Bacon, bacon, bacon

La imagen de España en el extranjero es un desastre. Ya lo sabíamos. Que los alemanes piensen que somos vagos y corruptos no es nada nuevo. Que las imágenes de las cabras lanzadas desde un campanario den la vuelta al mundo es natural. Lo del toro de Tordesillas no puede dejar de ser noticia aquí y allá porque la cosa tiene delito. Vale. Todo esto está muy bien. Y un punto de razón hay en las críticas. Lo que ya no es tan normal, ni tan gracioso, es que se nos tache de flojos, de ineptos, de chorizos (sí, todos en el mismo saco como si todos fuéramos políticos) y que tengamos que sonreír cuando, por ejemplo, asistimos al festival del bacon en Estados Unidos. Pues no. Un festival del bacon es, entre otras cosas, una majadería como lo de lanzar cabras desde un campanario. La cabra, por cierto, cae sobre una red. El bacon eleva el nivel de colesterol hasta límites peligrosos. Y escuchar a cuatro majaderos gritar bacon, bacon, bacon, como si hubieran encontrado el dorado es completamente lamentable. Lo mismo que asistir a las disputas en Tordesillas porque unos quieren seguir haciendo salvajadas a un animal y otros lo defienden como si de su propio hijo se tratara.
El choque de culturas siempre se ha producido. Y esos encuentros han acabado, por regla general, como el rosario de la aurora. Esto del bacon y de la cabra no deja de ser una manifestación de lo más arcaico de esas culturas. Es decir, a los que comen bacon como para explotar, les parece que los españoles son unos salvajes. A los lanzadores de cabra eso de comer bacon a manos llenas les parece cosa de gilipollas. Eso es así y nunca cambiará. Porque aunque parezca que se defiende una cosa bastante tonta lo que se está haciendo es defender lo más íntimo de las personas. Los orígenes son sagrados e intocables.
Por tanto que nadie se asuste. Nos ven en el exterior como bichos raros, como maleantes, como mendigos, como lo que sea. Vale. Nosotros les vemos como puritanos, como tacaños, como gente que no saben aprovechar lo divertido de la vida, sin alegría. Y el mundo sigue. Unos engordando una cabra para que luzca bonita desde lo alto de la iglesia y otros engordando entre lonchas de panceta y refrescos de tres litros. Al fin y al cabo somos lo que somos.
Ay, si fuera cierto que nos levantamos a las tantas, que luego vamos tomar unas tapas sin aparecer por el trabajo, más tarde a dormir la siesta y para rematar el día nos volvemos a poner hasta las trancas de cañas y aperitivos; ay, qué bonita resultaría la vida. Y qué envidia nos tendrían con razón (ahora, nos envidian sin ella).


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