Aquí y allí

Benedicto XVI ha metido la pata. Eso no puede discutirse. Tal y como están las cosas debería cuidar mucho más lo que dice cuando se trata de hacer referencia a otra religión que no sea la suya. Es decir, hay que ser prudente y valorar lo que puede llegar a un receptor u otro.
Creo que no se ha comprendido bien lo que dijo, porqué lo dijo y nadie valora el lugar dónde lo dijo. La cosa vista desde fuera puede parecer algo bien distinto a lo que es. Y ese, precisamente ese, es el problema. El Papa tiene que sopesar el efecto que sus palabras pueden provocar, sabiendo que nadie se hará preguntas. Si algo puede crear conflicto aunque quiera decirse lo contrario ha de ser eliminado del discurso. Esto mismo, desde luego, sirve para cualquier presidente de gobierno. No es exclusivo de los sacerdotes.
En cualquier caso, Benedicto XVI puede hacer referencia a un texto antiguo para defender que la imposición de una fe no es lícita y que el uso de la fuerza en asuntos que tienen que ver con la espiritualidad personal no se puede consentir. Entre otras cosas, eso es lo que trataba de defender. Del mismo modo, los líderes religiosos de otras confesiones pueden criticar unas palabras que, insisto, por prudencia no debieron decirse nunca. Después, uno presenta sus excusas y los otros las reciben. Se acabó el problema.
Y hasta aquí sería bueno que alcanzase la cosa. Ni un milímetro más allá.
Sin embargo, se queman imágenes del Papa, matan a una monja de cuatro balazos y la gente se arremolina queriendo ajustar las cuentas a otros. A veces pienso que alguien está esperando cualquier frase, cualquier gesto, para justificar situaciones políticas desastrosas a base de ir llenando la cabeza de la gente con ideas que poco tienen que ver con la religión. Con cualquiera de las que existen.
Llevo años, muchos años, soportando caras de asombro cuando confieso que soy cristiano, risas, frases ofensivas (no hace mucho en este blog alguien hacía un comentario absurdo y estúpido refiriéndose a mi condición de cristiano) y chistes de pésimo gusto. Es raro que me manifieste en público sobre todo esto y casi imposible que discuta con alguien sobre temas religiosos. Nadie parece comprender que un escritor sea cristiano y que, encima, lo diga. Y no ha pasado nunca nada. Ni he montado en cólera, ni me he liado a guantazos con el gracioso de turno.
Creo conocer bien el Corán. La violencia que podría justificarse con lo que dice ese libro sagrado no es mayor que la del Antiguo Testamento. Y no me extraña que los practicantes musulmanes se enfaden cuando escuchan la cantidad de tonterías que se dicen sobre su religión. No me extraña. Aunque deberían saber que sobre la religión católica se dicen el mismo número de estupideces. Creo que fue ayer cuando leí un artículo de opinión en un diario que venía a decir que el Papa es infalible en cuestiones de fe y doctrina para los cristianos y que menudo papelón había hecho el bueno de Benedicto XVI al decir lo que dijo, que se había equivocado a la primera. Esto demuestra que el articulista no sabe ni lo que dice, ni lo que representa la infalibilidad del Papa (no tiene que ver con la divinidad sino con el hombre imperfecto). Por supuesto, el sujeto no ha leído el discurso dichoso. Eso es impresentable y lo único que se consigue es un grado de confusión alarmante. Trasladen esto a un entorno con niveles de alfabetización mínimos, sin recursos que puedan mejorar la situación económica de una población golpeada con guerras y más guerras, con un futuro más que incierto, trasladen, digo, esos comentarios tan desafortunados allí y podrán imaginar el efecto que se consigue.
La gente se lleva las manos a la cabeza pensando que el mundo musulmán es capaz de levantarse en armas llevando a su Dios al frente. La guerra santa impone mucho en occidente (debe ser porque ya hicimos la nuestra y sabemos lo cruel que puede llegar a ser) y se confunde con el terrorismo que se maquilla jugando a ser cosa de Dios. Tanto como me impuso a mí que el presidente de los Estados Unidos de América (este si que se las trae) hiciera lo mismo con el mío. Lo agarró y le pidió públicamente que le echara un cable para sacudir a los iraquíes. Más terrorismo de carnaval. El día que nos demos cuenta de que el fanatismo tiene hueco en ambos lados otro gallo cantará.
Ser cristiano, ateo o monje budista no es un problema en sí. Desconocer qué es cada cosa si puede convertirse en cuestión gruesa. Creer en un Dios o en otro tampoco tendría que causar la mínima molestia a nadie. Criticar o ridiculizar a alguien por hacerlo es de patanes. Utilizar la religión para agitar a las masas es una bajeza imperdonable. Tanto o más que impedir el acceso a ella. Y todo esto es lo que está pasando. Aquí y allí, que nadie se engañe.
El bueno de Benedicto XVI, sin quererlo, va metiendo la pata. Qué torpe. Los demás también aunque a veces creamos ser tan listos. Pero, por fortuna, no podemos ser noticia. Sería el cuento de nunca acabar.


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