Asuntos cotidianos (y I)

Mi padre acostumbraba a decir que recibía a los nietos con la misma alegría con la que los despedía. Gonzalo y Guillermo se criaron, en buena parte, con los abuelos. Cosas del trabajo.

Pilar (mis lectores la conocen como Edda) decía hace muy poco que desea tener a los niños en casa, que les echa de menos. Mucho. Pasan esta semana lejos de casa. Cosas del trabajo. Le contesté que me lo contase el día que regresaran.

Y es que los niños tienen una capacidad innata para sacar de quicio a cualquiera. Son capaces de hacerte mostrar lo peor de ti mismo. También lo mejor, es verdad. Pero esa parte, la buena, es fácil de enseñar en otros territorios. Sin embargo la oscura sólo sale con ellos. Por ejemplo, el jefe, ese que te está destrozando la vida, nunca te verá echando espuma por la boca al amenazarle con romperle la cara. Un niño (concretamente un hijo) sí. Lamentable, pero tan cierto como que el jefe es un mierda que te esta destrozando la vida. Hay padres que niegan esto que digo. Suelen ser los que ven a sus hijos quince minutos al día (mientras duermen ya) o los que se avergüenzan de algo que le pasa a todo el mundo. También los hay que niegan lo del jefe. Estos suelen ser los afortunados que tienen, por alguna extraña razón, una excelente relación con el suyo (admito que soy uno de esos) o los más nuevos en la empresa o los que son jefes de sí mismos.

Todo esto puede servir para el caso de padres y madres ancianos. Es lo más parecido a un niño que se puede encontrar en el mundo aunque en versión egoísta. O enferma que es mucho peor. Es otro de las razones por las que podemos perder los papeles sin pararnos a pensar un solo instante.

¿Han escuchado llorar a un niño sin motivo aparente durante, pongamos, treinta minutos? ¿Han mantenido una conversación con su padre o su madre durante, pongamos, treinta minutos, sobre lo poco que le cuida usted, lo mal hijo que puede llegar a ser (usted también)? Lo que es seguro es que en alguna ocasión se ha sentido humillado por su jefe cuando le ha soltado una fresca sin venir a cuento. La diferencia es que en los dos primeros casos terminó gritando como un loco. Con el jefe no.

A pesar de todo, cuando faltan los padres (para siempre) o los niños (campamentos, semanas en las que no sabes qué hacer con ellos o viajes al extranjero) la falta se hace insoportable. Qué curioso comportamiento el de los seres humanos

Digo todo esto porque preparamos el viaje de Guille a Canadá. Un mes. Julio. Y ya le estoy extrañando. Y porque esta tarde iré a ver a mi suegra para entregarle el café que me encargó hace unos días. Me concentro para escuchar sin atender demasiado con una enorme sonrisa. Debe ser muy duro pasar el día sin decir una sola palabra.

Y digo esto convencido de que antes de acabar el día habré dado un bocinazo a uno y habré salido pitando de la casa de la otra.


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