Ausencias (2)

La peor de las ausencias es la de uno mismo. Siempre creemos ser lo que fuimos porque el pasado es una guarida cómoda en la que el tiempo es una anécdota, en la que nada puede cambiar salvo que fabriquemos una idea a la medida. A la nuestra.
Sin embargo, somos la suma de lo que fuimos, de lo que hemos vivido. Y eso significa que nos encontramos con un yo que se hace viejo un instante después y se mezcla con los fantasmas de lo que creemos recordar y guardamos en ese escondrijo que llamamos recuerdo.
Evitamos pensar sobre ello para no tener que asumir la falta, que no somos el que creímos ser un minuto antes. Nos faltamos y nos extrañamos en cuanto paramos a descansar.
El único alivio que nos queda es que esa ausencia tan dolorosa se convierte en bienvenida. Los cambios nos presentan un nuevo yo. Un recién nacido que envejece con rapidez, que corre a unirse con el millar de ancianos que nos dibujan.
Conocerse es preguntarse sin miedos, llegar a descubrir un pasado al que no dimos importancia o del que no quisimos saber nada. Conocerse es echarse de menos y buscarse para renacer sin miedos o complejos. Conocerse es faltar, hacer patente una ausencia terca que nos lleva a nosotros mismos.
De las grandes paradojas con las que se enfrenta el ser humano, tal vez, esta sea la más dolorosa. La más gratificante al mismo tiempo.


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