ene 2 2014

El nombre de las cosas

Es curioso cómo el nombre de las cosas afecta al que lo conoce. Una palabra, un puñado de sílabas, puede generar cierta tranquilidad si con ello damos sentido a algo. Si, por el contrario, no sirven el efecto llega a ser perturbador. Lo desconocido se teme, engendra inquietud.
Pienso, al decir esto, en los enfermos. Es más llevadera la dolencia si la podemos llamar de algún modo. El que se muere, el que sufre, quiere, necesita saber la razón, bautizar el dolor o el terror. Alguien se encuentra mal y siente que nombrando el motivo podrá explicarse su estado. La desazón de no limitar la enfermedad con su nombre es grande. Carecer de una agarradera que se pueda decir nos obliga a pensar que el problema somos nosotros mismos.  Eso es algo insoportable para el ser humano. Es mejor morir destrozado por un cáncer que desaparecer del mapa porque sí. Cada cosa, sea su naturaleza la que sea, ha de tener su propio nombre para que nos las podamos contar, para explicarnos qué ocurre con y en nuestro mundo.
Pienso en los que sienten una tristeza profunda y no encuentran algo a lo que achacar un tiempo enrevesado y lleno de espinas. No hay nada peor que sentir el peso de la vida entera sin poder nombrar la razón. Tal vez, la tristeza es ese estado de ánimo que derrumba vidas porque no encuentran el nombre que define el mal. Estar triste es relatarse la vida sin título. Encontrar la palabra significa que el problema se encuentra acotado y fuera de nosotros, que es otra cosa, que no eres tú. La culpa en otra cosa, en otra persona. En occidente tendemos a buscar el problema fuera (lo arrastramos después de creer en ese pecado tan cristiano y tan asentado entre nosotros, soportado hasta por los más alejados de la religión). En el oriente asiático hacen justo lo contrario. Tienen asumido que el inconveniente, por enorme que sea, es cosa de uno, interior y sólo interior. Podría parecer que es cosa de mirar desde otro lado, cosa de despreciar esto o aquello, de valorar más algún aspecto. Aunque me temo que el nombre es lo fundamental. Esa palabra y lo que representa. Esa palabra dibujando el símbolo que todo esconde.
A veces tenemos a mano la palabra deseada, pero la negamos. Y eso es lo mismo o peor que la ignorancia. Un nombre nos lleva de un lado a otro; un nombre nos ayuda a confiar o a sentir un absoluto rechazo. Lo que sea, pero consiente cierta libertad (lo que creemos que es) para adoptar una postura.
La incertidumbre es paralizante, causa terror, motiva crisis personales. Y no queremos afrontar que lo necesario es saber qué somos, qué hacemos metidos en este enorme embrollo; que el resto de la realidad es lo que nos permite explicar eso mismo, la realidad, aunque nunca a nosotros mismos.
Todo se llama yo, todo funciona por yo. Yo colorea, detesta, sufre o hace enormes el resto de palabras. Yo significa todo; yo significa universo.
Hasta que no entendamos esto estaremos condenados a no morir en paz, a no asumir lo mejor de nuestro mundo (nosotros mismos). Porque la peor de las tristezas, tal vez la única y verdadera, es no saber nombrar lo que somos.


dic 30 2013

Pequeña reflexión sobre el aborto

Hablar del aborto es difícil. Generalmente, incluso el que pretende aportar un punto de cordura en; por ejemplo, un debate, una charla entre amigos o un blog como este; suele poner enfrente a casi todos. Ya sea por una cosa o por la contraria; el aborto es un problema con el que no es fácil manejarse bien sin crear polémica. Primero porque el aborto tiene mucho que ver; en unos casos con cuestiones íntimas, creencias, con el mismísimo Dios; y en otros con la libertad individual, con los derechos de las personas. Claro, todo esto es sagrado; y, cuando digo todo, me refiero a todo sin excepción. Por otra parte, son muchos los que pretenden pontificar en cuanto abren la boca. No parece que este asunto acepte bien las imposiciones, ni los desaires, ni los argumentos torticeros o manipuladores, ni los insultos o, peor aún, las acusaciones gravísimas que suelen producirse. Si a esto le sumamos que la opinión masculina aparece siempre en charlas, discusiones o debates y que nunca fue bien aceptada por las mujeres o por buena parte de ellas, tenemos un cóctel peligrosísimo que conviene manejar con sumo cuidado. Sobre esto último que digo, sobre la opinión de los hombres, quiero hacer algún matiz. Es verdad que los varones nunca podremos entender totalmente qué sucede cuando una mujer queda embarazada, qué le lleva a querer interrumpir ese embarazo, qué se siente en un caso u otro. Eso es verdad. Tan verdad como que las opiniones sensatas que buscan caminos más fáciles de transitar deben ser bien recibidas. No hay que olvidar que la tragedia del aborto toca, si quieren de forma tangencial, a los dos que forman la pareja. Si quieren a familias enteras. Otra cosa bien distinta es que, desde las cavernas, el hombre ha tratado de imponer su criterio, por las buenas o por las malas, en este asunto y en todos los demás. Eso no puede consentirse. Una opinión que busca soluciones, sí.
Alguna vez he dicho que debemos ser especialmente cuidadosos con el lenguaje. Expresar una idea sobre el aborto debe producirse desde la delicadeza más absoluta, desde la tolerancia y desde el querer mejorar nuestra condición humana. Pienso en esos a los que se les llena la boca al decir que están en contra del aborto, despreciando a los que, según ellos, están a favor. Hay que ser muy cretino para pensar que alguien está a favor de algo así. Todos, todos sin excepción, estamos en contra del aborto. ¿Hay alguien en este mundo que esté a favor de crear un trauma, una tragedia o un problema que, sin duda, deja secuelas? Todos estamos en contra. Claro que sí. Del mismo modo, por la misma razón, los que gritan que están a favor, lo que hacen es dar un espectáculo patético. No saben ni lo que dicen. Habrá que suponer que reclaman una regulación, la libertad para decidir por parte de las mujeres o cualquier otra cosa que tenga sentido. Pero ya les digo que no están a favor de nada. Pues bien ya tenemos un punto de encuentro en el que nos encontramos todos. Sin saberlo, sin desearlo (los hay que están atrincherados y no hay forma de moverles), estamos todos en el mismo lugar. Qué cosas.
Lo que escuchamos sobre el aborto en algunos ámbitos resulta doloroso, irritante. Acusaciones de ida y vuelta, casquería y truculencia al referirse al feto, insultos. Esto, cuando se produce en un plató de televisión, es una irresponsabilidad desproporcionada. Son millones de personas los que asisten al espectáculo y eso supone que las ideas, de unos y otros, pueden radicalizarse de forma violenta. ¿Cómo alguien puede acusar a las mujeres que abortan de frívolas? ¿Cómo puede alguien pensar que las mujeres abortan por capricho, sin razón alguna? Pues estas cosas se escucharon en un debate televisado hace unos días. Que en el mundo hay idiotas ya lo sabemos. Que las mujeres, en general, no lo son es otra cosa que tenemos como certeza. En ese mismo programa, intervino una mujer que afirmaba que la gran víctima era el feto hecho trozos, pedazos. No sé las veces que pudo repetirlo haciendo hincapié en el detalle macabro. Sangre, sangre y casquería para dar fuerza a un argumento que debería sostenerse sin adornos ni envoltorios. Esto es un pequeño ejemplo aunque hay muchos más. Tal vez lo más extravagante que he leído en los últimos días son las declaraciones de doña Alicia Latorre (Presidenta Nacional de Asociaciones Provida de España) que dijo que la masturbación es una forma de aborto, también. Muy aristotélica ella, hablaba de la vida en potencia que traslada un espermatozoide en busca del óvulo. Chocante. Es como decir que talar un árbol es abortar porque el árbol generará oxígeno para que podamos vivir y sin ese árbol no daremos la opción a todas las personas que podrían poblar el planeta. En fin.
¿Dónde estamos colocados cuando hablamos del aborto? Me temo que no hay posturas intermedias. No cabe coger esto de un lado y esto del otro para instalarse en un lugar cómodo y coherente. Los que creen estar en estas circunstancias suelen ser los que no se han planteado el problema con seriedad, bien por miedo, bien por pereza, bien por creer que este asunto no va con ellos.
Una de las aristas que nos sitúa en un lugar u otro –al menos eso creen muchos- es determinar en qué momento hay vida o no la hay. Los científicos no logran ponerse de acuerdo. Esto ya dice mucho. Existen cientos de documentos en los que afirman no poder saber algo así, el momento en el que el feto es humano en plenitud. Por supuesto, los científicos católicos más radicales dicen que sí, que ellos lo saben, que en el momento en que se fecunda el óvulo ya hay vida humana. Porque tiene alma, porque lo dice el magisterio en varias encíclicas. Pero esto es suponer, creer, querer creer, desear que así sea. Es posible que también afirmen que Dios existe con rotundidad pasmosa, que María fue virgen sin lugar a dudas, que resucitaremos y alguna cosa más por el estilo. Todo afirmado desde la religión, desde la fe. De ciencia, nada. Nada criticable, por cierto. Además, no todos los científicos católicos dicen lo mismo. Estos sí presentan dudas. Es decir, que entre los que no saben, los que no están seguros y los que afirman sin una sola prueba objetiva, se forma un grupo muy homogéneo. Nadie es capaz de dar respuesta a la pregunta. Otra curiosa coincidencia. Van dos.
Gran parte de la batalla dialéctica se libra en este territorio. Cuándo hay vida humana. Desde el principio. Más tarde. Menos. La Iglesia está encantada, claro. Si alguien pudiera demostrar que la unión de cuatro o cinco células representa vida humana, el discurso de casi todos tendría que modificarse. Si fuera al revés sucedería lo mismo. Pero, como de momento, eso no parece que vaya a pasar, discutir sobre estos supuestos desgasta mucho y nadie puede demostrar que no tengan razón. Pero, claro, la pregunta es si los niños que mueren de hambre a diario en el mundo entero son personas humanas. La respuesta es sí. Pero aquí la batalla se presenta de otro modo. La doble moral con la que funcionamos es insólita y vergonzante. Peleamos la vida sin saber que lo es y dejamos que mueran los niños mientras nos excusamos con el dichoso no puedo hacer más.
Otra arista que coloca a cada uno en un lugar u otro –ya veremos si es así o no- es el derecho a decidir de las mujeres, la libertad personal de cada mujer. Ese derecho podría chocar frontalmente con el del feto. Pero, desde luego, la mujer es persona y, por lo que parece, ni siquiera sabemos si el feto lo es (otra cosa es que lo creamos). Esto elimina cualquier duda sobre una posible fricción de esos derechos. Por todo esto, la ley de plazos del año 1985 parecía que atinaba y aliviaba mucho el problema. ¿Y las libertades? Nunca fuimos justos (los hombres) con las mujeres respecto a sus libertades. Los curas tampoco (son hombres aunque algunos quieran ser divinos). Les recuerdo que hace unos días el Arzobispado de Granada (una empresa vinculada con él) ha editado un libro titulado Cásate y sé sumisa. No hacen falta comentarios. Sin embargo, unos dicen que regulando el aborto quieren dar la opción a la mujer a elegir y otros que prohibiéndolo quieren ayudar a todas las mujeres de este mundo. Al final, todos quieren ayudar a la mujer. Lugar común. Otra vez muy juntitos.
¿Puede, debe, el Estado formar las conciencias de los sujetos? ¿Puede, debe, el Estado decidir si un feto con malformaciones incompatibles con la vida o que convierta esa vida del niño y su familia en un infierno, debe nacer? Aquí soy tajante. No, no y mil veces no. Nunca. Entre otras cosas porque la mujer no es un recipiente de fetos que suministre mano de obra al país y sí una persona libre con todo el derecho a decidir. Y entre otras cosas porque el Estado no puede formar conciencias ya que esto supondría llegar al pensamiento único, al desastre cultural e ideológico. Las conciencias son de cada cual. Por cierto ¿cómo es posible que un gobierno se lleve por delante las ayudas a la dependencia y que, al mismo tiempo, nos cuenten que hay que hacerse cargo de una nueva vida condenada al sufrimiento propio y ajeno? Los políticos no quieren ver que, al final, convierten todo en cosa de ricos o en cosa de pobres.
Ya sé que todo esto es poca cosa y que hay cientos de especialistas que podrían profundizar mucho más en cada aspecto. Lo sé. Pero me parecía interesante buscar y encontrar puntos en común para avanzar en el debate sin lanzar los trastos a la cabeza de nadie. Es vergonzoso lo que sucede en los medios de comunicación. En un plató de televisión se puede sentar cualquiera y vomitar cuatro ideas mal estructuradas. No hay derecho. Algunas cosas no pueden escucharse sin sentir la necesidad de agarrar la estilográfica y escribir algo que sirva para ordenar ideas. Aunque sólo sean las propias.
Podría seguir escribiendo, pero no quiero aburrir a nadie. Supongo que con sus comentarios se irán completando y complementando las reflexiones que he iniciado.
Feliz Navidad.


dic 8 2013

Riesgo

Sé, exactamente, sobre lo que quiero escribir y, sin embargo, no atino con las palabras. Algunas me parecen extravagantes; casi todas, vacías. Intento el diálogo para, tras varias pruebas, descubrir que se trata de un monólogo. Es lo que mejor va. Eso creo. Más tarde deja de ser útil. Quizás con una sola frase quedaría resuelto el asunto aunque la sensación de orfandad sigue instalada desde el principio. No se mueve un solo milímetro. Sé lo que quiero decir. Sé que la necesidad es imprudente. Y dudo. Con las palabras; con el propio pensamiento que, inquieto, niega la posibilidad al plegarse sobre sí mismo.
Huir nunca fue una opción. Sí, quedar enrocado, esperando un asalto brutal, prepararse para recibir los golpes crueles del grupo. Sin miedo, sin dar un paso atrás. Asumir roles viejos. La alternativa es, fue y será, escribir. Buscar, experimentar con lo que se tiene a mano, al son de la partitura más dócil.
Sé que tengo algo que decir. Y, tal vez, no quiera descubrir la fórmula exacta. Porque, escrito, ya nada puede cambiar. Las correcciones nerviosas no sirven de nada ante la realidad pensada y asumida.
Palabras, párrafos enteros. Un puzzle resuelto en el que se dibuja lo que soy.
Las ideas van, vienen, juegan a ser agarradas fingiendo torpeza para huir. Tramposas, saben que llenas de tinta verde o inmaculadas, no pueden desaparecer.
El texto queda escrito, amontonado, formando un amasijo con otros que nunca se leerán. Nunca jamás. Amarrados a lo que son. Sin tachones que maquillen eso que quise decir recostado en la certeza.
La estilográfica vacía. Junto al tintero. Miro. Aparto todo con delicadeza. Pienso en una nueva salida, intuyendo que todas las salidas quedaron condenadas hace mucho tiempo. Porque sólo así pueden ser las cosas. Ese es el riesgo que asume el escritor.


dic 6 2013

Explosiones

Es curioso cómo funciona el pensamiento. Parece anclado a unas cuantas cosillas de nada y, de buenas a primeras, te lleva hasta lugares lejanos o tiempos que parecían olvidados mucho antes. Un detalle, un gesto de otro, la noticia en un periódico que no te interesa. Cualquier cosa hace las veces de detonador. Una explosión que arrasa con lo que está y deja espacio a lo inesperado, lo improbable y, a veces, a lo que parecía imposible.
¿Existe explicación a que, sin venir a cuento, te venga a la cabeza el nombre de alguien que ya no tiene rostro? ¿Por qué eso y no otra cosa se planta delante retándote a sabe Dios qué cosa?
Ya hace muchos años tuve que, como todo el mundo, lanzarme al agua de cabeza. Siendo niño eso se hace y punto. Lo ves, lo quieres imitar y lo haces. Los más mayores procuran que lo vayas consiguiendo mejor. Y aquí se acaba la historia. Esto no sería importante si no fuera porque cuando lo intenté por primera vez tuve que demorar mi lanzamiento unos instantes. Alguien pasaba nadando a mi altura. Se llamaba Enrique y era enano. No he vuelto a saber de él desde hace treinta años, cuando ya sabía lazarme a la piscina de cabeza o como tocase dependiendo del número de chicas que mirasen. Enrique era mucho mayor que yo. Era adulto y mantenía cierto grado de amistad con mi padre. Nadaba con un solo brazo. Y tenía dos. No me pregunten la razón, pero nadaba con un solo brazo a estilo crol. Tenía el pelo muy largo y, en aquellos años, eso era lo mismo que ser hippie. Era muy, muy, agradable conmigo. Tal vez sea uno de los tipos que me ha parecido más feliz de los que haya conocido. Al menos esa es la idea que me quedó. Enrique. ¿Qué habrá sido de él? En una ocasión se sentó con nosotros para tomar el aperitivo y habló con mi padre durante un buen rato. Lógicamente, no recuerdo la conversación- Pero sí algo que dijo. La faena de ser enano es que no puedes mirar a nadie por encima del hombro. Enrique y mi padre se rieron. Me gustaba mucho verlos reír. Mi padre nunca lo hacía por compromiso y Enrique lo hacía de forma muy escandalosa. Daba gusto verlos.
Hoy me he parado a saludar a un vecino del barrio. Me ha contado todo tipo de penas, de miserias, de problemas. Este no es enano. Ni una sonrisa, ni un gesto de desprecio ante lo que le pasa. Nada. Y el pensamiento corriendo a tiempos que no soy capaz de ubicar con exactitud; hasta la imagen de mi primer salto al agua de cabeza, esperando a que Enrique pasara de largo; hasta la risa sincera de mi padre.
Es curioso comprobar cómo funciona el pensamiento. Y comprobar que la realidad está repleta de detonadores que te hacen saltar por los aires en cuanto te descuidas.
Sería estupendo que usted, leyendo este texto, hubiese notado una explosión y que la onda expansiva le hubiese arrastrado hasta quién sabe donde. Hasta un lugar inesperado, improbable o, tal vez, imposible. En ese en el que nos encontramos todos antes o después.


dic 4 2013

¿No tienes whatsApp? Estás muerto

En los últimos meses, me han preguntado si tengo instalado el whatsapp ese, sin exagerar, diez o doce mil veces. Al contestar me he sentido un antiguo, un loco, alguien que no pertenece a este mundo. Lógicamente, no, no tengo esa aplicación instalada en mi teléfono móvil. Por no tener no tengo ni smartphone. Me voy manejando con un viejo, casi arcaico, Motorola, que todos miran con estupor. Divinamente, por cierto. Cuando me siento para comer no estoy pendiente del piiiinnn pooonnn que avisa cuando llega un nuevo mensaje, mantengo conversaciones fluidas con mi esposa (es la otra persona de este mundo que carece de tecnología y ganas suficientes como para martirizarse voluntariamente leyendo cien o doscientos mensajes diarios), y soy el único que puede observar las caras de los que utilizan este sistema de comunicación (el resto de la humanidad está, naturalmente, mirando su móvil, bien leyendo un mensaje, bien escribiendo, bien deprimiéndose rápidamente por sentirse abandonado por el mundo entero puesto que no ha recibido un solo mensaje en los últimos treinta segundos).

Me parece a mí que es más normal y más sano vivir sin un teléfono pegado a la mano, que lo raro es leer mensajes cortitos y no un buen libro, que es un placer escribir con una buena estilográfica y no apretar teclas enanas o una pantalla en miniatura. Por eso, lo de creer estar loco o sentirme antiguo, se me pasa enseguida. Lo que, creo yo, es un retroceso y un disparate es eso de hablar a través de una máquina como único recurso en lugar de hacerlo con alguien enfrente. El progreso evolutivo, lo que nos diferencia del resto de seres, es la capacidad para comunicarnos tras una reflexión que construye el mensaje. El resto son herramientas que nos ayudan a realizarnos como personas. Sin abusar, sin dejar que nos arrastren hacia atrás.

Sin usar esto que se llama whatsapp, es verdad que tardo más que otros en recibir noticias. Eso es cierto aunque saber qué tiempo hace en el barrio de Manoteras o que se le ha pasado el arroz a Pepi que es amiga de Juan, francamente, no me parece urgente. Si las noticias son malas o importantes, llegan ligeras. Como ha pasado toda la vida.

No se me ocurre nada más ridículo que quedar con dos o tres amigos para que cada uno se ponga a mirar el móvil. Si se fijan, es muy habitual que grupos enteros lo hagan al mismo tiempo. Qué cosas.

¿Es esto la modernidad? Me temo que esto es el resultado de problemas serios que nadie quiere afrontar y están haciendo mucho daño. ¿Desde cuando los amigos son una foto y un nombre? Me refiero a los amigos con los que hablamos en las redes sociales, por ejemplo. ¿Desde cuándo es mejor escribir una frase (a menudo con letras de menos) que tener delante a una persona hablando, haciendo gestos y entonando así o asá? ¿Desde cuándo se considera normal echar de menos el teléfono más que a tu padre? ¿Han comprobado ustedes el grado de ansiedad que provoca en un joven no tener el móvil a mano? Es patético.

De momento, aguanto. Supongo que es cuestión de tiempo. Pero, de momento, me siento más ligero de equipaje, más libre, sabiendo que me libro de conversaciones absurdas. Prefiero seguir hablando con tranquilidad con la familia o los amigos; y procuro decir lo justo cuando charlo con la pantalla del ordenador. Me aburre.

Ni loco, ni antiguo. Ni estoy fuera del mundo. Tal vez los que sí lo están son los que miran, a todas horas, una pantallita de teléfono sin descanso. Ya veremos cómo queda la cosa.


dic 3 2013

Estado de animo

Plantar una semilla, pasear tranquilamente por la ciudad o jugar con un niño en un parque, es un estado de ánimo. La realidad es un estado de ánimo. Porque eso que vemos, que disfrutamos o sufrimos, es la que construimos nosotros mismos. La realidad es lo que tenemos porque no somos capaces de armar algo distinto o no queremos tener otra. Las imposiciones no existen. Son excusas que nos permiten tirar la toalla o mirar hacia otro lugar sin tener que dar demasiadas explicaciones. Tener un culpable o un imposible cerca nos evita muchos quebraderos de cabeza. Sin embargo, en un desastre siempre puede verse una posibilidad, una forma de entendimiento distinta. Aunque es la zona difícil y árida. Es mucho más sencillo echarse en un rincón a lamerse las heridas, a culpar a otros y a todo lo que nos ocurre.

Tomar un café con un amigo, hacer la cama a medias con la pareja (deshacerla, también), compartir una idea con un joven ansioso por aprender. Todo es un estado de ánimo. Todo es una realidad amable que no disfrutamos mientras decidimos como malvivir sin tener en cuenta lo importante. Pero ¿qué es eso tan importante que buscamos desesperadamente en el entorno? Pues me temo que nosotros mismos. Y, da la casualidad, que formamos parte de ese entorno, pero no somos nada que ande suelto sin control. Nosotros somos nuestra realidad, lo verdaderamente importante. Nada fuera de nosotros es la solución. Nada. El estado de ánimo tan deseado y tan urgente somos nosotros. Y la solución y la capacidad para entender un problema y la de escuchar para poder tomar decisiones y la única forma de manifestar nuestro amor por el universo entero. Somos el centro del mundo.

Dejar con cuidado un vaso sobre la mesa, colocar el flequillo a un niño, sonreír al que se cruza con nosotros en la escalera de casa. Eso es un estado de ánimo. Lo demás son excusas para no ser. Por mucho que nos estén haciendo la vida imposible las personas, el dinero o cualquier cosa, sólo son excusas.


nov 28 2013

Perderse en un gesto

– Me tienes hasta las narices. No vuelvas a llamar en tu vida. Gilipollas.
Deja el teléfono sobre el lavabo. Se mira en el espejo. La respiración se acompasa con el silencio. Mira tratando de comprender. Debería estar alterada; debería llorar o gritar o gruñir. Pero no lo hace.
La pantalla del terminal de ilumina. Su fotografía, su nombre y una invitación a contestar.
Se toma su tiempo. Con la yema del dedo pulgar va tocando la de los demás. El teléfono vuelve a pedir atención. Contesta. Antes de poder hablar ya escucha los gritos.
– Para, para. Verás, te lo voy a dejar muy claro. Que no me interrumpas. ¿Ya? ¿Me vas a dejar hablar ahora? Vale. Han sido tres años de mierda, media docena de infidelidades, he soportado a tus padres quinientas impertinencias y veinte o treinta de tus resacas. Eso, si lo multiplicas y aplicas el factor corrector, es igual a una, solo a una vida de mierda. No salen los números, majo. ¿Que me qué? Venga ya, hombre. Voy a colgar. Voy a colgar. Pues abre bien no vaya a ser que te cargues el cristal. Me da igual. Ya te llevaré un ramito de gladiolos. Que sí, que sí. Adiós.
Comienza a depilarse las cejas. Se acerca con exageración al espejo. Un mensaje de texto. Resopla.
– Que me quiere. Ahora me viene con esas el muy gilipollas, dice gritando a su propia imagen. ¿Me quieres, hijo de puta? ¿Ahora me quieres?
Deja las pinzas metálicas junto al teléfono. Piensa un momento y marca.
– Anda, pero si sigues vivo. Qué cosas. No, sólo quería decirte que, en realidad, no es una vida de mierda. No es nada. Nada de nada. Es como si alguien hubiera pulsado la tecla pausa y no me hubiera enterado hasta hoy. Qué coño vas a pulsar tú ahora. No hay play que valga, cretino. Que sí, que sí. Hale, ya puedes tirarte otro poquito por la ventana. Adios.
Ahora es cuando llora, grita y gruñe. Se ha visto en el espejo mientras hablaba. Ese gesto obsceno que no ha podido reconocer como suyo. Entiende que se perdió hace mucho, que no sabe dónde buscar, que es tarde. Demasiado tarde.


nov 27 2013

El peso de los libros

He tenido, entre las manos, miles de libros. No con la intención de comprobar lo que pesaban sino con la de leerlos. Sin embargo, pasado el tiempo, he comprendido que era la misma cosa.
El libro que más pesó, al abrirlo por primera y última vez (jamás he leído ninguna de mis novelas una vez publicadas) fue La edad de los protagonistas. Mi primera novela. Toqué la portada con cuidado, abrí el ejemplar, y fui pasando despacio las primeras páginas, alisando los vértices con el pulgar (siempre lo hago con cualquier libro, pese lo que pese; la liturgia de la lectura es imprescindible) y tomé conciencia de lo que había logrado y del grado de responsabilidad adquirido como escritor con obra publicada. Creo que sólo he sentido algo parecido el primer día que pisé un aula en calidad de profesor. Pero mis novelas no cuentan. Esa sensación de peso extremo, emocional, no es de lo que quiero hablar.
He leído libros que me llevaron a querer ser escritor. Las palmeras salvajes o Mientras agonizo de William Faulkner; La casa verde o Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa; La metamorfosis de Kafka; El guardián entre el centeno de Salinger; los relatos de Chéjov o de Raymond Carver; cualquiera de las obras de Federico García Lorca; la poesía de César Vallejo. Alguno más. Pesaban mucho. Cada página la sensación era más poderosa. Era capaz de leer la misma frase media docena de veces para comprobar que era posible decir eso y de esa forma; de la única manera posible. La perfección pesa toneladas.
El poso que quedó sigue siendo gigantesco. Tiene forma de aprendizaje, de experiencia, de impostura, de enseñanza, de fascinación, de respeto, de rabia. Un poso pesadísimo que resta a otros libros (los flojos) en el haber. Nada es igual después de leer a Proust a Flaubert o a John Dos Passos.
También he leído libros que, sin ser gran cosa, han dejado alguna marca. Lecturas en la playa, en aeropuertos y estaciones de tren, lugares en los que la concentración es difícil de conseguir. En esas circunstancias tengo por costumbre elegir obras en las que la trama toma fuerza y lo profundo queda al margen. Alguno de ellos me hizo pasar buenos momentos. Para eso se escriben los best sellers. Pesan lo justo y la carga es efímera. Pero algo se dejan notar.
Leer es descubrir el peso de una obra, la compañía que supondrá durante un tiempo o toda la vida. Leer es integrar un universo o rechazarlo, es modificar el propio o dejarlo intacto. Leer es asumir la pequeñez, lo insignificante de uno mismo. Leer es vivir y morir al mismo tiempo, convertirse en un fantasma más humano de lo que la imaginación permite. Leer es dar un paso adelante, hacia eso que llamamos sentido. Pasos que se hacen ligeros cuanto más peso arrastran.


nov 25 2013

Límites

Tuvieron que pasar muchos años hasta que comprendí que los límites existen; que son importantes, muchas veces inamovibles. Siendo niño, ni entendía, ni sabía qué era eso; buscaba, probaba e iba descubriendo. Siendo joven, arranqué todas las señales que encontré por el camino; me sentía inmortal, nada de lo impuesto parecía ir conmigo. Llegada la madurez, me topé con todos ellos; estaban donde tocaba porque nunca nadie los arrancó salvo yo mismo utilizando la imaginación.
Los límites están colocados en el lugar justo. Sólo lo extraordinario puede acabar con ellos durante un periodo de tiempo. Pero regresan al lugar exacto. Siempre lo hacen.
El ser humano, desde que lo es, ha intentado ponerlos nombre, darlos forma, representarlos de una manera comprensible. Sin demasiado éxito. Religiones con el miedo por delante, leyes con la vocación de ordenar un día a día caótico, torturas rebasando cualquiera de los límites existentes para intentar colocar otros distintos. Incluso, el hombre ha hecho uso del sentido común para establecer un orden y fijar esos límites. Y eso de utilizar el sentido común, como todo el mundo sabe, se deja para ocasiones especiales y de importancia.
¿Dónde están situados los límites? ¿Se puede saber algo así? Naturalmente, no hay nada ni nadie que indique el lugar exacto en el que se encuentran. Además, los personales no coinciden con los que colocan las sociedades, las religiones o la moral. Cada cual coloca los suyos pensando que el lugar exacto es el elegido. Y cada cual los sobrepasa si encuentra una excusa potente.
Pero, entonces ¿hasta dónde debo llevar las cosas si es por amistad? ¿Debo ser leal hasta la sumisión? ¿La dignidad de las personas es la misma si hablamos de un asesino o un niño recién nacido? Preguntas que nos llevan a otras más difíciles de contestar. Pero una contestación sirve para todas las preguntas: si el sujeto comienza a retroceder como persona, si su esencia se ve dañada o, simplemente, amenazada; el límite está allí, en ese lugar exacto. Y hablo de todos los sujetos que se vean involucrados en una misma situación.
Cualquier relación entre individuos debe plantearse en igualdad de condiciones. Si uno se convierte en esclavo, en un ser sumiso o pierde algo de su esencia; la relación, sencillamente, debe eliminarse. Siempre que pienso en esto, me viene a la mente Hitler y los que le rodeaban. ¿Fueron leales a Hitler o perdieron por el camino toda la lealtad que nos debemos a nosotros mismos? ¿Eso es lealtad o idiotez? ¿Puede alguien sentirse leal asesinando a medio millón de niños en las cámaras de gas? Rebasados los límites ya no hablamos de lo mismo. Amistad, amor, lealtad, solidaridad o lo que sea, desaparecen para dejar espacio a la locura, a la falta de humanidad, a la esclavitud, a la violencia o a lo que sea. Y estas últimas nunca pueden aparecer en nombre de los valores. El ser humano, al traspasar los límites, se asoma a un abismo tremendo. Desde allí se observa lo que uno no puede ser y, sin embargo, ha llegado a tocar. Momento de regresar y asumir que los límites son intocables. Toca regresar si es que se puede.
Pienso en las cosas del amor. La tendencia es arrasar con los límites. Sobre todo en esa fase de enamoramiento que nos convierte en idiotas transitorios. Si esos límites se rebasan suelen generarse problemas. Dejar todo por el amor a un hombre o a una mujer (menuda tontería). Dependencia absoluta de uno respecto al otro. Sumisión. Relaciones que se establecen desde la desigualdad y terminan en terrenos muy delicados, insoportables y peligrosos.
Hay que sentirse libre para poder serlo. Por tanto, no es posible manejar valores si otro o uno mismo traspasa esos límites tan difusos. No es posible la lealtad, el amor, la amistad, la valentía o la honestidad, si una de las partes está más allá de la frontera. El que transita los territorios que están más allá suele estar perdido. ¿Cómo alguien puede pensar que una paliza a la esposa está justificada? Sólo estando perdido, vagando sin rumbo, equivocado, condenado y condenando a otros.
¿Dónde están los límites? En nuestra esencia. En la suma de nuestros aciertos y de nuestros errores.


nov 25 2013

¿Plan A o Plan B?

Comienza a llover. Miran a través de la ventana. A la terraza le están saliendo lunares, dice. Se sientan. La mesa es pequeña. Ensalada, filete de pollo a la plancha. El día ha sido difícil para los dos. Hablan. No coinciden. Los puntos de vista se encuentran en los extremos. Discuten. Él se levanta.
-Está bien. No me vas a convencer. Déjalo así.
-Por cierto, hablando de convicciones, ¿te has pensado lo de tener niños?
-Cuánto más lo pienso más dudas tengo.
Alza la mano. La ira incontenible tensa los músculos del hombre. Ni siquiera sabe por qué razón lo hará, no sabría explicarlo, pero va a descargar el golpe. Con fuerza, con brutalidad. Poco después, pedirá perdón y el miedo regresará para concederle una nueva oportunidad en nombre de ella. Es como arrancar la cola a una lagartija o pisotear hormigas. Se hace. Un leve arrepentimiento mientras se contempla el dolor, la huída. Y vuelta a empezar. El miedo coloca todo en su lugar. Miedo. Perdón. El ciclo completo. La mano levantada se cierra. Los tendones trabajan al límite. Las uñas que se clavan ligeramente en la palma de la mano. Puede sentir el placer del sonido que llega, el calor del golpe, los gemidos cortejando su éxito.
-Imagina. Viejitos, rodeados de hijos, de nietos. O imagina. Más solos que la una tumbados en una hamaca.
-Quieres que me invente una vida entera.
-Pues es lo único que tenemos y es gratis. ¿Fregamos los cacharros?
-De acuerdo. ¿Has pensado en una pila hasta los topes de biberones, platos, platitos, cucharas, tenedores y objetos diversos de dudosa procedencia? Miles y miles de cosas por lavar.
-Para eso se inventaron los lavaplatos. Para que te puedas imaginar una vida feliz. Para que no tengas dudas, dice mientras ordena algunas cosas, mientras deja que piense en el futuro, que construya poco a poco del único modo que es posible.
La mujer cae. Se acurruca en una esquina. Una patada en el costado corta la respiración con la prisa de las navajas. Parece que abandona aunque el gesto queda a medio camino. Otro golpe. Esta vez con la mano abierta. Puta, puta, puta. Al fin. Ya se va. El mundo se vacía por los cuatro costados. No inventaré más excusas, tengo que salir de aquí. No puedo más, no puedo más. Llega al bar y pide una cerveza. No sabe que ha llegado hasta allí pisoteando sus propios restos. Abre y cierra la mano dolorida. Miedo. Perdón. No pasa nada.
-Si es niño se llamará como yo. Y si es niña como yo. También.
-Ya hablaremos de eso. Anda, apaga la luz. Es tarde.