Casualidades

La tarde en Madrid ha sido luminosa, agradable, sencilla. Me ha parecido que la ciudad quisiera sepultar sus penas. Se pintaba como si fuera Antonio López.

Esperando el autobús. Hojeo el diario sin mucho interés.

A mi derecha. Un muchacho habla con su pareja. Pues como quieras, lo dejamos y punto. Ella enarca las cejas. Se adelanta un par de pasos. Toma el primer autobús que llega. Creo que la idea era salir huyendo. El muchacho, que parece atónito, le dice adiós con la mano. No han pasado ni un par de minutos cuando le cuenta a alguien lo que ha sucedido. Sujeta el teléfono con el hombro y la cabeza. Se enciende un cigarrillo. Ya está, hecho, se acabó. Lo dice sonriendo. Se siente feliz.

Veo que la muchacha llega caminando. Ha debido apearse en la siguiente parada, arrepentida. El muchacho no la ve. Está de espaldas. Sigue hablando, mostrándose satisfecho. Ya la tiene pegada. Medio metro como máximo. El labio inferior de la chica tiembla. No dice nada. El se ríe. Esta noche nos tomamos unas copas y arreglado. Ella se retira despacio. Se aleja.

No, no, si ha parecido que me dejaba ella. Soy un figura, chaval. Ya sabes que las mujeres no se enteran de nada. Eleva el tono para ser escuchado.

He decidido caminar. Biblioteca Nacional, Cibeles, Paseo del Prado. En un banco del bulevar estaba la chica. Triste. Me he sentado en el otro extremo. Treinta segundos de espera. Señorita, si fuera el hombre de su vida no hubiera hecho eso. Es usted una mujer afortunada porque ahora sabe. Antes no. Disfrute de la tarde, no sea tonta. Al irme, estando a dos o tres metros, pregunta. Me detengo un instante. Giro. ¿Yo? Eso da igual. Lo importante es que descubra quién es usted.


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