Cada uno a lo suyo

Acaba de salir por la puerta un tipo que intentaba venderme una enciclopedia. “Los saberes fundamentales del hombre actual: una aproximación al arte y la filosofía del siglo XXI”. Decía llamarse Edelmiro, aunque me ha dado permiso para poderle llamar Maestro.

– Gracias, Maestro, es un alivio dirigirme a usted de una forma más solemne.

Edelmiro ha pasado los últimos catorce años escribiendo los dos voluminosos tomos que intentaba vender o dejar para que pudiera echarles un vistazo sin compromiso hasta que no tuviera más remedio que abonar los cuatrocientos cincuenta euros que cuesta dado que es una obra que engancha (según sus propias palabras).

Lógicamente, he abierto uno de los dos volúmenes con aspecto de cuaderno (de esos en los que se anotaban los apuntes contables a mano en el siglo XX). Y, lógicamente, tenían aspecto de cuaderno porque lo eran.

– Maestro, qué letra tan bonita tiene usted. Un poco pequeña para mi vista, pero preciosa, de verdad.

– Cuando alguien como yo hace algo, lo hace a conciencia.

– Claro, claro.

Edelmiro me ha explicado el contenido de su obra, el objetivo que perseguía al escribirla, que sólo es el comienzo de una extensísima colección de tratados sobre elementos prácticos que una persona humana ha de conocer para manejarse en esta vida y que, por supuesto, cobrar cuatrocientos cincuenta euros era casi simbólico porque lo que yo tenía en las manos no costaba menos de un millón.

– Claro, claro. Pero mire Maestro, tengo mucho trabajo y no puedo dedicar mucho tiempo a leer. Quizás en un par de meses. Si quiere me llama y le comento cómo está la cosa.

– No se ponga nervioso, querido amigo. No hay problema. Le dejo el primer tomo, me da una señal y ya volveré cuando sea preciso. ¿Le parece bien trescientos eurillos?

– Maestro, no se pase. Mire, vamos a hacer otra cosa. Le adelanto veinte euros, se lleva usted los ejemplares para difundir su obra entre el resto de la humanidad y lo dejamos así.

– Cincuenta mínimo. He estado con usted bastante tiempo y las clases particulares yo las cobro mucho más caras.

– Veinte, Maestro, veinte.

Ha protestado mientras agarraba el billete, lo ha estirado levemente por si le estaba metiendo gato por liebre y con una inclinación de lo más divertida se ha despedido.

Ahora continuaré recuperando tiempo y procurando poner al día todo el trabajo pendiente. Entre otras cosas leeré hasta donde pueda un par de manuscritos que me han enviado para que dé mi opinión a sus autores. Viejos conocidos que sólo aparecen cuando tienen algo que pedir. Uno lo ha titulado “Antología narrativa de mí mismo”; el otro “Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita”. Me temo lo peor. Y entre medias intentaré leer las últimas páginas de la novela de D. Juan Benet “Herrumbrosas Lazas”. Más que nada para no perder el poco criterio literario que me queda después de pasar la fase de tortura.

Han pasado veinte minutos desde que escribí la línea anterior. Ya he tenido suficiente. La antología de él mismo comienza con un cuento escrito por su autor mientras estaba sentado en el inodoro. Eso es lo que dice. “Voy a escribir un cuento que te cagas”. Esa es la primera frase del relato. Lo de Santa Rita habla de un hombre tan, tan avaro, que acumula billetes suficientes como para que el piso de su casa no aguante el peso y se derrumbe con él dentro.

Ahora los veinte euros entregados al Maestro me parecen poco. Y pienso que cuando escuche las explicaciones de estos dos autores tendré que invitarles a un café y contestar a sus reflexiones diciendo “claro, claro”. Será mejor. Al fin y al cabo cada cual se puede dedicar a lo que quiera y engañarse como más le plazca. Yo a lo mío.


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