Caída libre

Luzbel es el nombre del ángel más bello y poderoso que jamás se haya conocido. Un día cayó, fue derribado, y su condena es eterna. No se puede coquetear con el poder del más poderoso porque el castigo es cruel y eterno.
El ser humano se ha convertido en Luzbel. Al menos eso ha intentado. Y su caída es un hecho. Rápida, mortal, sin final conocido aunque apesta a desaparición. No se puede coquetear con la divinidad cuando se es mortal e imperfecto. Hemos jugado a ser dioses dejando la mortalidad para los más desfavorecidos, para los que no tienen un puto recurso que les permita prosperar. La bota de los falsos dioses ha pisoteado su existencia sin compasión. Y digo esto porque algunos han decidido -otros hemos consentido- hace mucho tiempo que seres humanos son los que viven en una zona concreta del planeta. La aristocracia viva. El resto son gusanos. El hombre actual está muy pegado a la filosofía de Nietzsche. Casi nadie lo sabe, pero es así. En realidad, casi nadie sabe nada. Somos un Luzbel cutre y patético y cruel y cualquier calificativo que llene de mugre nuestro mundo.
Lo peor de todo es que presumimos de nuestra condición. Es curioso que, siempre, aludimos a nuestra inteligencia, a esa diferencia absoluta con el resto de especies, para declarar nuestra condición algo casi divino. No queremos entender que esa capacidad de reflexión nos diferencia, es verdad, pero porque declaramos guerras, cometemos injusticias o las justificamos, amasamos fortunas sabiendo que eso es la pobreza de otros, destrozamos nuestro planeta a un ritmo miedoso. ¿Eso significa ser inteligente? ¿Eso es nuestro gran capital, lo que nos hace llegar más lejos que cualquier otro ser vivo conocido?
Habrá gente que diga que no, que no declara guerras, que no hace pobres a los demás, que no a todo. Y yo digo que aquí no se libra nadie. Somos ciegos ante lo que nos puede rebañar algo de comodidad y bienestar. La inteligencia también nos convierte en cínicos.
Ya sé que hablo de algo que no tiene solución; ya sé que todo esto queda muy bonito aunque no lleva a ninguna parte. Pero también intuyo que si todos tuviéramos una idea a la que agarrarnos, un discurso que pudiéramos manejar con solvencia; la cosa cambiaría. Nos han convertido en ignorantes y en miedosos. Si añadimos nuestro cinismo y una inteligencia atrofiada que sólo entiende de uno mismo; el problema es tremendo.
Somos Luzbel. La caída es libre. Y, a diferencia del ángel que nunca tuvo ni tendrá posibilidad de perdón, podemos arreglar las cosas antes de llegar al fondo de un pozo que desconocemos lo que mide. Pensar es gratis. Leer a los que saben de esto o aquello es gratis. Las ideologías también lo son. Crecer como personas es el único remedio para sacar esto adelante. Y la televisión nos empequeñece, opinar sin saber lo que se dice lo mismo, pegarnos a la opinión de mequetrefes que dictan la vida desde un micrófono a base de amenazas monstruosas es indecente (decir barbaridades y creerlas sin más). Las listas se llenarían por un lado u otro.
Somos Luzbel. Y aquí nadie hace ni dice nada. Y creo yo que ya va siendo hora.


Comentarios cerrados.