mar 11 2014

Miles de millones

Lo que esperamos de los demás es siempre lo que acaba con las relaciones. Sean del tipo que sean. Nadie tiene lo que queremos en el momento exacto, ni lo puede entregar de la forma que deseamos.
Espero esto y lo que recibo es aquello, y lo espero hoy aunque me llega mañana. Esperaba que me lo entregaran con cariño y me lo encuentro sobre la mesa sin una nota de él o de ella. Todo se derrumba. En realidad, todo lo destrozo.
Cuando espero algo lo hago olvidando si lo merezco, si he hecho todo lo posible para conseguirlo. Perder esto o aquello lo achaco a que el otro es un mierda sin corazón. No recuerdo todo eso con lo que he ido golpeando sin compasión hasta hacer tambalearse el mundo entero. Me cargo de razón, culpo al otro, arremeto contra él en reuniones con amigos comunes, entre los familiares, me convierto en víctima exclusiva. Asunto arreglado. Todo tiene un porqué, pero yo me ocupo de olvidarlo o de esconderlo.
Siempre que pienso en esto tengo en mente una imagen muy simple. Dos bolas metálicas se cruzan y siguen su camino. Dos bolas metálicas ruedan trazando caminos paralelos. Dos bolas metálicas chocan al encontrarse y toman direcciones distintas. Algunas se acercan entre sí al rodar , pero nunca puedo ver ninguna junto a otra moviéndose al mismo tiempo. Siempre encuentran un grano de arena que desvía a una, siempre el terreno es irregular e impide que el camino sea el mismo, siempre contemplo con tristeza cómo un leve roce envía una de las bolas metálicas hacia otro lugar. Y todo esto hay que saberlo o intuirlo si no quiero convertir mis relaciones interpersonales en un constante fracaso. Y todo esto hay que saberlo o intuirlo para entender que en cuanto encuentre una superficie más irregular mi dirección será otra. Aunque lo importante, lo verdaderamente tremendo, es que nunca las direcciones fueron iguales, ni siquiera parecidas. No, no lo fueron aunque lo proclamé a los cuatro vientos. Las bolas salieron de distintos puntos con caminos alejados y el azar las acercó para que se separaran poco tiempo después. Nunca las trayectorias fueron coincidentes.
Por eso no podemos esperar nada de nadie salvo lo que nos quieran entregar, como quieran hacerlo y en el momento que ellos decidan. En eso se fundamenta la verdadera amistad. Nada se espera, nada se promete, nada pasa si las direcciones cambian porque cada camino es exclusivo, único. Nada ni nadie tiene derecho a modificar a golpes las cosas, ni a dar esos golpes fingiendo no haber hecho nada por el camino.
Somos miles de millones de bolas metálicas rodando en diferentes planos. Cada una de ellas comenzó a moverse en un punto exacto y terminará de hacerlo en otro. Por el camino tendremos que cruzarnos, rozar, acelerar o frenar en seco. Y habrá momentos en los que fallemos, en los que nos pidan y no podamos dar porque nos alejamos gracias a un golpecito que me diste tú que ahora lloras con rabia. Durante un tiempo iremos ligeros junto a una nueva bola que, sin saber porqué, modificará el rumbo. Chocaremos con violencia con otras. Y un buen día pararemos en ese punto sin espacio ni tiempo. Esperando un puñado de cosas que nunca llegaran, sin poder entregar lo que nos pidieron, habiendo desperdiciado miles de oportunidades por acelerar a destiempo o frenar cuando era innecesario. Esperando o haciendo esperar. Perdiendo un tiempo que no teníamos.


mar 4 2014

Cuatro paredes

El lugar en el que escribo.
Hoy es azul intenso, una caja transparente sin su cinta dentro -esa música que aprendí de memoria por si la llegaba a perder-, el olor que deja un cigarro abandonado, la urna en la que encierro la idea por llegar.
Un nuevo álbum de fotos en el que se amontona la vida, el entusiasmo de otros que agasajan con lo que pueden para parecer lo que desean. Un cuaderno nuevo que miro con la palabra en la palma de la mano.
El proyecto más loco de todos rodeado de los más locos de todos. Renovado entusiasmo que trato de trasladar. Recibido bajo una lente que engrandece.
Luce empapelado de lo verdadero, de lo que siempre queda. Lo efímero ya fue cepillado, barrido.
Rodeado de millones de frases trazo figuras en el aire. Escuchando.


feb 28 2014

50

Cincuenta años son muy largos para vivir. Insignificantes para tener que morir. Durante cincuenta años puede pasar cualquier cosa. Te alcanza lo mejor, lo prescindible, lo impensable, terremotos emocionales, la tranquilidad del sueño conseguido y, sobre todo, te alcanzas a ti mismo.
Antes corrías detrás del niño inquieto, del joven inmortal que tantas dudas mostró hasta aprender, de un adulto que debía cercar el futuro sin dejar huecos peligrosos. Antes corrías, pero ahora te esperas, ves cómo llegas con más de la mitad del trabajo ya hecho. Esperas tranquilo. Tal vez quede lo peor o lo más extravagante; quizás un éxito nunca deseado. Tal vez. Pero esperas, aguardas tranquilo. Y sea lo que sea que tenga que suceder será recibido con el ánimo suficiente.
Cumplo cincuenta años sin querer mirar a otro lugar que no sea lo queda, porque eso es eterno. La familia, las ausencias, los buenos amigos. Y mis cosas más íntimas. Lo pasado ya es poso que se arrastra sin remedio, que moldea hasta el último átomo. Aunque eso no debe pensarse; debe vivirse y con tanta intensidad como sea posible. Porque vivir es haber estado, haber sido, haber fallado o haber arañado unos minutos de felicidad a la realidad más hostil.
Cumplo cincuenta años sin gastar un solo instante en pensar lo que pudo ser. Prefiero seguir arrimado a lo que sí tengo.
Cumplo cincuenta años con alegría al mismo tiempo que celebro no cumplirlos. Un año más, falta un veintinueve para vivir la fiesta mudada de lugar.
Cincuenta años y los proyectos que siguen llegando, y las ganas de cambiar el mundo intactas; y la felicidad por seguir ayudando a los pequeños cada mañana con la ropa y la que se busca tratando de encontrar a los mayores donde toca. Compartiendo con ella la mitad del tiempo; tiempo que habrá que multiplicar por dos para tumbarnos frente al mar.
Cumplo cincuenta años sin renunciar a nada. Cumplo cincuenta años siendo yo.


feb 22 2014

Simular el olvido

Lo mejor que podemos hacer es asumir lo que nos pasa en esta vida como algo inevitable. Las cosas suceden y ya no pueden cambiar. La vida se llena de manchas, de parches o de zonas luminosas que se apagan con facilidad. Es absurdo que intentemos hacer desaparecer las cosas que nos molestan, que nos hacen sufrir o que tenemos por innecesarias. Nos guste o no, siempre quedaran de alguna forma en el lugar que ocuparon. Recuerdos, una cicatriz o un sonido susurrado que no dejas de escuchar. También es ridículo intentar que lo que más nos agrada sea eterno. Eso, lo mejor de la vida, termina siendo un recuerdo, una cicatriz o un sonido susurrado que no dejas de escuchar. Ambas cosas, si se las convierte en parte de un disfraz, nos hacen infelices, nos borran del escenario. Lo bueno es efímero, lo malo también. No podemos alargar o hacer más chico nada de este mundo. Cada cosa ocupa su lugar exacto, su tiempo.
Negar nuestro entorno es lo mismo que arrancarnos de cuajo parte de lo que nos ha tocado ser. Las malas experiencias nos pueden hacer evolucionar para conseguir alguna cosa, poco antes, improbable. Y pudiera ser que las mejores vivencias nos convirtieran en seres mezquinos. La suma de todo es lo que nos dibuja con trazo grueso. Ser consciente de esto nos permite pulir ese dibujo basto para que lo esperado llegue. En otro tiempo, en cualquier lugar inesperado. Somos lo que queremos en la medida en que hacemos nuestras las experiencias; aparecemos cuando decidimos reflexionar sobre cada minuto malgastado. De nada sirve llenar el saco de un olvido mentiroso que rebosa miedo. Eso es el olvido fingido. Miedo. Estamos hartos de convivir con nuestros enemigos, con gente que te arrancaría la piel a tiras si pudiera, con un buen puñado de anormales a los que hay que aguantar porque tienen la posibilidad de hacer mucho daño. Sin embargo, no somos capaces de arrimarnos a nuestros fantasmas para enfrentarlos con calma, con sensatez. Siempre fue más fácil soportar a los demás que a uno mismo. Eso son los fantasmas personales. Uno mismo disfrazado de fracaso. Un payaso triste.
Cualquier cosa que sucede es yo. Mis fantasmas son yo. En un lugar exacto, en un tiempo que no corre más aprisa al cerrar los ojos.Por eso escucho música a solas, leo encerrado en mi habitación o camino sin saber donde llegaré. Estar a solas me hace mirar una sombra movida por lo que soy. La mía, la que se refleja allá donde voy. Llena de manchas, de luces, de susurros.

feb 20 2014

Un lugar extraordinario

El mundo está por inventar. Del mismo modo que la codicia de algunos hombres y mujeres reducen las sociedades a lugares de sufrimiento y a un territorio de pastoreo en los que los seres humanos son arrinconados en una falsa felicidad (esa que consiste en poseer aquello que no se necesita y otros te lo han colocado como una necesidad absoluta); todos tenemos la obligación de convertir nuestro entorno en algo amable, en un lugar extraordinario. El gran reto del hombre actual es dar la espalda a un sistema económico injusto y que se ha convertido en una trituradora de personas; el gran reto es diseñar lugares en los que las personas de todo el mundo se sientan orgullosas de estar, de ser.
Alguno estará pensando que sí, que esto es muy bonito, pero que resulta imposible. Otros pensarán que resulta imposible dar la espalda a ese sistema económico sin que se produzca un colapso total que convertiría en un infierno el planeta entero y provocaría sufrimiento a muchas más personas que las que en este momento carecen de esperanza. Pero ¿no estamos ya colapsados desde una perspectiva humanística? ¿No es un caos absoluto que millones de personas mueran de hambre mientras muchos menos acumulan riqueza y bienestar? Aquí lo que sucede es que nuestro sentido solidario es insignificante y tramposo; aquí lo que pasa es que nuestra libertad personal la hemos reducido a tener luz en casa (eléctrica) y agua caliente, a poder gastar dinero en gilipolleces. Aquí la única verdad es que somos miedosos, que no estamos dispuestos a sacrificar nada de lo que tenemos. Claro que podría cambiarse el mundo. Claro que sí. Aún me emociona ver cuadros y fotografías de aquellos que agarraban una bandera y no daban un paso atrás si les rozaban su libertad o sus ideales.
¿Qué le ha pasado al ser humano? ¿Tanto esfuerzo para quedar reducidos a esto? ¿Tanto ha cambiado nuestra condición? No quiero creerlo. El hombre nunca tuvo vocación de avanzar formando dóciles rebaños. El hombre lo que siempre tuvo fue vocación de ser inmortal siendo mortal. Y así demostramos ser mortales como cualquier otra especie conocida. El poder de los medios es tan poderoso que nos está dejando reducidos a la mínima expresión.
El mundo está por inventar. El mundo debemos rediseñarlo. Desde luego, nunca delante de un televisor o mirando con cara de lelos lo que sucede. Hace poco asistimos a unas jornadas en Gamonal que dan mucho que pensar. Lo de Ucrania es otra cosa aunque no se aleja de esa rebeldía que caracteriza a cualquiera que se siente pisoteado (lo digo con todas las reservas asistiendo en directo a una batalla campal inadmisible y no seré yo el que defienda un solo gesto violento).
¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar si, a cambio, tuviéramos la certeza de un mundo mejor para todos los hombres y mujeres del mundo? Me temo que no muy lejos. Nos han llevado a la renuncia personal, al abandono de ideales, a una renuncia impresentable frente a lo que pintamos en este lío que es la vida. Todos sentimos vergüenza aunque no nos movemos.
Sin embargo, esto cambiará porque el ser humano necesita sentir que lo es. En nuestras manos está la posibilidad de pasar a la historia como una página oscura (otra más) o como aquellos que tomaron una decisión crucial; la de ser personas y luchar por su condición más íntima.
No estaría mal pensar en ello. Ya lo han hecho durante demasiado tiempo por nosotros. Es nuestro turno.


feb 10 2014

Sobre la capacidad de amar

Lo extraordinario en la vida de un ser humano no es comer, o dormir, o soñar, o tener una fuerza notable. Eso, cualquier otro animal lo puede hacer. Lo extraordinario, lo que hace de la vida algo completamente extravagante, es la capacidad que tenemos para poder amar. La fidelidad de un perro con su amo no puede confundirse con el amor que una persona siente por otra. El instinto maternal de una fiera no puede compararse, jamás, al amor que una madre siente por sus hijos desde que los trae al mundo hasta que muere. Nada puede compararse al amor de un ser humano. Nada.
Lo extraordinario de nuestra existencia es que, llegado el momento, amamos hasta extremos inimaginables. Y lo podemos convertir en una obra de arte. Un poema, un lienzo o una mirada auténtica e irrepetible. Es en ese momento cuando la maquinaria comienza a funcionar.
Es por esto por lo que resulta (absurdo y, también, extravagante) que otros sentimientos (tan humanos y diferenciadores como el amor) son los que muevan el mundo. El odio, la codicia como falta de lealtad con la humanidad o la venganza (sirvan de pequeños ejemplos), son algunos de esos motores que hacen incomprensibles lo que sucede desde que el hombre es hombre. Un amor fallido, la rabia por no poder ser amado, la venganza ante una infidelidad, lo que sea que tenga que ver con ese amor primitivo y tan arraigado que nos limita el mundo peligrosamente, nos hace víctimas de lo mejor que tenemos.
Se ha repetido tanto esto que digo, se ha desgastado tanto la idea del amor como elemento imprescindible, que parece que no es cierta, que es cosa de cursis sin valor alguno. Sin embargo, es tan cierto que el amor es lo único que nos puede sacar del atolladero que nosotros mismos hemos creado, como que nunca lograremos esa justicia, esa igualdad entre todos los seres humanos que tanto anhelamos, sin poner por delante de cada cosa la dosis de amor necesaria.
Tal vez el problema sea que no sabemos hacerlo, que se nos quedó olvidada en alguna parte nuestra capacidad de amar o que, sencillamente, nos provoca angustia hacerlo al saber que acechan peligros que acabaran con un sentimiento que nos debería guiar desde el principio hasta el final. Tal vez el problema sea que amamos la cosa equivocada en forma de papel moneda, de vehículo o de joya. Quizás, lo más doloroso, sea que canalizamos nuestro amor y nos encontramos con muros insalvables que nos llevan a la desesperación para que aparezcan nuestras pasiones más bajas; esas que nos convierten en lo que nunca deberíamos. En animales parecidos a los animales.


feb 8 2014

Lejos de la escotilla

Hubo un tiempo en el que mi deseo fue llegar a ser un buen buscador de oro. Era un crío. No recuerdo la causa por la que renuncié a serlo. Me interesa poco. O nada. Más tarde quise ser conductor de autobús. Me parecía fascinante poder manejar un vehículo tan aparatoso. Creo que renuncié a la idea cuando vi que uno se bajaba para entrar en el baño de un bar con el dedo metido en la nariz. Así son los chavales. Se topan con la realidad, de buenas a primeras, y la decepción es grande. Y pasajera (apenas se queda un instante). También me rondó una extraña idea. Me gustaba mucho imaginarme en un submarino. Concretamente en la sala de máquinas arreglando motores (son los que en las películas ven morir desde la escotilla, sin remedio, a los compañeros o los que mueren siendo observados por el único que se salva. El orden podía variar dependiendo de donde me colocase en cada momento aunque reconozco que solía salir ileso de todo aquello). Por último, un buen día, tomé la decisión de dejarme llevar. Que sea lo que el destino me tenga reservado. Algo así supongo que se me pasaría por la cabeza. Y aquí estoy pensando en lo que el destino reserva a cualquiera de nosotros.
Una cosa es segura: todos terminaremos enterrados o metidos en un jarroncito que luego alguien vaciará llorando amargamente en nuestro bosque preferido. O nos meterán en una vitrina junto a la vajilla. Es esta una certeza que nos convierte en lo que somos. Es la compañía de una muerte segura lo que hace que cambiemos de rumbo, que lo equivoquemos con tanta frecuencia. Deseamos convertir lo efímero en eterno, dejar constancia de que por aquí hemos pasado haciendo algo grande. Nos gusta ver como se inunda la sala de máquinas desde una escotilla protectora. Siempre lejos de la muerte. Por ello nuestro destino se dibuja desde lugares que no nos corresponden y nos hacen más infelices. Porque el tiempo no se alarga y somos miedosos. Nos guste o no. Y por esa misma razón preferimos pensar en un destino agradable que nos abofeteará de forma inesperada provocando un dolor reservado mucho antes para esa ocasión. Nos guste o no, también.
Llenamos nuestra vida de destinos inventados. Cualquier destino sirve excepto el que nos lleva a la muerte. Pero casualmente todos los destinos acaban junto a la parca. Así que voy a seguir en mis trece. Prefiero dejarme llevar. Que sea lo que el destino me tenga reservado.
De momento voy a continuar escuchando la sinfonía número uno de Edward Elgar, tomando un refresco con mucho hielo y mirando la calle desde la ventana. Es lo mejor que se puede hacer después de pensar en la muerte. Eso o intentar mirar desde la escotilla todo lo que pasa alrededor. Y puestos a mirar prefiero la calle. Mejor desde la ventana.
Nos vemos al final del camino.


feb 3 2014

X + (Y/2-Z)= Novela

Lo que es un hombre o una mujer interesante puede que no tenga ningún atractivo. Saber qué es exactamente, qué significa ser interesante, toma importancia, como todo, de lo necesario, de lo que logre acercar a lo real. Y de su utilidad.
Hace unos días planteaba esa cuestión a mis alumnos del Liceo Europeo. Tengo por costumbre no confesar el objetivo de mis clases para que sean ellos los que se topen con él. Lo único que pregunté fue: ¿qué es un hombre o una mujer interesante?
Después de los primeros acercamientos (un hombre guapo, alguien con el que se pueda hablar de cualquier cosa, el que guarda un misterio que jamás enseña o el que mira sin que le puedas adivinar el pensamiento) fuimos avanzando hasta que llegamos a un par de conclusiones. Un hombre interesante es el que encuentras siempre un paso más allá por su capacidad de sorpresa y por una reflexión siempre más profunda que la tuya. La mujer interesante es una persona inteligente. Si los hombres se fijan en una dama y no es eso lo que ven (la inteligencia) dirán que está muy buena, nunca que es interesante.
Vale. Lo de menos es si las conclusiones eran las más acertadas o profundas. Son chicos y chicas de once años en adelante. Los mayores llegan a los dieciséis.
Lo importante era (como hacemos de forma habitual) pensar sobre lo que decimos y averiguar para qué sirve profundizar en aspectos cotidianos. Eso y cómo influye en el proceso creativo al escribir.
A veces un personaje demanda estar acompañado de otro que tenga unas cualidades determinadas. Por ejemplo, por alguien que sea muy interesante. Y si no tenemos claro lo que es, estamos perdidos. Si queremos perfilar un personaje interesante y nos sale un cretino vestido con trajes hechos a medida, el relato no funcionará en la vida. Porque el relato es personaje en la novela actual.
Escribir requiere un planteamiento anterior. Por qué, para qué y cómo. A pesar de todo, nos podemos encontrar con obstáculos inesperados cuando la trama avanza por caminos que no teníamos previstos. Y debemos estar preparados para resolver lo que nos toque. En definitiva, un escritor ha de saber de todo, tiene la obligación de pensar sobre el mundo. Mirar y pensar. Mirar y pensar. Sin descanso. Así se consigue, posiblemente, impostar una voz femenina en el caso de los escritores o al contrario.
Es casi una cuestión matemática. Si nuestro personaje necesita X hay que darle eso y no otra cosa. No algo que se parezca. No. Sólo sirve arrimarle esa X. Novela es igual a X más Y. Novela = X + Y. Sabiendo lo que es cada cosa el relato se desarrollará con más facilidad. Si alguno de los términos es difuso, está mal diseñado o falta, el resultado será que estamos escribiendo otra cosa diferente a lo deseado. La suma de las incógnitas (que iremos desvelando frase a frase) dará como resultado un texto coherente en sí mismo. Ya sé que la ecuación puede ser mucho compleja, pero, como ejemplo, creo que puede servir.
Y todo se llenó de sentido. Al escribir toda la experiencia toma sentido.
Ese era el objetivo último de mi clase.
Ahora saben que el día que definan lo que es un hombre o una mujer interesante tendrán una parcela enana del mundo algo más clara, que lo entenderán de otra forma y su escritura evolucionará porque lo hace su cosmos. Sólo eso. Todo eso.


ene 27 2014

El cambio de todos

Nuestra civilización está en plena decadencia. Y la razón fundamental por la que nos encontramos en esa situación es que hemos intentado cambiar el mundo, hemos querido modificar el universo entero, sin sentir la necesidad de cambiar nosotros mismos. Esto ya lo intentaron los romanos, los griegos o los faraones. El resultado, en aquellas ocasiones, fue nefasto. Igual de malo que el que nos espera a nosotros.
En occidente, concrétamente en Europa, está sucediendo algo que parece no preocupar a nadie y que, sin embargo, es lo único con lo que nadie contaba hace algunos años –cuando la idea de una Europa unida además de fortachona se iba moldeando- y se ha presentado sin invitación previa. La periferia. Está acomodándose y tiñendo todo lo que encuentra en su camino en el viejo y maltratado continente. Ya somos parte de su familia.
Todos aquellos países que esquilmamos en su momento, todas las naciones que pasaron largos años sometidas por los europeos; se han convertido en auténtico motores de la economía, en almacenes de nuevas espiritualidades (un valor bastante despreciado en occidente), en sociedades modernas. Porque aunque sean distintas a la nuestra, son modernas. En Europa todo lo que es distinto a lo nuestro se toma por atrasado y cosa de locos, por producto del fundamentalismo más canalla. Tal vez, sería conveniente revisar nuestra percepción del mundo porque ¿quién dice que la modernidad está representada por nosotros y no por ellos? Nuestra maldita soberbia no nos deja ver más allá de nuestras propias narices. Sea como sea, igual que a los romanos les invadieron y les vencieron; los países que eran periféricos y pobres, nos han invadido, nos están comprando a poquitos. Y lo peor de ese tsunami está por llegar. Eso sí, nosotros seguimos eligiendo traje de baño para estar guapos el día que la ola enorme llegue. Naturalmente, esa invasión a la que me refiero no es militar. Se trata de algo más pacífico aunque igual de demoledor. Se compran unos miles de millones de deuda soberana de los países a invadir, se ofrece a las empresas más poderosas que se instalen en los países invasores (eso sí, a precio de ganga para que allí trabajen cobrando una miseria y aquí juguemos al mus o algo) dejando la industria europea patas arriba y, como colofón, nos mandan unos millones de personas para que trabajen aquí (a precio de ganga, también) e instalen sus negocios en los que puedan vender toda clase de producto a precio de ganga y dejando sin opciones a los fabricados en Europa. La palabra clave es ganga. Supongo que ya estarán preparando grupos específicos expertos en mus para no dejarnos ganar ni a eso. Pero nosotros no nos preocupamos; nosotros a lo nuestro; nada de cambios porque somos lo más de lo más. ¿No hubiera sido más adecuado y más justo instalar nuestras fábricas en otros países para que la calidad de vida de allí se pareciese a la nuestra? ¿No sería más humano y más apropiado pagar lo mismo a un inmigrante que a un trabajador local para igualar las condiciones por arriba?
Quisimos cambiar el mundo desde la prepotencia, desde la desigualdad social, desde nuestras creencias religiosas (tan fanáticas como las lejanas, todo hay que decirlo); despreciando lo de otros, sin respeto alguno por lo que diferencia aparentemente a los seres humanos, pero que, sin embargo, nos hace iguales en lo profundo, en la esencia. Es curioso que, ahora, queramos mantener nuestros privilegios con los mismos argumentos y con la misma actitud. Por no cambiar, no hemos cambiado ni eso. Quisimos cambiar el mundo sin evolucionar nosotros mismos o haciendo evolucionar todo hacia nosotros para que fuese a nuestra imagen y semejanza. Nos dijeron que eran más salvajes, que sus dioses eran pequeños ídolos sin importancia, que estaban lejos, que nunca podrían salir adelante sin nuestra tecnología, sin nuestro dinero, sin nuestro talento para hacer o deshacer. Nos dijeron que éramos intocables. Y, por supuesto, nos creímos el engaño.
Sin embargo, ahora, siendo como siempre fuimos y sin ánimos de cambio, nos encontramos en la cola del pelotón. En la periferia. Ya sé que un buen número de países quisieran estar la mitad de bien que nosotros, que tienen un índice de pobreza que debería hacernos sentir vergüenza, unos niveles de analfabetismo exagerados y que sus dirigentes son corruptos y opresores. Eso ya lo sé. Pero me temo que las diferencias se acortan. Ya veremos si, de aquí a unos años, no prefieren quedarse como estén en lugar de parecerse a nosotros. Nuestros pobres son, cada día más pobres; nuestras clases medias tienden a desaparecer; estudiamos aunque nos enseñan cosas que nos impiden ver el mundo con claridad; nuestros políticos son tan corruptos como los de las repúblicas bananeras (la diferencia es que visten algo más formales).
Hemos confundido la evolución de las personas con los avances técnicos, hemos olvidado lo importante del ser humano para centrarnos en las máquinas, en el dinero y en la posesión de cualquier bien material. Hemos olvidado la felicidad, la solidaridad. Lo fundamental. Y estamos en la periferia por ser tan zoquetes. Cuando en una sociedad los ancianos mueren en las residencias más solos que la una es que algo no va bien. Cuando una sociedad se conforma con imitarse a sí misma todo termina siendo una caricatura. Olvidar los orígenes es mortal para cualquier civilización. Lo mismo ocurre perdiendo esa capacidad de búsqueda del sentido de nuestra existencia. No recordamos que nuestra función en este mundo es lograr que el ser humano sea más y mejor. Pero, sobre todo, nos hemos olvidado de cambiar, de buscar y buscarnos como personas. Ese es el cambio importante y no el del dólar.


ene 20 2014

Padres y futuros ajenos

Los padres de hoy en día andamos obsesionados con algunos asuntos que tienen que ver con nuestros hijos y, llegado un momento determinado, poco o nada con nosotros mismos. Asuntos que llevan irremediablemente al mismo lugar, a un territorio común de todos los padres y madres del mundo, que resulta aburrido y casi estúpido. Los hijos (los propios porque los de los demás nos traen al fresco) deben ser lo mejores en todo, los más inteligentes, los primeros en escribir, en dar el primer paso, en decir ajo siendo bebés. He asistido a verdaderos dramas porque una madre comprobaba, entre grandes lamentos, que otro niño echaba los dientes antes que el suyo. Los mejores en algo, al menos en algo; en lo que sea.
Alguna vez he dicho que, si a unos padres cualquiera, les comunicásemos que su hijo es justito intelectualmente aunque un santo, la mejor persona del mundo, esa pareja se deprimiría y viviría en la eterna desesperación. Por el contrario, si unos padres se enteran de que su hijo es listo como el hambre, muy inteligente y muy mamón porque no deja hacer su trabajo a los profesores o porque sacude estopa a los compañeros, correrán a gastar chistes sobre el chaval; fíjate, nos tiene loco, hay que ver con lo listo que es y lo malote que nos ha salido, ji ji ji, ja ja ja. Así están las cosas. Esto es algo mucho más habitual de lo que parece. Por supuesto, hablo de lo general. Algún caso habrá diferente a lo que digo.
Actualmente, se prima la posibilidad de competir en sociedad en lugar de premiar eso que conocemos por colaborar con la sociedad, trabajar de forma altruista por los más desfavorecidos o, sencillamente, no querer acabar con el de enfrente que parece mejor que tú. Porque, todo hay que decirlo, en esa competencia social parece que ya vale todo. Que nadie se lleve las manos a la cabeza porque esto se puede comprobar con cierta facilidad. A veces es suficiente con grabarse un vídeo a sí mismo.
El absurdo se roza cuando queremos preparar a nuestros queridos hijitos desde la más absoluta superprotección y, posiblemente, desde la intromisión más descarada en sus vidas. Lógicamente, si evitas a tu hijo cualquier roce con la realidad, esa zona dura que nos toca vivir antes o después, la preparación del guerrero se convierte en una caricatura. Y lo de entrometerse en exceso se califica por sí mismo. Los padres gastamos verdaderas fortunas en la formación de nuestros lindos retoños, cada recibo mensual nos parece que es la letra que abonamos por ese trabajo que creemos estar comprando a plazos. Los padres tratamos de influir en las decisiones de futuro de los hijos sin pudor alguno, sin pensar en su felicidad. Eso o obligamos a estudiar esto o aquello al muchacho. ¿Por qué? Porque lo digo yo o porque de algo tendrás que vivir. Debe ser que hemos decidido que sólo hay sitio para licenciados. O que los que estudian letras están condenados al fracaso más escandaloso y los de ciencias van a tener un futuro cierto y placentero. Debe ser que nos estamos convirtiendo en verdaderos majaderos.
Sin embargo, la cosa no está clara. Hace muy poco escuchaba decir a un experto en materia universitaria que las facultades de medicina en España han crecido como hongos por aquí y por allá. Es decir, el número de médicos se multiplicará en unos años. Pues bien, este hombre afirmaba que el paro será una lacra para los licenciados en medicina. Entre la cantidad de ellos que habrá y el MIR, será difícil conseguir un trabajo de calidad o un trabajo a secas. Por otra parte, escuchaba decir a una señorita; experta en lenguas muertas, que lo quiso ser desde que comenzó a estudiar bachillerato; que no le falta trabajo, que, al contrario, no para puesto que no hay profesionales suficientes en ese área. Como ven la cosa no está tan clara como creemos los padres. Eso de obligar a los jóvenes a estudiar esto o aquello para que no se mueran de hambre es algo que deberíamos pensarnos un par de veces. No deja de ser una forma de obligar sin sentido alguno y sin la más mínima garantía de éxito.
Es verdad que, actualmente, es duro abrirse camino en la vida. Tan cierto como que siempre lo fue. Tal vez, no sea la peor de las épocas para hacerlo. Piensen ustedes en la edad de piedra, o en el medievo o, si me apuran, en la postguerra española (que entre unas cosas y otras era muy parecida a esa época de señores y castillos). Es verdad que la formación es necesaria. Siempre fue así. Lo que ocurre es que somos muchos. Ese es el verdadero problema. Muchas personas. Muchas máquinas. Pocos valores.
Pero también es verdad que la felicidad, que no convertir nuestra vida en un valle de lágrimas (cosa muy cristiana que tuvo gran calado durante siglos y seguimos arrastrando como una losa) debería ser una prioridad para todos. De padres, de hijos y de cualquier tipo de espíritu. Estamos perdiendo la perspectiva (si es queda algo de ella) y es raro no pensar que ser feliz significa tener mucho dinero, muchas cosas y, por supuesto, una licenciatura universitaria. Ser feliz es un estado de ánimo muy transitorio que puede llegar con una puesta de sol, con ver a un ser amado superando una adversidad, compartiendo un paseo con alguien al que estimas. ¿Ayuda el dinero a ser feliz? Supongo que sí, que algo facilita las cosas, pero no es ni el único factor ni uno de los más importantes. Ahora, mientras usted lee esto, alguien con el bolsillo lleno de billetes de 500 € está llorando porque se siente solo o porque no es capaz de sentirse amado.
Los padres queremos que nuestros hijos sean los mejores en todo cuando nosotros estamos colocados en mitad de una normalidad que nos ha tratado medio bien. Dejemos de presionar a nuestros hijos, de dibujarles un futuro, porque ya tendrán ellos tiempo de trazar un dibujo a la medida. A la suya. Que sean ellos los que elijan. No vaya a ser que les estemos diciendo no a lo bueno. Dejemos que sean normales. Y convirtamos a cada uno de ellos en muy, muy, buenas personas. Es todo lo que podemos hacer por ellos sin posibilidad de error. Y es lo que hace falta en este mundo. Además, las buenas personas nunca supieron lo que era inscribirse en el paro por ser así.