Bendita edad

Día de la Madre. En casa tenemos dos. Una tercera potencial. Fiesta de postín.

Tendrá que llegar el día que mis hijos escriban a su madre lo que les parezca mejor. Yo ya lo hago como esposo y hoy no toca. Lo que debía hacer (escoger regalos y esconderlos hasta esta mañana) ya lo he hecho.

Los dos o tres lectores que tengo habrán notado que no hablo de ella (de mi madre) casi nunca. Vive aquí, en casa, con nosotros. Pero no hablo apenas de ella. Tenemos una relación extraña. Es raro que nos besemos, un gesto cariñoso aparece en casos excepcionales. Aprendí desde muy niño que eso debía ser así. Por aquel entonces yo no entendía nada, me provocaba gran envidia ver como otros chicos se abrazaban a su madre y como les decían (sus mamás) lo fantásticos que eran. Crecí sin hacerme demasiadas preguntas. Sabía que no tendrían respuestas.

Han pasado muchos años. Ahora que sé lo que ocurría no puedo guardar rencor alguno. Cuidó del que era más débil hasta que le fue posible. Y de sí misma porque nadie podía hacerlo en su lugar. Miraba al resto cuando era necesario, comprobaba que todo estaba en su sitio y seguía peleando como una fiera en una batalla perdida desde que empezó. Además, mi padre ya se encargaba de los demás.

Llegué a pensar que mi madre no me había aportado nada. Afortunadamente, la edad es un remedio contra este tipo de idioteces. Claro que me aportó (incluso sin besos ni grandes cariños) algo que, finalmente, ha sido fundamental. Gracias a ella sé lo que significa la prudencia, la sencillez del que se enfrenta al horror sin decir esta boca es mía, lo importante de amar aunque sea en la zona oscura. De ella he aprendido que los silencios son significativos y que en ellos se encuentra lo verdaderamente importante de cada uno de nosotros.

La vida le ha pegado fuerte. Y ahí sigue, con la mirada fija donde toca. En el lugar preciso.

Pues eso. Fiesta de postín.


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