Carta abierta al Señor Wert

Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte:
Me dicen que anda usted molesto porque, allá donde va, le reciben con un abucheo, con peticiones de dimisión o desplantes por doquier. Además, se queja porque, según usted, no hizo un desplante nunca a nadie.
Y digo yo que usted lleva desplantando a la sociedad española desde que le sacaron de las tertulias televisivas para formar parte del gobierno. Señor Ministro, aunque crea usted que los españoles son un grupo enorme de catetos y borricos (que no merecen nada que no sea un trozo de pan y algo de televisión basura cada día), aunque desprecie a sus paisanos en cada declaración pública que realiza (un insulto a la inteligencia de todos cada vez que abre la boca); aunque dibuje la sociedad española como si se tratase de un rebaño del que cuidan cuatro señoritos muy estudiados (o que han pasado por la universidad y siguen siendo más tontos que pichote con título universitario y todo); aunque crea que todo esto es verdad, le tengo que aclarar algunas cosillas que le vendrán muy bien cuando le destituyan o tenga que dimitir a toda prisa.
Los desplantes que recibe son el resultado de lo que usted mismo viene haciendo durante estos meses que nos ha tocado soportar su gestión. Le recuerdo que según el diccionario de la lengua española, desplante en un dicho o acto lleno de arrogancia, descaro o desabrimiento (dureza de genio, aspereza en el trato). ¿No está usted siendo arrogante en su gestión como ministro? ¿Cómo es posible que alguien ponga en su contra a todos los demás (sí, sí; a todos los demás) si no es por su arrogancia, su trato distante e indiferente o su falta de sensibilidad ante los problemas comunes? ¿Es arrogante dictar una ley de espaldas al conjunto de la sociedad escudándose en un puñado de votos? ¿No le parece arrogante mirar la cultura como si fuera cosa de progres o la educación como cosa exclusiva de idealistas descerebrados?
Me dicen que el problema se centra en que no puede pagarse en parte la formación de aquellos que no lleguen a una nota media de 6,5 en su expediente académico universitario. Podría parecer que usted con esto intenta llegar a una excelencia maravillosa en la enseñanza. Podría parecer que usted intenta con esto dirigir los estudios de muchos hacia territorios más adecuados. No todo el mundo debería estudiar una carrera; la universidad debe ser el referente de la enseñanza y no se puede llenar de vagos y mediocres. Es insostenible pagar la formación de flojos; el Estado debe proteger a los que se esfuerzan. Cosas así, ¿verdad? Podría parecer que usted defiende esto. Pero no. No cuela, querido señor Wert.
La excelencia en la enseñanza no se consigue eliminando becas que permitan estudiar a los más desfavorecidos económicamente. ¿Cuántos son los que terminan su carrera sin grandes notas medias y terminan siendo magníficos profesionales? Muchos, señor Wert. Un expediente no resulta definitivo. Los hay que tiran de espaldas y han sido conseguidos por idiotas que no saben relacionarse con los demás o que, lejos de un aula, tienen ataques de pánico. ¿Cuántos expedientes magníficos se quedan reducidos a la nada en el ámbito laboral? Unos cuantos, señor Wert, unos cuantos. Cosechar sobresalientes puede hacerlo alguien con una inteligencia mediocre. O lo pueden conseguir tontos de baba con padres adinerados que matriculan a sus hijos en centros de enseñanza privada con manga ancha y tragaderas amplias. El poder del dinero no tiene límites.
La excelencia de la enseñanza no llega de hacerla exclusiva. De hecho, es justo al contrario. Cuando sólo podían estudiar los ricos, el mundo estaba lleno de titulados universitarios con dinero y poco más. Hoy, cualquier talento tiene alguna opción. Los mismos que ahora piensan (ellos, si siguen vivos, o sus hijos que aprendieron la teoría con facilidad) que nunca se debió dar la oportunidad a cualquiera porqué el tiempo ha dejado las cosas claras: cuanto más piensa la gente más peligrosa se hace; cuanto más sabe la gente más justicia desea. Resultó que entre los pobres había un puñado de muchachos y muchachas listas. Un gran problema de difícil solución. Por ejemplo, sus amigos los obispos ya no saben qué hacer. Pobres. Antes el rebaño creía en Dios por narices y aprovechaban la ignorancia para infundir miedos atroces y, de paso, su fe. Ahora, la cosa ha cambiado y sólo cree el que quiere (cosa que, por otro lado, está muy bien), la gente piensa por sí misma y no se deja llevar de la mano así como así. La tolerancia ante actitudes ventajistas es nula (cosa que, por otro lado, está muy bien). Y usted, que es muy bien mandado, se inventa excusas para que estos amigos y otros del mismo pelaje vuelvan a dominar la solución. Se trata de que todos traguen y estudien unos poquitos; de que la selección sea la que usted imponga intentando ganar un hueco en el cielo o cualquier otra cosa inimaginable.
Esta muy bien que un estudiante no se embarque en unos estudios universitarios si sus capacidades no le hacen apto. Eso está muy bien. ¿Hay opción? Claro que sí; la formación profesional. Esto queda muy bonito. Pero esto es España, señor Wert; esto es esa patria que tanto dicen defender algunos y que pisotean sin rubor al mismo tiempo. Los programas de formación profesional son limitados, la imagen de esos estudios está más que deteriorada, la percepción social de esas titulaciones es nefasta. Ningún muchacho se acerca a ese tipo de estudios sin complejos por sentirse el más tonto del barrio. ¿No debería usted planificar programas que diluyeran este problema? No, a usted se le da mucho mejor recortar presupuestos. Da igual si nos estamos jugando el futuro de millones de jóvenes.
Hay algo más que quisiera decirle, señor ministro. No dejo de pensar en lo siguiente: Parece injusto que un tipo con posibilidades económicas y una inteligencia mediocre o una capacidad de trabajo lamentable, pueda estudiar y otro, sin dinero, igual de mediocre y de vago, no lo pueda hacer. Muchos dirán: no, por Dios, no; con el dinero del Estado nunca. Eso es lo que está vendiendo en los medios de comunicación. Sin embargo, hablamos de 6,5 puntos de nota media. ¿En las ingenierías esta nota es muy normal? Conozco a tipos inteligentes y trabajadores que no superaron el 5,5 y son excelentes profesionales. Mire, señor Wert, hay estudiantes con gran capacidad intelectual que se pasan el día jugando al mus y presentan expedientes más que apañados. Otros trabajan, viven a dos horas de la facultad, en ciudad extraña y estudian lo que pueden. Tal vez no lleguen a tener un 6,5 de nota media. ¿A quién prefiere usted, señor ministro? Ha abierto usted un debate interminable porque no ha pensado lo suficiente en lo que ha dicho. Es lo malo de dogmatizar. Pero no se preocupe, le pasa mucho a los ministros.
Podrá usted maquillar todo esto como quiera, pero lo cierto es que la enseñanza primaria y secundaria está en manos de la Iglesia; las universidades públicas pierden terreno frente a las privadas; se está desmantelando una enseñanza que sirve para dar oportunidades a todos los españoles entre tijeretazo y tijeretazo. Y usted centra el problema en las becas y las notas que dan acceso a ellas. Una cortina de humo fabricada con algo que ya va a rectificar y que parece minimizar el gran problema que es la ley que quiere usted aprobar. Lo suyo es un despropósito inmenso. Pero insisto en que no cuela.
Parece mentira y causa gran tristeza que alguien se empeñe en pasar a la historia como el ministro peor valorado, el que más en contra ha tenido a la sociedad, el que se empeñó en convertir la educación y la cultura en algo accesible para unos pocos e imposible para casi todos. Señor Wert, el conocimiento es lo que nos puede hacer libres ¿verdad? Pues procure que lo seamos. No sea usted insensato. Y si quiere hacer rentable su gestión, dedique sus esfuerzos al trafico de armas o al de drogas. Eso sí que da un beneficio especialmente importante. Pero no juegue con algo como lo que tiene entre manos. Por favor.


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