tiempo.Puedo imaginar cómo se colocarán formando un semicírculo delante de mí, tendré que ser rápido al intentar descubrir en sus rostros de qué lado están, si quieren llegar hasta el final o intentarán firmar un acuerdo intentando salvar la situación. Guardarán las formas hasta que puedan, hasta que diga lo que pienso y exponga mi verdad. Y, a partir de ese momento, comenzará el combate.No sé cómo terminará todo esto. Pero, desde luego, seguiré escuchando música a la hora que me dé la gana. Eliminando el intervalo que va de las cero horas a las diez de la mañana cualquier momento es bueno. Y sin subir el volumen en exceso.Las comunidades de vecinos son así. O te preparas para la batalla como si fueras un superhéroe, o te quedas sin música. Y sin poder organizar fiestas o cerrar la terraza de la cocina o instalar un toldo bastante más bonito que los que pusieron los del sexto o lo que sea.


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