feb 21 2012

Vehículos y relato

El hombre enseña lo que puede de sí mismo. Y lo hace después de utilizar la cosmética. Esta es la única cosa que le deja con mejor aspecto. La cosmética del relato.
Todo es prescindible en la vida de una persona porque puede sustituirse por algo mejor, peor o que apaña la cosa para hacerla más llevadera. Todo puede cambiarse excepto el relato que hace cada uno de sí mismo intentando acercarse al sentido de estar vivo.
¿Dios es suficiente para explicar de qué va todo este lío? ¿Lo es el dinero? ¿La amistad por sí misma tiene algún valor para el individuo? Sólo el relato personal es el camino por el que se alcanza una explicación que (aunque imperfecta) ayuda a que continuemos adelante.
Esto lleva a pensar que el sentido de la vida es uno mismo. O, al menos, está en uno mismo. Ni Dios, ni el triunfo, ni arriesgar, ni los amigos. Ni siquiera los enemigos (que hacen mucha compañía). Nada de nada. Esos son los vehículos que nos llevan de un lado a otro; de senda en senda, buscando lo que tenemos dentro. Pero sólo son eso.
Hace algún tiempo que andaba pensando en todo esto. Los escritores tenemos rachas en las que, aun teniendo cosas que decir, dejamos de hacerlo para madurar las ideas. Por eso no lo he dicho antes. Aún me sigue pareciendo poca cosa. Y ha sido una de mis alumnas, Laura Cidón, la que a sus quince años se ha atrevido a entregarme un dibujo (el que aparece sobre estas líneas) y me ha dicho que ya era hora de volver a decir cosas, que con ese dibujo se inauguraba otra etapa creativa y, sobre todo, productiva. Los jóvenes son así. Descarados, valientes y deliciosamente insensatos.
Poder contar estas pequeñeces; sobre todo contárselas a sí mismo, es lo que hace al escritor. De nada sirve intentar explicar un mundo desde la ficción sin entender la realidad, pensarla y dejar que la literatura llene los huecos que amanecen al lado de uno. Unas veces la carroza es un hecho inesperado, otras la muerte cercana. Hoy le ha tocado el turno a Laura Cidón. Un magnífico vehículo con motor a propulsión. Gracias, querida.


feb 19 2012

Oscuridad

Ya es costumbre en Gimena Ramírez levantarse de madrugada, cargar con sus muñecas preferidas, correr por el pasillo y meterse en la cama con papá y mamá. Entre medias, acomodándose casi al instante. Hace bien mientras pueda seguir abusando de su condición de hermana pequeña entre tanto muchacho (sólo se lo permitimos a ella).
Los niños arreglan sus problemas con naturalidad. Bien llorando hasta que el responsable de lo que sea le soluciona el asunto, bien haciendo lo que les da la gana (saben que si lo hacen con una pizca de gracia nadie les pondrá pegas) o bien pidiendo clemencia a través de la zalamería (los niños lo hacen hasta que cumplen cinco o seis años, las niñas hasta que se hacen ancianitas). Arreglan lo que sea preciso. Con ayuda o sin ella. Sea fácil la cosa o sea imposible. Lo arreglan.
Los adultos no arreglamos casi nada. Lo intentamos, pero no hay forma. Siempre dejamos un último pensamiento que arrastre lo peor de lo que ha pasado para no olvidarlo. Después de firmar la paz o de conseguir algo del otro, justo cuando besamos al enemigo, pensamos en cómo nos encontraremos por un camino imposible de transitar. Los niños no llevan rencor en sus mochilas. A los adultos nos rebosan las nuestras.
Ya no tenemos la cama de papá y mamá preparada para que, en el momento de apuro que siempre genera la oscuridad, podamos acomodarnos entre ellos sabiendo que allí estamos seguros. El paso del tiempo hace que esa oscuridad se instale en los costados obligando a que caminemos por una senda trazada por otros, llena de hojas secas que nadie se paró jamás a recoger y que están allí desde que el mundo es mundo. Un paso en falso y estás perdido, sabiendo que el que perdone u ofrezca se llevará consigo una factura por pagar. La oscuridad del niño es esa donde no se ve. La nuestra, la de los adultos, es la que no se ve. Pero está.


feb 12 2012

Cerrado por descanso del personal

Me voy a tomar un respiro.
Serán unas horas, unos días o unos meses. No lo sé.
El tiempo suficiente para ordenar la realidad.


feb 12 2012

La última línea

Escribir una novela sabiendo cómo es la última página tiene sus inconvenientes. Cualquier expresión, cualquier movimiento de los personajes, alargar un momento de tensión expresiva, todo, está al servicio de esas últimas líneas que cierran lo que se quiere decir. El autor puede modificarla a medida que la trama avanza, incluso puede ser que ese final sea bien diferente al previsto una vez acabada la novela. Esto no es lo que causa problemas. Pero puede decidir no mover una coma, ser fiel a ese cierre hasta las últimas consecuencias. Igual que existen escritores incapaces de escribir sin tener título para su novela, los hay que escriben esa última página y no la quieren cambiar por nada del mundo. Peligro, peligro. El artificio puede quedar patente, la frescura de la narración se puede diluir en el mismo momento del arranque, las piezas del puzzle no encajarán del todo. Dicho de otro modo, leída la novela se le puede ver el cartón (a la novela y al autor). La rigidez es mala compañera de viaje al escribir.
Otra cosa bien distinta es saber que esa última página ha de contener lo esencial, lo que cierre un círculo dibujado con el trazo justo y necesario. Lo mismo que contendrá la primera si es que está bien escrita, pensada. Es decir, la diferencia es que la rigidez fuerza que se digan las cosas, la flexibilidad provoca que las cosas aparezcan donde toca. Una voz narrativa bien construida terminará dejando claro cómo entiende el tema tratado (desde una intención nos mostrará lo que interpreta por fundamental), una voz que busca lo que ya está escrito en la última página acabará fatigada, desgastada porque la intención es conseguir justificar un puñado de líneas que por sí solas no dicen apenas nada.
Como la literatura no es otra cosa que una representación de nuestra experiencia en este mundo, podemos comparar una cosa y la otra, la última página de nuestra vida con la de nuestra novela. Nadie puede tener una vida normal si busca que su final sea uno u otro, inamovibles, tallados en un madero falto de savia desde el principio. Entre otras cosas, desconocemos la fecha de nuestra muerte, si un buen día conoceremos a la persona que nos proporcionará un trabajo que nos lleve a la riqueza, o a la pobreza. No sabemos lo inmediato, ni intuimos más allá de nuestro pensamiento más reciente. Simplemente no podemos programar una vida como si fuera una acumulación de secuencias que se explican una a otra. Lo único que sirve es ir dejando partes, pedazos de nosotros mismos (bien en forma de ideas, de textos, puentes o valores enseñados a los hijos, por ejemplo) que serán el único recuerdo efímero y débil que pueda alimentar una falsa memoria en los demás. Eso sí, abandonándonos por el camino habremos conseguido cerrar un círculo que dibujamos sin compás, imperfecto, pero auténtico. Ya lo he dicho. Con trazo justo y necesario.
Sólo una cosa tengo clara cuando hablo de mi última página en esta vida. Sólo sé a quien recordaré en el último momento, en ese instante en el que un hombre entiende, por fin, que su destino no era otro que descubrir para qué demonios llegó a esta vida. Recordaré a mi esposa, a mi amor verdadero. Desconozco cómo se irán acumulando las páginas. No sé el registro que se irá utilizando de aquí al final. Pero esa última línea, ese último pensamiento será para ella.
Me pasa igual con mis novelas. No conozco la última página. La tengo en mente variando según escribo las otras. Pero sí conozco la última de las frases. Nunca aparece escrita aunque está. Quiero hacer literatura y no otra cosa. Eso dice. Y por ello dejo que mis personajes tengan alma, que caminen hasta donde puedan llegar, sin hacerles retorcerse ante un interés muchas veces supersticioso y vacío. Si la novela no está viva la literatura ni aparece. Igual le pasa a la vida. Si se la disfraza llega antes la muerte.


feb 7 2012

A contracorriente

Practiqué el remo olímpico de alto nivel durante muchos años. Fueron muchas mañanas madrugando para correr noventa minutos y remar un par de horas más. Era joven y el sacrificio era grande. Cambiaba lo que un chico de mi edad hacía normalmente por tener las manos endurecidas a base de esfuerzo. Aprendí que remar contracorriente era la forma de entrenar menos minutos consiguiendo un resultado mucho mejor. Avanzar tres o cuatro metros equivalía a una distancia mucho mayor que cuando se remaba a favor de corriente. Esto que parece algo sencillo sólo lo hacíamos los que habíamos desarrollado una técnica depurada. Ejercer una fuerza superior a la normal en cada palada suponía que se descuidaba algo el movimiento al remar. Si no la tenías ya aprendida era mejor no insistir por ese camino.
Una mañana de invierno sentí un pinchazo en el cuadriceps. Supe enseguida que me había hecho daño. Y dejé de remar. Me llevé la mano al músculo, apoyé el tórax en los remos para alzarlos levemente del agua y dejé que me llevara la corriente río abajo. Algunos compañeros de equipo pasaban por mi lado derecho preguntando. Yo sólo les decía que no con la cabeza y continuaban su entrenamiento. Cerré los ojos. Por el dolor y por la rabia. Si no recuerdo mal tenía que competir tres semanas después en el campo de regatas del Guadalquivir.
Cuando dejé de maldecir ese pinchazo, cuando quise saber dónde estaba, descubrí que había llegado al margen contrario del río. Acerqué mi skiff a un pontón viejo y podrido, abandonado. Salí del bote y me senté a esperar sabiendo que nadie iría a recogerme porque nadie podría sospechar que estaba a tres o cuatro mil metros de distancia y en el margen equivocado. No importaba porque quería estar solo. Pensé sobre el esfuerzo que había realizado durante tantos meses de entrenamiento, la cantidad de mañanas pasando frío para conseguir mi sueño de llegar a una selección nacional que ahora quedaba a un millón de años luz. Aunque no dejaba de sonreír sabiendo que, por primera vez, me había dejado llevar por una corriente con la que había luchado durante años. Era una sensación extraña. Perder el control sobre algo que dominaba, encontrarme solo cuando siempre estaba protegido por el entrenador y los médicos del club, saber que dependía de mí lo que pasara a continuación sin tener la ayuda de nadie. Dejé que pasara el tiempo. El dolor iba en aumento, el sudor se enfriaba. Me tumbé sobre las tablas podridas para poder pensar.
¿Merecía la pena todo aquello? ¿Mi futuro pasaba por remar, cada día, contracorriente? ¿Era lógico depender de un problema muscular después de tantos meses de esfuerzo?
Pensé en la sensación de dejarte llevar, de no interesarte por nada salvo por ti mismo, por tu dolor. Y pensé, al mismo tiempo, que eso era cosa mía. Mi dolor, mi futuro. El rumbo azaroso del bote me llevó a la otra orilla, a un lugar en el que no hubiera pensado estar una hora antes. Me sentía bien.
Decidí recuperarme y trabajar duro (una de mis peores cualidades es la de dar siempre otra oportunidad). Cambié de barco para formar parte de una tripulación. Y llegado el momento tuve que dejar que la corriente me arrastrase de nuevo. Esa vez para siempre. Se acabó el remo.
Hoy, me siento fatigado. Acabo de dar la última palada. Relajo los músculos y comienzo a dejar que el destino me lleve hasta donde tenga que llegar. Quizás a la otra orilla, quizás hasta el lugar de donde salí, quizás a ninguna parte. El sudor se enfría. El dolor crece. Pero ya he dado la última palada.