- Papá ¿qué es la globalización?
- Pues que el mundo es un enorme mercado en el que los banqueros se compran unos a otros todo tipo de deudas y regalan a los ciudadanos cacerolas si visitan sus oficinas. Cuando meten la pata hasta el fondo porque se engañan entre ellos sin pudor, ordenan a los políticos que nos suban los impuestos si es que quieren mantener sus cargos y los ingresos necesarios para seguir viviendo de la mentira. Es decir, todos los hombres y mujeres del mundo pagan los desmanes de estos señores. Excepto ellos, claro. Nos dicen, a continuación, que el mundo es muy pequeño gracias a la información y a los adelantos técnicos y que todos somos la misma cosa. Sólo lo notamos en que pagamos más y cobramos menos. Pero nos pone muy contentos pensar que los árabes, los peruanos y los congoleños se unen para siempre. De todos modos, no termino de creer lo que dicen. ¿Tienes algo que ver con los coreanos? Yo tampoco. Para mí que nos están tomando el pelo aunque la globalización nos convierte en casi clones de todo lo que se mueve.
- Ya. ¿Qué pongo en el trabajo de sociales?
- Que es una maravilla, que en esta casa somos los más globales del universo, que adoramos la globalización. Tienes que aprobar, hijo.
- Pero eso es mentira. Tú me has dicho que no se puede mentir.
- Lo ves. Ya lo has entendido perfectamente. Eso es la globalización. Lo que vas a hacer con tu trabajo. Tendrás una nota estupenda.
Es tal el miedo que han logrado meternos en el cuerpo que estamos olvidando lo fundamental. Es algo tan sencillo de comprobar que da vértigo pensar en ello. Ya no recordamos ni lo que somos ni lo que pintamos en este mundo. Y eso significa que hemos perdido nuestra dignidad (nadie sabe en qué curva del camino).
Aterrorizados miramos el televisor, un periódico, escuchamos la radio. Todo es economía.
El planeta, que no hace mucho era la preocupación fundamental y alarmante ha desaparecido de los medios (¿se acuerdan del calentamiento global?). El hambre en los países más pobres sigue siendo atroz, pero nadie dice ni pío sobre ello (eso sí que es una crisis y, también, provocada por los mismos). Hoy hay un buen número de países en guerra que no sabríamos señalar en el mapa aunque, por lo visto, es un problema inexistente. Cualquier cosa que no sea la prima de riesgo, acciones, participaciones preferentes, recortes presupuestarios o cotilleos vergonzosos sobre famosos, es invisible. No cuenta para nadie ni para nada.
El miedo, eso que nos quieren enseñar como estado perpetuo de ánimo, nos coloca en el peor de los escenarios; en la jaula del yo. Así nos querían y así nos tienen. Mientras, la condición humana se reduce a miserias y más miserias. El hombre actual es un puñado de miserias. Lo grande del ser humano se diluye sin que nadie se pregunte donde está, por qué lo hemos extraviado, dónde vamos a llegar en nuestra denigración.
Damas y caballeros, el mundo se viene abajo. Tal y como lo conocemos tiende a desaparecer. Siempre se apoyó sobre los hombros de hombres y mujeres. Fallando nosotros no hay nada que hacer. Y no me refiero a los sistemas económicos. No, que va, eso ya lo hemos superado en diversas ocasiones y, en alguna ocasión, reforzando nuestro papel en el universo. Hablo de la persona humana, de un ser humano limitado y vacío. ¿Dónde quedó ese hombre lleno de valores íntegros? ¿Dónde está la mujer solidaria? ¿En qué lugar perdimos nuestras inquietudes que sobrepasaban lo material? El mundo, tal y como lo conocemos, se descompone.
De un tiempo a esta parte, el gran reto de la humanidad parece ser, estrictamente, económico. Salir de la crisis se ha convertido (así nos lo dicen y así nos lo creemos) en ajustar cuentas inmensas que nadie sabe lo que significan. Pero es sorprendente que nadie se fije en el origen del problema. Esto es, una falta de valores muy preocupante. A ver si nos enteramos de que el problema no es un debe y un haber. El problema es lo que hacen las personas. La honestidad, la decencia, la solidaridad, la preocupación por el medio ambiente, las bases éticas y morales o (forzando algo la máquina) la religión, son cosas que han dejado de tener importancia. Sin embargo, si alguien crece pensando que la codicia es una forma de vida como otra cualquiera, si alguien vive alejado de la decencia o piensa que lo único importante es el dinero, difícilmente, podrá construir algo que sea útil para el ser humano.
Tal vez sea vital salvar el sistema financiero que ordena lo material de esta civilización. Sólo tal vez. Lo que es seguro es que debemos recuperar la esencia de lo que somos. Sin eso no hay futuro posible.
No hay que ser muy listo para saber que estamos en manos de los sistemas de comunicación. Cuando millones de personas se pasan tres o cuatro horas frente a un televisor tragándose lo que les dicen, dando por buena la opinión del primero que se sienta frente a la cámara, el asunto se pone feo y tiene mala, muy mala solución. Lo mismo pasa con la prensa. Es, por lo menos, curioso leer el enfoque de una misma noticia en un periódico o en otro. Es bochornoso comprobar que algunos de esos periódicos son tendenciosos y buscan la destrucción de esto o aquello como si fuera su función en la sociedad.
El poder, de cualquier tipo, intenta colocar a las personas en un lugar concreto. Y nunca en un lugar en el que el individuo salga ganando algo. Por supuesto, busca el beneficio propio o el de quién le paga. En el caso de los medios de comunicación esto, también, es así. Hace mucho tiempo que la independencia brilla por su ausencia en muchos de ellos. Y lo peor de todo es que casi nadie está dispuesto a asumir que es manipulado. Todos nos creemos inmunes a su fuerza. Aunque demos por bueno que esto es así en sectores muy concretos de población (lo dudo y mucho), hay millones de ancianos que se amedrentan con escuchar algo que tenga que ver con su pensión, millones de jóvenes que no tienen un criterio claro y lo forman a base de mentiras y muchos ignorantes. Sí, muchos ignorantes. Ya sé que esto es duro de leer, pero creo que es algo cierto. Son miles los que no saben a lo que se enfrentan y agarran banderas como si eso fuera un juego sin importancia. Cuando hablo de esto siempre hago referencia a un caso que conozco bien. Cuando llega el momento de votar y acudo a mi colegio electoral, me encuentro con una chica y un chico que hacen las labores de apoderados de un partido político (uno de los grandes en España). Lo desconcertante es que ellos acuden a diario a un centro de día para personas con discapacidad intelectual. Son alumnos. Me pregunto si son capaces de saber lo que hacen y lo que defienden. Y, por supuesto, me parece insultante e indignante que alguien utilice a esos muchachos para algo así.
Aquí ya vale todo porque estamos desapareciendo, estamos reduciendo nuestra existencia a consumir, a participar de sistemas corruptos, a intentar salvar los muebles (los propios, claro, porque los de los demás nos importan muy poco o nada).
Creo yo que el miedo es tan fuerte que nos impide vivir. Tememos vivir, nos horroriza pensar en un futuro que casi no existe, no sabemos qué tenemos que hacer. No pensamos ni atendemos a los que piensan y cuando lo intentamos nos destrozan con una cantidad de información imposible de ordenar, con un apocalipsis seguro en forma de desastre económico.
Si no recuperamos nuestra esencia, si no somos capaces de encontrarnos a nosotros mismos esto puede ser un desastre sin precedentes. Y para ello es necesario que cambiemos el discurso, que no entremos en un juego que ya es cosa normal: el juego del miedo.
Tal vez ha llegado el momento de planteamientos mucho más profundos sin que sean dictados por los poderes establecidos. Tal vez ha llegado el momento de empezar a decir que esta democracia es un nido de sinvergüenzas y de corruptos y que no sirve para poder vivir con decencia. Tal vez ha llegado el momento de perder las formas para decir a los pensadores de pacotilla que eso de que todo es relativo es una memez porque la verdad existe y es la que es. Si no tenemos una verdad a la que agarrarnos nos hundiremos sin remedio. Y eso de que el sistema financiero es lo primero no es una de ellas. Nos han arrancado las bases ideológicas y ya es hora de que alguien comience a ponerlas en su sitio (otra vez). Y, por supuesto, esto no puede ser cosa de los cuatro snobs que han leído un par de libros sobre liberalismo económico y se creen dioses; ni de los cuatro tontainas que van de intelectuales porque se toman una copa con un editor y se creen muy listos cuando son más tontos que pichote.
Esto, señores, es cosa de todos. De jóvenes, de ancianos, de intelectuales, de militares, incluso de ignorantes. Esto es cosa de personas íntegras. Si es que queda alguna que se ponga a funcionar con urgencia. La cosa es mucho peor que la prima de riesgo y la nacionalización de un banco o de media docena. Nos jugamos ser personas o peleles. Y, de momento nos ganan por goleada.
- Mire, es importante que busquemos una forma sencilla para hacer saber quién es usted. Si quiere me cuenta y le propongo alguna fórmula. Vaya usted diciendo.
- Pues soy capaz de trabajar doce o catorce horas al día en dos sitios de forma simultanea; muchas veces no recibo nada a cambio, pero es algo que hago con gusto; administro los bienes, toda la logística depende de mí. Controlo facturas, contratos, recibos y todo tipo de documentos. El personal es mi fuerte. Conozco al detalle las necesidades de todos. ¿Sigo?
- No, no es necesario. Ya lo tengo claro. Usted es una madre más. Será suficiente con eso. Todo el mundo sabe lo que significa.
A medida que pasa el tiempo, cuando uno se siente maduro, las emociones son otras.
He aprendido que la vida se sostiene sobre cosas muy pequeñas. He aprendido que la grandilocuencia de las ideas, las prisas por llegar y la belleza como último objetivo, es cosa de jovencito atolondrado. He aprendido que saber estar solo, asumirlo y disfrutarlo, es una excelente forma de vida. He aprendido a preguntarme quién soy sin encontrar respuesta, a escuchar a otros cuando hablan de mí sin dar la más mínima importancia a lo que dicen. En definitiva, he aprendido a emocionarme con pequeños detalles que antes pasaban sin pena ni gloria por delante de mis narices. Lo que llega de fuera ha dejado de tener importancia salvo en contadas excepciones. Lo que sale de dentro buscando refugio en otro es un grito de socorro al que nadie acudirá. Si el grito no se repite de uno a otro no hay encuentro posible. Lo pequeño que está dentro debe quedarse donde está porque es el soporte de uno mismo. Eso, también lo tengo bien aprendido.
Lo pequeño son esas cosas que pensamos y aún nos sorprenden por su inutilidad respecto al resto del mundo, por lo que se repiten sin significado aparente aunque las dejamos en reserva sabiendo que están por algo y que ya crecerán si toca. Lo pequeño es lo nuestro, lo más íntimo; eso que a nadie le interesa, eso que nadie conoce ni debería conocer jamás.
Lo pequeño que llega de fuera es eso que interiorizamos con rapidez poniendo a salvo un sonido, la imagen que otros nunca verán o la angustia de todos para hacerla propia. Ahora, sentirse vivo cuenta. Antes estar vivo era suficiente. Ahora la belleza del mundo se hace imprescindible. No hace tanto tiempo, la belleza se guardaba en un museo, en unas páginas o escrita en una partitura; podía esperar a ser reclamada.
Ayer, 1º de mayo, mientras caminaba bajo la lluvia, sentí que el mundo se reducía a las ilusiones, a la lucha de miles de personas que, desde sus cosas pequeñas, levantaban la voz para hacer el mundo enorme. Y eso me emocionó. Charlaba con Silvia de nuestras cosas, de las cosas que nos importan. Creo que todos hacíamos lo mismo. Allí no había bronca callejera ni algarada. Allí sólo había miles de futuros pendientes de grandes números, de grandes cosas, resistiendo desde su pequeñez, desde la emoción que causa saber que somos iguales. Todos somos iguales. Seres que se buscan en respuestas improbables, que sobreviven gracias a que las emociones van cambiando y haciendo soportable esto de vivir. Todos somos iguales, se pongan como se pongan. Uno por uno intentamos hacer realidad la vieja meta de llegar vivos al instante siguiente, al lugar en el que las pequeñas cosas de cada uno sean lo importante y no eso que nos cuentan de mercados y economías.
A medida que pasa el tiempo siento menos miedo por algunas cosas. Por mí mismo, por el futuro, por un éxito que nunca llegará, por los fracasos ya vividos. Por los poderosos porque les encontraré en el infierno. Y siento mayor atracción, casi obsesiva, por las cosas que parecen insignificantes. Una nota encontrada entre mis papeles viejos, un abrazo de un viejo amigo que se deja ver sin otro motivo que ese, la sonrisa de un chaval que desea ser escritor mientras le digo que en la vida todo es posible; cualquier cosa que me emociona con su tamaño enano.
A medida que pasa el tiempo me hago viejo y siento que es así; ahora si lo percibo con claridad. Soy capaz de colocar cada cosa en el lugar que más me gusta. Ajeno al resto, pero sabiendo que mi importancia es la de todos, que el mundo funciona porque uno a uno lo hacemos.
A medida que pasa el tiempo renuncio a lo que creía esencial y me quedo con lo que necesito para tirar de la palanca que mueve mi mundo. Una palanca repetida en cada consciencia que mueve el mundo.
Y me emociona saber que no soy el único que lo hace, que soy uno más.
¿Es mejor creer en Dios a no hacerlo? Cualquier persona cuerda contestaría que las dos opciones son igual de buenas o de malas. Algo así no debería causar el más mínimo problema. Sin embargo, los ríos de sangre y de tinta vertidos por esta razón son incalculables. ¿Por qué? Porque son muchos los que no distinguen entre Dios y religión, los que creen que un Dios es distinto al otro y que las religiones son la misma cosa disfrazada con un libro sagrado o el uniforme de los clérigos. Se tiende (siempre fue así) a meter en el mismo saco a los creyentes y a los religiosos, a católicos y budistas. Yo no sé si Dios existe o no, pero lo que tengo muy claro es que una espada asesina en la mano no lleva.
A partir de ahora voy a escribir dando por hecho que Dios puede existir; más que nada para encontrar la lógica en el discurso bíblico que utilizaré para explicar la idea que quiero mostrar. El lector tiene siempre la posibilidad de añadir al texto la expresión si es que existe cada vez que lea la palabra Dios.
El Dios en el que han creído y siguen creyendo cientos de millones de personas es el mismo. Dios sólo hay uno; no entiende de casi nada (ni de papeles, ni de economía, ni de guerras ni de herencias). Y es ateo. Es el más ateo de los ateos. Si es omnipresente, omnipotente, etc., (me refiero a la idea de Dios en filosofía y teología), ¿cómo va a creer en sí mismo? Es innecesario. Dios no puede creer en sí mismo porque es. Sin embargo, Dios, si entiende y mucho de personas. Esa es su especialidad. Por eso nos plantó en el cosmos, para que lográsemos llegar a ser lo que toca. Personas.
Lo de las religiones es otra cosa. Dentro del ámbito religioso se entiende de todo (de papeles, de guerras, de penas de muerte, de economía o de política) excepto de personas, excepto de Dios. De eso no tienen mucha idea. Más que nada porque las religiones son creación del hombre. Dicen que sí, que son expertos en las cosas de todos nosotros, pero no hay más echar un vistazo a su historia para percibir un cierto tufo a trituradora de hombres y mujeres.
Pongo un ejemplo y, después de leerlo, que cada uno se ponga en el lugar que más le guste. Tomo uno de los episodios más famosos de la religión católica para que nadie se me despiste y, de paso, para ahorrarme explicaciones. Eva. Sí, la pareja de Adán. Gracias a la aparición de esta primera mujer en las Sagradas Escrituras de judíos y cristianos, las mujeres (fundamentalmente las occidentales por una cuestión de influencia física; las del resto del mundo han estado igualmente en desventaja aunque por otras razones) han sufrido una especie de acoso y derribo durante siglos que parecía justificado a los ojos de ignorantes e interesados. Esto fue así mucho antes de nacer Jesucristo. Nos vamos hasta 8.000 años antes de su nacimiento puesto que esto forma parte de la tradición oral del pueblo judío. Aparece Eva para destrozar la vida de todos. Qué cosas. Comete un pecado y hace que su pareja, Adán, lo cometa poco después. Es el famoso pecado original, ese estigma que alguien se sacó de la manga para tener a media humanidad a sus pies, a los pies del terror religioso. Eso es lo que interpretó la clase sacerdotal desde el principio y lo manejaron (siguen haciéndolo) con maestría. Por tanto eso es cosa de la religión y de sus corresponsales (tan pequeñitos y tan imperfectos como usted o como yo). Eva fue mala y las mujeres lo fueron, lo son y lo serán. El valor del hombre es mayor y ha de ocupar puestos de poder para evitar que esas mujeres tengan voz, voto e importancia de cualquier tipo. La clase sacerdotal lo toma por bandera y hace uso de ello. Creo que no hace falta entrar en detalle. Un verdadero desastre.
Sin embargo, Dios es otra cosa y su postura, desde luego, mucho más bondadosa. Porque a Dios le interesan las personas y no todo este circo bajo las sotanas. Le interesan todas las personas. Por si alguien no lo sabe, Dios creó a su imagen y semejanza al hombre. Más tarde a la mujer. De la costilla de Adán. Es decir, son lo mismo. Son lo mismo se pongan como se pongan los curas. Está escrito, queridos amigos, y en ese campo me defiendo (ellos siempre jugaron con la ventaja de hablar a analfabetos, pero ese chollo se les acabó hace tiempo). Uno sale del otro, los dos de Dios. Todo es uno. Vale. Un buen día, Eva encuentra al demonio (una serpiente que trae el mal consigo y que no llega ni del hombre ni de Dios, el mal es ajeno a ambos) y este invita a la mujer a comer el fruto prohibido del edén. Dios no quiere que comas esto porque serás como él y siente temor, le dice. Eva come pensando en un futuro mucho más atractivo e invita a Adán. Dios les expulsa del edén por listillos. Pero quedan muchos cabos sueltos. ¿No había creado Dios al ser humano a su imagen y semejanza? ¿Por qué ese enfado si son lo mismo? Y es que Dios quiere que alcancen su excelencia cuando lleguen a ser personas. Se es Dios llegando a ser tan persona como es posible. Y lo de la manzana es un atajo. Por eso no le gusta el asunto. Nada de saltarse la parte fundamental, esa vida que tenemos para lograr lo que nos proponen. Así que a la calle. Nada de ayudas. A buscarse y a buscarle. Es el único camino. Ya ven, Dios entiende de personas. Las religión las descuartiza. La diferencia es enorme. Unos se agarran a eso que conocemos como pecado (esto es, miedo y terror a la mano severa y vengativa de Dios que por definición no puede tener de ninguna de las maneras); Dios se agarra a la tarea por hacer. Unos condenan a la mujer desde antes de nacer; Dios invita a recorrer un camino que les llevará hasta donde toca. La cosa cambia mucho.
Por tanto, se puede estar enfrente de la religión sin negar la figura divina, sin negar el hecho religioso. Esto es algo que debería saber más de uno. De un lado y de otro. A mí me resultan igual de ridículos. Francamente.
Por todo esto no entiendo esa procesión atea que seguirá los pasos de las católicas en Madrid. Declararse ateo no tiene nada que ver con la religión. Son cosas distintas. Y ni unos ni otros parecen enterarse. Que están próximas es evidente. Tan próximos como católicos y ateos que declaran serlo sin saber lo que dicen. Eso es también evidente. Se juntan en la orilla de la ignorancia.
Alguien debería avisar a estas criaturas. Vamos, digo yo. En las épocas más oscuras de la humanidad, la religión apareció (siempre) gracias al miedo, a la impotencia. No podemos criticar algo así. El miedo es libre. Lo que sí podríamos es denunciar el abuso de una clase sacerdotal que imponía su ley gracias a ese miedo y a esa desesperación. Ahora, Dios es innecesario. Vivimos más que bien (en occidente). Ya veremos dentro de unos añitos. Pero tampoco eso se puede criticar. Los ciclos forman parte de la vida. Lo que sí critico es tanto circo por parte de unos y otros, tanto ataque frontal de unos contra otros, tanta idiotez. Venga que alguien les avise, coño.
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