Asuntos cotidianos (y II)

El tiempo pasa rápido. La vida, que es sólo tiempo, se hace corta. Siempre.
El sufrimiento es eterno. Al menos, eso parece.
La alegría efímera.
Irrecuperable es el buen momento. Repetido, como una constante, el de amargura o tristeza. El primero se convierte en recuerdo. El otro en lastre agarrado a la piel cuarteada.
El sol dejó de ser un reloj. Por lento. Ahora son números, que no alcanzamos con la vista, los que nos marcan la pauta. Cuanto más rápidos pasan más nos gusta mirar.
La medida de la vida fue un atardecer. Hoy una fracción de segundo que llamamos milésima.
Queremos medir cada instante porque no podemos hacerlo con nosotros mismos, porque sabemos que el tiempo no existe, no pasa, ni termina ni acaba. Nosotros sí. Nacemos, morimos. Desaparecemos. No somos sin un número que nos convierta en un millón de recuerdos que, tan sólo, nos sirven a nosotros mismos.
El tiempo no se agota. Nosotros sí.


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